Carta contra mi mismo (2)

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Yo, ahora, soy más viejo que mi Mamá. Si ella pudiera volver de la calma de las raíces y me la sentara en las piernas con desconsuelo, podría aconsejarle como ella hacía con el niño que yo era. Cuando murió tenía cincuenta y dos años, y continué viviendo como cualquier criatura, y no tuve deseos irrealizables.

Sufrí, eso sí, esa metáfora de la historia de este país repetida una y otra vez, que nos hunde de manera irremediable en el fracaso y la frustración. Entonces, me hice “escribidor”.

¿Cuál es el grito que le puede permitir a un “escribidor” partir con su inutilidad a pacificar su alma? ¿Qué puede un poeta decirle a una sociedad maniatada por la miseria material y moral, que apaga los fueguitos del alma desbordando el cerco esquivo de su vida interior? ¡Oh, Dios, siempre orillamos el derrumbe! El caso es que nos jodieron. Ahora resulta que no importaba, después de todo, que el orden fuera un poco brutal o un poco ciego, porque el poder justifica en sus banderas el rigor de la arbitrariedad, la corrupción y la muerte, por la santidad de aquellos a quienes abrumaba. Así, esta sociedad ha perdido del todo el dominio de sus desventuras. Y siempre estamos inmersos en el gesto de vivir la última degradación de la historia. ¿Acaso no parecía ser Joaquín Balaguer el espanto final de la historia dominicana? Balaguer era una antigualla sin ningún nexo creativo con las complejidades del mundo posmoderno. Ni la mentalidad de Balaguer, ni sus ideas respecto del aparato del Estado, ni el valor de su experiencia, arribaban a una confluencia de contemporaneidades abiertas a la plenitud del mundo de hoy.

Aun así, el PRD del 1978 lo reivindicó. El anciano ciego volvió al poder, y en el 1996 nos legó su casta, derrotándonos en la figura de Leonel Fernández. ¡Todos fuimos derrotados en la figura de Leonel Fernández, que encarnó la prolongación de Balaguer! La ineptitud de una clase política que ha sido incapaz de superar los métodos del autoritarismo, es lo que nos ata siempre al pasado. Nos han jodido.

Hemos reclamado un mundo sin mentiras, una estación de la vida donde la justicia y el amor fueran posibles, y nos han dado una media isla inconmensurablemente pobre, en la que la simulación es una virtud, y en la que nuestro héroe es el dinero.

Por donde quiera nos brotan mesías, salvadores. Danilo Medina encaramado en el presupuesto nacional ahora resulta que es un Dios, un ser predestinado, un superdotado. Siempre que lo veo actuar recuerdo la descripción maravillosa del poder transformador del dinero que hizo Carlos Marx: “Lo que yo no soy capaz de hacer o lograr en cuanto hombre, lo que, por tanto, no pueden conseguir todas las fuerzas esenciales de mi individualidad, puedo lograrlo por medio del dinero. Por tanto, el dinero hace de cada una de estas fuerzas esenciales, lo que de por sí no son, es decir, lo contrario de lo que son”. Él mismo es una mentira, y su partido la más exitosa escuela de corrupción de la vida republicana.

Los plumíferos oficialistas suelen tildarme de pesimista, pero temo que el país entero se contornea de asfixia moral, y el pesimismo se empina sólidamente en la realidad. Este escrito podría ser, por lo tanto, un violento y tranquilo panfleto sobre el que se edificaría la estúpida y trágica historia de nuestra aventura espiritual; pero no es más que una carta contra mí mismo, porque en la sociedad dominicana ya no hay canallas, y todo cierra la individualidad como si cada quien cultivara exclusivamente su propio jardín, como decía Panglos. Soy más viejo que mi Mamá y descubro que lo que nosotros desplegábamos en los años sesenta del siglo pasado frente a la historia objetiva, era la expectación de un anhelo que nos parecía natural, después de treinta y un años de tiranía. Pero todavía rondan dictadores en ciernes, y parece que todo discurso ético y la escala de valores morales se han derrumbado.
Yo, ahora, soy más viejo que mi Mamá.