Catalina Olea Salazar

Oriunda de Samaná, Catalina Olea Salazar es abogada, hija y hermana de abogados. Ideal en el ejercicio de las funciones que ha ocupado en el área de redacción y corrección de proyectos que ingresan, regularmente a la Cámara de Diputados, provenientes del Poder Ejecutivo, del Senado, la Suprema Corte de Justicia, la Junta Central Electoral, en asuntos de sus respectivas competencias. También las fuerzas populares sometidas a las reglas que establecen los artículos 96 y 97 de la Constitución vigente.

Trabajé con Catalina durante varios años, y demostró su preparación como jurista y su cultura en general.

Sabe formular recomendaciones satisfactorias, a pesar de su juventud. En momentos del almuerzo y en otras situaciones hablábamos de Samaná, donde ella nació y donde yo fui juez de paz en el período 1956-1958.  La bauticé con un apodo prestado, cariñoso que un nieto, de pocos años, se había encariñado de dos personas:

Carolina y Catalina. Para ambos el nieto dijo, hasta desprenderse de su lenguaje infantil Ca-co-li-na. Se justifica por la similitud de la cadena silábica-fonética entre los dos nombres anotados. Sólo el nieto y  yo la llamábamos así. Y digo “llamábamos” porque hace tiempo que no la veo, por causa de mi retiro de la Cámara de Diputados.

El compromiso era de ir al cementerio al entierro del padre de doña Helen Paniagua, quien es secretaria general de la Cámara de Diputados. Hora: poco más de las 5:00 de una tarde fresca de otoño.

Pero debo observar un intercambio con Catalina antes de alcanzar el camposanto.

Me preguntó acerca de cómo andaban mis hábitos de alimentación. Me conoce como los demás en la oficina. Calculé que no debía hablar mucho, pues sabíamos las costumbres de cada persona. -Almorzaré cuando llegue a casa, respondí.

A seguidas nos envolvimos en un reproche por mi irresponsabilidad con la alimentación: -Cuando usted llegue a su casa lo que va hacer es un des-almuer-cena, que es mucho decir: un tripletazo, con el estómago vacío ¿De qué vale? Cuando salgamos del cementerio, lo invito a que vayamos al primer supermercado a comprar un pedazo de queso. Así llegaremos cada uno a su casa en mejores condiciones. Cumplimos con el deber de haber estado al lado de doña Helen, una institución al servicio de otra institución.

Se hizo de noche. Cuando llegamos al primer supermercado salió con presteza a pedir y recoger el queso. Pidió al empleado que lo partiera en pedazos pequeños y pagó la sabrosa mercancía.

De regreso me dijo: – Tengo que hacerte otra pregunta…, una sola pregunta:- ¿Desayunaste hoy? Mi respuesta fue todo lo sincero que cabía en aquel momento, para reducir sus reproches a su “tío” ca/m/pitaleño y que nos veíamos casi diariamente, mientras estuve al servicio de la Cámara Baja. Acomodó la silla, y me dijo con estilo facultativo de dietética:

Escúcheme, colega. Los nutricionistas recomiendan comer cinco veces al día.

Entonces, con talante profesional de la materia, enumeró:

 1.  Desayuno indispensable temprano.

 2.  Un refrigerio antes del almuerzo (entre 10:30 y 11:30): frutas, jugos, uva, galletitas…

3. Almuerzo a su tiempo, con buenos nutrientes.

4. Otro refrigerio antes de la cena, sin ocupar demasiado la capacidad del estómago. Se hace dentro del lapso que va prudentemente entre el almuerzo y la cena.

 5.  Cenar sin exceso para una buena digestión y poder acostarse sin expectativas de reflujos.

Casi no la veo. Ella sigue en labores en la Cámara.

Me inclino poco por uso del teléfono, sobre todo, después de esto: 

– Por favor, póngame con Cacolina. La respuesta fue:

– Aquí nadie se llama Cacolina. Y estrelló el teléfono

¡Nunca más!

Bien sé que la ex – compañera de trabajo habrá de llamar cuando lea esto. Y confío en que si dicen: Con Lalo, nadie le va cerrar el teléfono.

-: Póngame con don Lalo (por favor o sin favor).