Cartas
La muerte de Martín Abreu y Quirino

Señor director:
Como en nuestro país existen tantos dominicanos con vocación para defecar sin sentirlo, te escribo unas líneas debido a que pasó desapercibido entre mis “críticos y contrarios” la confesión del Procurador Fiscal del Distrito Nacional en su comparecencia durante el almuerzo de las empresas del grupo Corripio y reproducido en el matutino Hoy respecto de una acusación rastrera y difamatoria en mi contra, estimulada por la red de comunicadores del PLD y dos o tres perredeístas.

Las declaraciones de José Manuel Hernández Peguero aparecidas el día 19 de abril en la página 11 del periódico Hoy donde establece que “la ejecución a balazos en mayo del 2002 en el parqueo de Trío Café del señor Martín Abreu Pimentel era responsabilidad de la red vinculada al señor Quirino Ernesto Paulino” establece con claridad un hecho que por cuatro años se utilizó para dañarme y asociarme a las acciones y actividades impropias de quién, como yo, nunca ha tenido ni en su familia ni círculo próximo relaciones ni nexos con gente propensa a comportamientos extraños.

Te escribo por una razón propia de las ironías de la fauna política dominicana. Y es que, como en el litoral del gobierno se desarrolla una guerra sin precedentes recibo la confesión, o mejor dicho, el acto de relato culposo que hacen unos y otros para darme detalles de todas las barbaridades y estrategias de fusilamiento mediático llevadas a cabo y estimuladas para desacreditarme por mis esfuerzos desde la posición pública que ocupé para empujar los casos del PEME, las becas de la universidad de UTAH, los Pollitos y la asignación los apartamentos de la avenida Luperón.

Estoy convencido de que esas declaraciones jamás provocarán una reacción de los sectores que utilizaron su estructura de comunicación para insinuar, pervertir, retorcer y calumniar por un acontecimiento en el que mi “culpa” radicó en conocer desde mis años de jugador de baloncesto en el parque Eugenio María de Hostos al joven acribillado en una plaza comercial de la ciudad de Santo Domingo. Nunca he negado que lo conocía. Además, que sea el mismo fiscal que me citó a inicios de su gestión para “preguntarme” sobre la realidad de un mundo gris y degradado y que 24 meses después reconozca que no tuve velas en un entierro al que se me pretendió asignar responsabilidad, me llena de la tranquilidad capaz de garantizarme sueños profundos y de enorme tranquilidad.

De todas formas he aprendido que la mentira tiene piernas cortas. En ciertas circunstancias pueden deformar los hechos para dañar reputaciones y no dudo sobre la capacidad de confundir a muchos. Lo que aprendí es que el tiempo es el mejor aliado de un político.

Lamento la molestia de esta cartita porque he sentido en nuestras conversaciones la apertura suficiente para discrepar con respeto, aún en las circunstancias en que, (según tus palabras) ingresaba a la sala de redacción con una ametralladora en la mano.

Afectos,

Guido G. Gómez Mazara