CARTAS AL DIRECTOR
Actitudes en la enseñanza

Señor director:
Son producidos por la disminución del amor propio en una persona, o del aprecio de sí mismo; por hacerla sentir incómodamente falta de naturalidad; por avergonzarla, rebajarla o degradarla, o por causarle una dolorosa pérdida de dignidad. Los procedimientos que conducen a estas condiciones son, entre otros:

– Comparar pública y desfavorablemente al alumno con otros.

– Reírse de los esfuerzos de un discípulo.

– Mi papá relata así su carrera musical: “Estábamos en una sesión de canto, y el maestro me pidió que yo cantara sólo. Cuando lo hice, rieron todos los niños. Al día siguiente me dijo que lo repitiera. Señor, yo no querría hacerlo. Entonces él hizo que me colocara en frente de la clase, pero aún así yo no quise cantar. Entonces me golpeó en la mano con una regla, mas el podría haberme cortado los dedos y sin embargo yo no lo habría hecho. Y tampoco canté. ¡Nunca!

– Señalar las debilidades de un alumno llamando hacia ellas la atención de la clase.

– Hacer que un estudiante lleve un distintivo de su “inepcia” (Por ejemplo, colocándolo en un asiento en lugar especial).

– Menospreciar los intentos de un discípulo por aproximarse a la materia con réplicas tales como: “Ya no trates de exhibirte”.

– Insultar al alumno por tratar de acercarse a la asignatura mediante comentarios como éste: “No podrías entender la respuesta a esa pregunta”, o diciéndole de algún modo, verbalmente o con hechos, que se consideran tontas sus preguntas.

Repetir los fracasos. Es del todo apropiado contradecir a lo alumnos al grado de hacer que fallen a veces, siempre que la consecuencia del yerro no sea una situación repulsiva evitable. Sin embargo, el fracaso reiterado llevará de seguro al estudiante a sentir menos aprecio de sí mismo y a evitar la situación que ha producido tal contracción en la propia estima. El fracaso repetido está con frecuencia planeado dentro de nuestro sistema educativo. Una práctica es la de calificar sobre curva. Siempre que el desempeño es evaluado comparándolo con lo que llega a hacer un grupo vecino fortuito, un alumno con aptitud debajo del promedio casi siempre resultará en la mitad inferior de la curva.

Podrá haber realizado todos los objetivos que se le señalaron; podrá haber aprendido a trabajar más aprisa o con mayor eficiencia y exceder el nivel fijado por el preceptor. Nada importa. Cuando se compare su desempeño con el de los compañeros más talentoso, él siempre saldrá perdiendo.

Este uso de la curva es poco menos censurable que el profesor que se jacta de tener un curso “duro” porque el 40 por ciento de su clase “falló. (¿Nunca se le habrá ocurrido que su desempeño es sólo del 60 por ciento?).

La “clase especial” integrada con estudiantes que el profesor es incapaz de manejar. Los alumnos son agregados y se les envía a otro lugar para ciertos tratamientos terapéuticos. Se les marcó como “diferentes” y en cierto modo como inadecuados. (En un estado, los alumnos de primero y segundo año con leves deficiencias en el habla son enviados a una clase especial, y se les enseña que son personas inhabilitadas. Se les leen anécdotas sobre Helen Keller y otros que han sufrido serios impedimentos. Se les inculca que ellos también deben superar su incapacidad, especial si han de triunfar. Tal práctica sólo puede llamarse “crímenes que se cometen en nombre de la educación”).

Una costumbre común en la escuela primaria, que conduce a la humillación y al desconcierto, ocurre frecuentemente después que el maestro ha hecho en clase una pregunta. Casi siempre parece haber por lo menos un alumno tan ansioso de ponerse en contacto con la materia, tan impaciente por demostrar su competencia que, mientras agita violentamente su mano en el aire, la respuesta se le escapa de los labios. ¿Cuál es la consecuencia de este comportamiento del estudiante? ¿Se alegra un poco su mundo, se le estimula a formarse un mejor concepto de sí mismo como resultado de su acción?

A veces, con frecuencia, no obstante, la consecuencia es un dedo que apunta severamente en dirección de él, seguido de un “yo… no… te… lo pedí!” Y lo que aprende el estudiante es que no hay que entusiasmarse mucho con lo que ocurre en la escuela, que mostrar demasiado interés puede acarrear desagradables resultados, que el manifestar entusiasmo quizás lleve al desconcierto, a la humillación.

Si, ya lo sé. Debe inculcarse disciplina a los alumnos (y disciplina será un problema en tanto se obligue a los educandos a sentarse en pulcras y pequeñas filas a escuchar las disertaciones). Pero hay mejores maneras de manejar los problemas disciplinarios que no desconcierten a los estudiantes ante el auto-tema.

Atentamente,
Atahualpa Soñé