CARTAS AL DIRECTOR
La cultura

Señor director:
El arte y la cultura siempre han sido la cenicienta en las prioridades gubernamentales. Quizá porque lo asocian a satisfacciones lúdicas que encuentran sentido en la escala de lo etéreo. Quizá porque no tocan la sirena de emergencia de otras necesidades apremiantes. O quizá simplemente

porque no comprenden que invertir en cultura es invertir en el prestigio e imagen de quienes actúen como sus mecenas.

El amor al arte y el rescate de la identidad cultural elevan la identificación de un pueblo con sí mismo, lo hacen orgulloso y respetuoso de sus valores e inculcan el sentido de responsabilidad y defensa de sus caracteres idiosincráticos.

El propiciamiento y la valoración de la actividad cultural contribuyen al dinamismo social y económico, y se convierten en factores positivos que promueven la cohesión social y el desarrollo humano, en la medida en que sentimos que nuestras raíces comunes entrelazan nuestros destinos.

Es cierto que una buena parte de sus beneficios son intangibles, como el sentimiento de pertenencia a unos mismos orígenes, el solaz espiritual, la sublimación emocional y el goce estético. Sin embargo, esto no desdice de que alrededor del arte y la cultura se puede construir toda una próspera industria. Así lo demostraron recientemente los hoteleros de Puerto Plata con su “Expo Mundo Cultural” en una hermosa iniciativa en la que se fundieron el interés privado y el público, representado este último por la Secretaría de Estado de Cultura, cuyo apoyo y aliento fue elogiable .Es trascendente la contribución de la gestión cultural a la preservación de la memoria colectiva y del patrimonio histórico y cultural, a través del impulso de todo lo que nos representa como dominicanos.

Esto último, cobra una importancia cada vez mayor. Sobre todo de cara a una globalización que juega más a la homogeneización, la despersonalización y el desdibujamiento de nuestra identidad que se hace necesario reafirmar. Cuanto

más, cuando tenemos de frente un proceso de inversión de valores que degrada nuestra condición humana y la calidad de nuestro ser sociocultural.

Hay quienes piensan que la cultura es políticamente irrelevante y económicamente un costo forzoso poco redituable. Esto sólo es cierto cuando las instituciones rectoras de las actividades culturales se ponen a girar alrededor de los personalismos y no de una línea sistemática de acción cultural.

En el afán de pretender brillar como reyes o virreyes de la cultura, para glorificación propia, algunos pierden la oportunidad de aprovechar lo que es capaz de producir una buena gestion cultural en relación con las realidades presentes.

Queremos y necesitamos verdaderos promotores de la cultura, no promotores de intereses creados alrededor de la cultura. Gente que se sienta comprometida con poner el arte y la cultura al servicio de la sociedad, no al servicio de los individualismos.

La cultura necesita promoción. De verdadero impulso sostenido en un programa de acción ampliamente abarcador.

Lo habitual ha sido observar una especie de “cansancio cultural” que sigue a una briosa inauguración de autoridades. Acaso sea el agotamiento del mucho pregonar sin hacer nada o hacer tan poco que no trasciende a ser percibido por los sentidos. De esa inercia y modorra burocrática que paraliza las estructuras gubernamentales, deben zafarrse continuamente nuestros altos mandos culturales si quieren dotar de un mayor y mejor contenido el trabajo que vienen realizando.

Desde esta tribuna abogamos porque el cambio de gobierno también signifique un cambio de visión cultural donde nuestro ministerio de cultura sea visto como parte esencial de una política dirigida a enriquecernos humanamente, en lo individual y en lo colectivo.

Al aproximarse el primer año de esta administración pública, nuestra cartera de cultura tendrá la oportunidad de acopiar todo lo que hizo o le falta por hacer. Entonces le tocará al país cultural juzgar si sus expectativas fueron colmadas o todavía espera ver algo más que la expectacular proyección de los deseos o las intenciones. Ojalá que no caigan en la dañina autocomplacencia de pensar que lo hecho hasta ahora era lo necesario y nada más. Siempre cabe la posibilidad de hacer mejor las cosas. Al pasar balance, es importante tener eso en cuenta.

Atentamente,