Celia Cruz, reina en Washington

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POR MANUEL EDUARDO SOTO
Celia Cruz, la “reina de la salsa”, está reinando actualmente en Washington, la bellísima capital de Estados Unidos. Su figura es el tema de la nueva exposición que tiene el prestigioso Museo Nacional de Historia Americana de la Smithsonian Institution, uno de los más bellos y completos del mundo, situado en el Mall—un ancho e impresionante parque—que conduce al Congreso, donde se toman decisiones que afectan a todo el mundo.

La muestra itinerante –que luego se montará en otras ciudades de Estados Unidos– es una prueba concreta de que la artista cubana desaparecida hace casi dos años víctima de un cáncer cerebral es un símbolo del país del norte, donde vivió exiliada desde poco después de la llegada de Fidel Castro al poder en su isla natal.

Si bien el nombre de Celia no es conocido por todos los norteamericanos, por lo menos la mayoría tiene una idea general de la estrella de las deslumbrantes pelucas y llamativos trajes y zapatos de fantasía a través de algunas películas y actuaciones en la Casa Blanca, donde estuvo varias veces como invitada.

Titulada “¡Azúcar! La vida y música de Celia Cruz”, la muestra abarca la carrera de más de 60 años durante la cual la superestrella grabó más de 80 álbumes y ganó cinco premios Grammy, la Medalla Presidencial de las Artes y tres doctorados honoris causa. Según las informaciones de prensa, el visitante tiene oportunidad de ver fotos desde su infancia en Cuba hasta sus últimos años, videos de sus actuaciones en Estados Unidos y en otros países y –por supuesto– escuchar sus temas más conocidos por los altavoces del museo.

Ursula Hilaria Celia Caridad Cruz Alfonso –el nombre con el que fue bautizada cuando nació en La Habana en el año 1925– tuvo problemas en su casa cuando en su adolescencia expresó a su familia sus intenciones de dedicarse al canto. “Su padre, Simón, quería que fuera maestra. El canto no era una profesión honorable”, según dijo en su amplia información sobre la exposición el serio periódico The Washington Post. “Pero se hizo cantante. Hay fotos suyas como una sonriente bebé, como una chica seria en su primera comunión y como una alegre joven artista con cola de caballo actuando en la década del 40. De ahí pasa a su época en México y a su exilio final en Estados Unidos”.

Yo la conocí a mediados de la década del 80 en el Madison Square Garden de Nueva York, durante uno de los históricos Festival de Salsa. En una breve conversación le pedí su opinión sobre el recién nacido género musical conocido como salsa. “Eso no tiene nada de nuevo”, fue su enfática respuesta. “Es el son, la guaracha, el guagancó modernizados”.

Así dejó a un lado todas las teorías y polémicas que se han tejido a través de los años sobre el origen de la salsa, que tanto gusta a la juventud dominicana y que ha adoptado diversas facetas, pasando del estilo jazzístico de Tito Puente y Ray Barreto, el sentido callejero de las interpretaciones de Héctor Lavoe, Frankie Ruiz y Rubén Blades, hasta la fusión pop impuesta por Marc Anthony.

Luego me tocó entrevistar a Celia en Miami Beach poco antes de su muerte, donde ya se veía cansada y sin el maquillaje ni los vestuarios vistosos parecía una anciana como cualquier otra de 70 años. En actuaciones televisivas acompañada de pistas, ya se le olvidaban las letras de sus canciones, dejando en evidencia que su salud mental no era la mejor, a pesar de que sus publicistas insistían en que estaba sana.

Pero nos dejó sus grabaciones con la Sonora Matancera y como solista posteriormente, las que nos harán bailar por mucho, mucho tiempo.

Tranquilo, salseros. Hay Celia para rato.