CARTAS AL DIRECTOR
José Fouché

Señor director:
En una decisión inesperada, el 3 de diciembre de 1799 José Fouché, que se encontraba en una misión secreta en Holanda, es nombrado súbitamente jefe de la Policía francesa. Esta decisión estremece todo París, pues este hombrecillo repugnante y extraordinario que ha llegado a ser un verdadero prototipo humano se convierte de la noche a la mañana, de un verdugo que supo ejecutar miles y miles de víctimas, en un gran político, escritor de los decretos más conservadores de la República Francesa.

En uno de los escritos de José Fouché, cuando era diputado, decía: “Consideramos la benevolencia como debilidad peligrosa, apropiada tan sólo para volver a encender esperanzas criminales en el momento preciso en que hay que apagarlas para siempre. Tratar a un individuo con benevolencia nos obligaría a seguir la misma conducta con todos, haciendo con ello ineficaz el éxito de vuestra justicia”.

José Fouché fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno del más extraordinarios de todos los tiempos. Esta sangre fría constituye la verdadera fuerza de Fouché, los nervios no le dominan, deja jugar sus fuerzas y acecha despierto las faltas de los demás. Espera sin angustias que se agote la pasión de los otros para darles el golpe. Sin embargo ni gozó de simpatías entre sus condiscípulos ni se le ha hecho justicia en la posteridad. Por ejemplo, Napoleón, Robespierre y Talleyrand, así como una mayoría de historiadores franceses lo describen como “traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral”… entre otras injurias.

Este astuto jefe de la Policía, en su momento, se echó en un bolsillo a Napoleón y a Robespierre, en una lucha sicológica. Su genio peculiar causaba a Napoleón una especie de miedo, no se manifestaba de golpe. Y es que Fouché era un funcionario obediente, de sonrisa fingida, y con una capacidad de soportar todas las ofensas y humillaciones de sus superiores; es por ello que tanto Robespierre como Napoleón estallan con esta calma, y es que pasan tres generaciones, toda una época, y este personaje se mantiene debajo de la mata, esperando que el mango madure y gotee.

Uno de los hombres más extraordinarios y al mismo tiempo más falsamente juzgados de su época, inició su personalidad futura en los momentos de crisis; cuando todo el mundo creía que José Fouché estaba destruido, ahí era grande.

A este hombre de cara pálida, de perfil bajo, se le atribuye el haber tenido más poder que el mismo Napoléon; sin embargo, este seguidor de Nicolás Maquiavelo se propuso ser una figura de segundo término, al que no le gustaba buscar protagonismo. Un personaje que no le agrada que le observan cara a cara, que le vean el juego.

A todo esto, resulta irónico que el mismo hombre que fue sacerdote y profesor en 1790, saquease iglesias en 1792, comunista en el 1793, jefe de la Policía francesa, multimillonario y duque de Otranto.

Estudiar el carácter y la habilidad de Fouché es una práctica que se le hace a uno cada vez más intrigante, por sus transformaciones, ese carácter, ese control, ese silencio o mejor aún la carencia de carácter de este tipo maquiavélico, el más perfecto de la época moderna.

Hoy en día personajes como Fouché son poco leídos y estudiados por los intelectuales, es de mejor gusto leer biografías heroicas, por la pobreza de cabezas políticamente productivas, y eso hace que se busquen otros ejemplos del pasado.

La realidad de José Fouché y su vida política es que rara vez en la vida real dominan las figuras de puras ideas. Muchas veces la eficacia se encuentra en otras personas inferiores, pero más hábiles y que son en su mayoría figuras de segundo término; en otras palabras, ese poder oculto en hombres anónimos de la inteligencia más precaria.

Los hombres implacables, honestos, inteligentes, son los mejores en el mundo espiritual, pero en el mundo en que vivimos no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales, esos traidores de palabras vanas y nervios fríos como José Fouché, que terminó su vida como la comenzó.

Atentamente,

Elim Sepúlveda Hernández