Cartas
Un recuento apresurado  y  simbólico después de los ochenta

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Señor director:
Mi casa era una de las doce casas solariegas de la aldea, y yo, el primer varón de la familia, crecí entre las gentes de mi aldea como un príncipe, querido y admirado… y conocido… y mentado.

Ciertamente, la aldea era pobre, mi familia tampoco era rica pero teníamos todo lo necesario para ese tiempo: casa espaciosa, algunas tierras, vacas y caballos… y el nombre, ¡éramos una de las doce familias importantes de la aldea!. Y era la mía una gran familia, con abuelos y tíos y una constelación de primos… y mucha otra gente que mamá y papá decían que eran “como de la familia”.

Para mi beneficio, mi infancia fue un mundo de gentes, más que un mundo de cosas.

La vida cambia a veces de un modo brusco y un día aterricé lejos de mi aldea y de mi gente, en tierra hermosa, acogedora, pero ajena y diferente.

Con gentes con modales y oficios de la gran ciudad, y yo sin dinero y sin oficio.

Pero la vida no se detiene..

Y pasó el tiempo.

Un tiempo que no siempre fue placentero, y sí muchas veces peligroso.

Pero muy aleccionador.

Entrañables para mí son las cosas allí aprendidas.

Cuando llegó el tiempo de volver yo no era el mismo, ya no era el hijo de la casa solariega de mi aldea natal.

La casa solariega ya no existía y la gente que de niño y joven me quiso y admiró, unos, ya no estaban… y otros, andaban dispersos por el mundo.

Sin lugar a dudas, esta gente que ahora encontré era otra gente.

Y aunque fue preciso volver a soñar… y a trabajar, no fui entonces ni querido ni admirado, al menos, no de muchos, aunque un tiempo después fui conocido y mentado.

Muy conocido y mentado… y a pesar de ello el hierro, siempre en la piedra de afilar… y siempre boto.

Y entonces… otra vez el cielo y el mar… y la distancia.

Y otra vez un mundo diferente, aunque prometedor, muy prometedor, para alguno que no llegara tan cansado como yo.

Tarde aprendí aquello de “no pedirle peras al olmo”. Esta vez no había ya edad para empezar de nuevo.

Ni muchas ganas de soñar y trabajar.

La vida tiene sus etapas y esta parece ser mi última, y aunque uno nunca sabe y sólo Dios tiene la última palabra, mis contemporáneos hace ya rato que vienen haciendo mutis.

No obstante, yo sigo… Dios no se muda,

y no hay dudas de que ha estado siempre a mi lado, desde los tiernos días del caballo y la sabana y los bosquecitos de hicacos, hasta estos gruesos días cargados de electrónica, distancia, anonimato y soledad.

Un abrazo,

Atentamente,
Tiberio Castellanos