CARRETERA X
El árbol de Sabaneta

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En el parque central de San Ignacio de Sabaneta, Santiago Rodríguez, se alza un árbol muy particular. Es un árbol-historia, un árbol-naturaleza, un árbol-costumbres y un árbol-arte.

En él aparecen héroes, palomas, machetes, mujeres y muchos otros elementos alusivos a la historia particular de esta región noroestana. Pero su mayor particularidad es ser único, pues no conocemos en ninguna otra provincia una expresión similar. La obra es de la autoría de Dionisio Peralta Estévez, y parece estar dedicada a la epopeya local conocida como la Sublevación de Sabaneta.

Este levantamiento armado inició en este sitio, pero para todo el país, la Guerra de la Restauración, teniendo como principal organizador en el noroeste a Santiago Rodríguez. Fue un levantamiento armado que tuvo como acción simbólica inicial el arrastrar la bandera española por toda la plaza de Sabaneta, hecho ocurrido el 22 de febrero de 1863.

Según un retazo de historia de esta parte del país, Sabaneta “en 1854, a solo diez años de fundada, fue erigida en puesto militar. Cuatro años más tarde fue constituida la comunidad de Santiago. En 1861 los más distinguidos hombres de la comunidad apoyaron la anexión y la comarca  fue convertida  en comandancia de armas”.

Fíjense como la anexión de nuevo a España la propician “los más distinguidos hombres de la comunidad”. Es por eso que hay que temerle a esos “distinguidos” y “personas notables” con que a cada momento se quiere, formar “cumbres” y “arreglar” situaciones. Pero sigamos con la historia.

“Dos años después, Sabaneta  se adhirió al pronunciamiento restaurador de Guayubín ocurrido el 21 de febrero. Al secundar  el levantamiento de Guayubín, Santiago  Rodríguez  se hizo cargo de la plaza de armas de Sabaneta, en compañía de dos coroneles Pierre Thomas y José Martín. El levantamiento de Sabaneta fue sofocado por 1,000 hombres; los patriotas sumaban en  total 135, comandados por Santiago Rodríguez”.

Fíjense en los números: 1.000 contra 135. Sin embargo, fueron esos 135 los que luego tomaron de nuevo Sabaneta y le dieron seguimiento al movimiento restaurador.

“A la caída de  Sabaneta los patriotas se dispararon en distinta direcciones. Una buena parte se refugió en Haití, en donde organizaron los preparativos del Grito de Capotillo. José Contreras se atrincheró en Capotillo y permaneció en este Cerro hasta que se proclamò la Restauración  en el mes de agosto de ese año. Sabaneta fue el primer pueblo capturado por los restauradores desde que se dio el Grito de Capotillo. Le correspondió la gloria de tal acción a uno de sus fundadores, el general Santiago Rodríguez, quien ocupo la comarca de ochenta hombres”.

Muchas veces no es el número de hombres el que importa, ni el número de armas. Porque fíjense ustedes cuántas armas hay en este país dizque defendiendo la Patria, y fíjense cómo un miserable número de hombres hace de la Patria lo que quiere solapados en el Congreso de la República.

La cueva que se desplomó

Los trabajos que se realizaban en este sitio de la pista Charles de Gaulle contaban con permisos. Sin embargo, en esos permisos no figuraba ningún resultado de experticio alguno realizado en relación con esa cueva.

Resultado, dos personas muertas como consecuencia de su desplome, y una persona mal herida.

En realidad, se trataba (y se trata aún) de un abrigo que había quedado luego de la destrucción de la cavidad, mucho mayor que el abrigo, naturalmente, y que fue rota durante los trabajos de apertura de la avenida Charles de Gaulle, que para el caso y tema viene a ser una de las carreteras que salen desde Santo Domingo.

Esta cavidad era parte del sistema de cuevas que se abre en el farallón que corre a lo largo de Santo Domingo (de este a oeste), y está muy cerca de otro número de cuevas que ha sido tomado ilegalmente para la construcción de viviendas en su interior y derredor, dañando muchos elementos importantes en éstas. Pero además, modificando áreas vitales de su interior que pueden resultar luego en desplomes.

Por suerte, parece que el Consejo Nacional de Asuntos Urbanos y la Dirección de Bienes Nacionales van a ocuparse del asunto para acondicionar la zona y darle un uso apropiado.

Pero nada devolverá la vida a esos dos trabajadores haitianos muertos. Lamentablemente, República Dominicana sigue por la maldita vereda de la improvisación, sin querer acercarse a la segura carretera de la planificación. Probablemente porque en la vereda hay posibilidad de lucro ilegal, mientras que en la carretera hay que hacerlo todo por la ley y a las claras.

La Altagracia vela

En este puente de la carretera que lleva de Santiago Rodríguez a Dajabón, la Virgen de la Altagracia vela.

Vela por los que vienen conduciendo borrachos, por haberse bebido en romo los cuartos que eran para la comida de sus hijos grandes y la leche de los pequeños. Bebido el dinero con que podía (pero no puede) pagar los libros de sus hijos e hijas adolescentes.

La Altagracia, en ese puente, vela por los que vienen conduciendo de noche y sin luz, y sin miramiento alguno de las personas que van caminando por la carretera. Porque, a ellos qué les importa atropellar gente de a pie, si los de a pie –como dice el dicho- “no son gente”.

Vela La Altagracia en ese puente por los motoconchistas –antiguos agricultores- sin casco, sin placa, sin documentos y sin interés por la vida, mucho menos cuando corren por esas carreteras y caminos con 5 cervezas en la sangre.

La Altagracia vela también en ese puente por los asaltantes que, luego de desvalijar algún hacendado o algún empleado, pasan por el puente como alma que lleva el Diablo, armados por si alguien se les opone, dispuestos a cualquier cosa, porque para eso se tragaron 3 ó 4 pastillas alucinógenas y heróicas.

Con flores y todo vela La Altagracia por aquellos homicidas que pasan corriendo el puente, cuchillo sangrante en mano luego de apuñalar mujeres que creyeron “suyas”, “de su propiedad”, y las han dejado tiradas en medio de la carretera, luego de recibir un no “inaceptable”.

En fin, que aquí, en la cabeza norte de este puente, la Virgen de la Altagracia pierde miserablemente el tiempo velando por tanta morralla que, en su carrera, en vez de puente debería encontrar una muralla pintada de negro… ¡Ahhh, si la virgen hiciera el milagro!.

Lo botaron del barrio

A Máximo – como se llama el tipo según dice la cruz- parece que lo botaron del barrio, de ese barrio que se ve detrás de la pared, que por sus construcciones más que barrio parece una urbanización.

Pues parece que Máximo es un muerto que no congeniaba con el vecindario. ¡Quién lo diría! Un vecindario donde la gente es tan silenciosa que ni radio alto pone, ni bajo tampoco. Más parece el barrio vivir en un eterno Viernes Santo. Pero Viernes Santo de Campo, no de ciudades como Santo Domingo, donde el Viernes Santo es más festivo que el Día de la Independencia. Puesto que en Viernes Santo todos los fiesteros se disfrazan de turistas y bañistas playeros, casi igual que los disfraces del 27 de Febrero.

Pues Máximo, parece que le gustaban las fiestas ruidosas, y de seguro ruido quería meter en el barrio. Y miren lo que pasó, parece que lo echaron. Y no tuvo más remedio que construirse una tumbita modesta en el lado afuera.

Se lo pierden los de adentro. Porque, ¡vaya la vista que se da Máximo! Desde ahí puede participar en toda la música que a todo volumen cargan jevitos y dominican-yorks; se da la gran vista de las nenas que caminan por ahí cerquita. Y él, acostadito ahí, se da tremenda vista con las de minifalda.

Y se entera Máximo de todos los chismes del barrio vivo, pues hasta aquí se llegan las vecinas a contar, no precisamente a otras vecinas, sino a los vecinos, que ya es otro cantar que Máximo se da. Claro que a veces es triste, porque hasta a su viuda la ha visto en el can.