CARTAS AL DIRECTOR
A la fuerza

Señor director:
En 1665, Jean Baptiste Lully, en colaboración con el escritor francés Moliére, compuso su celebre ballet titulado, Matrimonio a la fuerza. La vecindad con Haití es como un matrimonio a la fuerza. Se caracteriza por las incomprensiones, que surgen de la incompatibilidad. ¿Qué ocurre?

Para la gran mayoría de dominicanos, Haití no es un país amigo, sino una amenaza a nuestros valores, hábitos y costumbres cristianas. Ven en Haití, un país dominado por el Budu, donde proliferan pandillas callejeras que cercenan la cabeza de sus contrarios, parecidas a las tribus más primitivas de Africa y mafías que protegen el tráfico de droga. Haití se ve así satanizado, su gente despreciada y su gobierno difamado. El racismo anti-haitiano, es casi una tradición y costumbre del pensamiento dominicano. Sin embargo, este racismo es social y no racial.

Del otro lado en Haití, la gran mayoría aprendió y recuerda con  nostalgia la historia común de las dos naciones. Tiene el deseo y la voluntad de co-existir con dignidad, en base al  respeto mutuo. En cambio de este lado, los dominicanos nos vemos enmarcados en un cuadro surrealista donde se distorciona la realidad. El que asiste a un encuentro de masas, a un juego de pelota o a una concentración política, puede ver el verdadero color del pueblo dominciano y se da cuenta que la República Dominicana al igual que Haití es un país de negros y mulatos, con más puntos en común con su vecino, que con el resto de Latinoamérica.

Para algunos dominicanos, los haitianos nunca han considerado la República Dominicana un país enemigo. Al contrario, ven a los inmigrantes ilegales haitianos como esforzados trabajadores, respetuosos de las leyes, con anhelo de asimilarse a la cultura dominicana. Por eso muchos se casan con dominicanas y echan raíces. Sin embargo, sectores nacionales preocupados con la inmigración abundante y descontrolada, exigen más control. Algunos apelan al cumplimiento de la “Declaración Conjunta” firmada en el 2002 por los presidentes Mejía y Arístides o en su ausencia, van más lejos, apelando a los acuerdos firmados en Washington  en el 1938, por Andrés Pastoriza y Manuel de Jesús Troncoso junto a Abel Leger y Hoffman Phillips, por encargo de los Presidente Trujillo y Vincent, que establecen controles migratorios y exigen la documentación correspondiente a los ciudadanos de ambos países cuando cruzan la frontera. Ambos acuerdos establecen tomar acciones que incentiven un intercambio comercial que beneficie a los dos países.

Lo cierto es que, para mantener la política de buen vecino, la República Dominicana tiene que reforzar su lucha contra el racismo social y movilizarse para incentivar el desarrollo económico de Haití, ayudando para que los haitianos resuelvan el más angustioso de sus problemas: la pobreza. Si la lucha contra la pobreza fracasa, la miseria haitiana terminara aplastando el progreso dominicano. Al ritmo que vamos, en vez de uno, seremos dos, los países más pobres de América. Volveremos a llamarnos por el nombre que Núñez de Cáceres nos puso: Haití Español.

Recientemente el Gobierno Dominicano negó la visa de entrada a millares rebeldes, contrarios al gobierno haitiano, evitando quizás, una crisis de proporciones insospechadas o una guerra civil, que podría extenderse hacia nuestro lado, como sucedió en el Congo y el antiguo Zaire, en Sudan, Angola, Liberia y desestabilizar nuestras económica y poner en peligro nuestra soberanía, al servir de pretexto para la ocupación de una parte de nuestro territorio por los cascos azules de la ONU, quienes instalarían campamentos de refugiados a lo largo de toda la frontera.

En conclusión, si esta tragedia llegara a suceder, habría que trazar la raya de Pizarro para poner a prueba a muchos dominicanos. Pronto podría estar llegando el momento en que, los hijos fruto de este matrimonio a la fuerza, tendrían que decidir a favor de cual de los cónyuges se inclinan.

Atentamente,
Roberto Canaán