“Cero”, las infinitas posibilidades del texto teatral

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“El teatro que no recoge el latido social, el drama  de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risas o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro”    (Federico García Lorca)

POR CARMEN HEREDIA DE GUERRERO
Después de varios años presentando sus obras en el país, entre las que podemos citar a: “Pargo”, “Los pecados permitidos”, “El camaleón y las siete puertas”, “TV en Vivo” y “Letal”, podemos hablar del teatro de Waddys Jáquez, perteneciente a la diáspora dominicana.

Su teatro contemporáneo responde al postulado de García Lorca, quien además señalaba que “el teatro debe ser espejo de su tiempo”. El tiempo para Jáquez tiene un valor semántico, el presente para él es un presente continuo, donde lo coyuntural, lo actual, trasciende y se convierte en futuro, porque sus personajes casi siempre marginados, de baja extracción social, están y estarán, la constante evocación de sus vidas, sus sueños y frustraciones se convierten en denuncia permanente, el final de unos es el comienzo de los otros, y es que, la paradójica dinámica social los engendra y los excluye permanentemente.

En “Cero”, su más importante trabajo, se mantiene esta premisa, esta vez con una carga dramática mayor. El dramaturgo define con madurez los personajes, dotándolos de existencia a través del texto y el accionar de los actores,  y los conecta con la realidad actual, que trasciende lo local.

El texto no construye una fábula desde el punto de vista teatral, “Cero” es un espectáculo fragmentado en el que se narran nueve historias particulares sin conexión aparente alguna, sin embargo, las historias tienen un común denominador y están unidas por una circunstancia: el padecimiento que sufren  los personajes y la voluntad firme de todos, de luchar ante la adversidad. Esta  lucha, este resistirse al final, se convierte en “leit motiv”.

Los personajes de “Cero” no son sólo marginados, aparecen aquí representantes de las diferentes clases sociales, evidenciando que el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida) puede afectar sin distinción, a los diferentes segmentos de la sociedad, el mal no conoce de clases ni fronteras.

En este magnífico “collage”, Jáquez cuida el contenido y la forma; cada monólogo posee intensidad dramática, las historias contadas son veraces y en cada una de ellas se disfruta de un texto ingenioso en el que se mezclan lo poético, el énfasis dosificado de la descarga vulgar y el humor negro con el que cada personaje satiriza su propia realidad.

El autor muestra sensibilidad y conocimiento de la vida mundana y de la dinámica social. Las historias se suceden y nos conmueven, a veces no sabemos si llorar o reír o simplemente sonreír, finalmente la platea toda puesta de pie aplaude con fuerza cada actuación.

LA PUESTA EN ESCENA

Waddys Jáquez, autor, actor y director, logra de forma elocuente proyectar en el espacio lo que su texto solo puede proyectar en el tiempo. Su puesta en escena es totalizante, utiliza diferentes medios para producir su espectáculo, así la música, los efectos, las luces, las pantallas, vestuario y especialmente el uso del cuerpo, que se convierte en formidable lenguaje expresivo, son elementos de una teatralidad que contribuyen a crear la magia teatral, distendiendo el impacto de la tragedia.

Pero toda teatralidad atrayente no tendría sentido sin la verosimilitud de las actuaciones. Jáquez se convierte entonces en director de actores y obtiene una respuesta formidable de las dos actrices que junto a él protagonizan este “Cero” infinito. Infinitos resultan los  recursos actorales que poseen María Castillo, Carlota Carretero y el propio Jáquez.

Los personajes encarnados por María Castillo ofrecen la oportunidad a la actriz de transformarse.

“La Bolero” –ejerciendo el más viejo oficio de la historia– es una mujer que desafía la adversidad aun “venSida” por el cansancio”. La actriz  inteligentemente evita caer en el cliché en que se convierte comúnmente este personaje.

 En “la Señora de la “Cartera de Chanel” –burguesa que lo tenía todo- y “Marina la positiva” –lesbiana que comparte jeringas con su íntima amiga-, existe una sorprendente identificación de la actriz con ambos personajes.

En la Señora de Chanel, María Castillo realiza  un trabajo de introspección magnífico, que unido a un manifiesto hieratismo, logra conmover.  La señora no entiende el ¿porqué a ella?, tan distante, tan apegada a las marcas como símbolo de “estatus”.

En “Marina la positiva” su actuación produce un efecto de realidad sobrecogedora, a lo que contribuye el engolamiento de la voz, los gestos y movimientos rudos, acentuadamente masculinos. María Castillo logra con este personaje una dimensión actoral impresionante, que deberá registrarse en los anales del teatro dominicano.

Carlota Carretero encarna a “Clarivel”, joven de 18 años, “víctima del síndrome que toca a su puerta disfrazado del primer amor” y del desconocimiento del mundo, producto de una educación secular.

Hay en Carlota una sensibilidad y ternura en la proyección de este personaje que emociona. Sin embargo, es en su caracterización de “Lola la gitana cirquera”, donde ella logra el más alto nivel de actuación.

Todo en ella es teatralidad, desde el gesto facial, los movimientos españolizantes que revolotean los vuelos de su traje de maja,  hasta el manejo oportuno de los abanicos. Memorable actuación de esta exquisita actriz. En “Vinicio el pájaro” la resultante alcanza un buen nivel, destacando el trabajo corporal. El travesti –hombre vestido de mujer- aquí mujer encarnando un travesti- se pierde un tanto la identidad, su voz muchas veces confunde.

Waddy Jáquez tiene un reto  al compartir actuación  con dos artistas de la calidad de Carretero y Castillo. Su primer personaje “Huracán García”, el luchador “preso de un amor que le dejó tendido en la lona de su imaginario cuadrilátero”, tiene una respuesta aceptable.

En “Tito y la comitiva”, su actuación es muy buena, sin embargo resulta bastante largo el baile del “reggaetón” y sus repetitivos movimientos. Waddys Jáquez es un actor orgánico, con un cuerpo maleable que maneja con destreza, otorgándole versatilidad a sus actuaciones.

El epílogo del espectáculo “El poeta del Sidario”, une a los tres actores en una formidable dialéctica actoral. Convertidos en una sola voz dan un grito de alerta, advierten sobre el peligro que se cierne sobre la humanidad. La movilidad atractiva de los tres, el recurso del vodevil, el uso conveniente del espacio, y los elementos escénicos, producen un cierre teatral impresionante. Las luces de Ernesto López y la escenografía de Fidel López, contribuyen a la excelencia del espectáculo. 

Asistimos a la última función de Cero, con  la Sala Ravelo totalmente llena, lo que es un indicador de que debe continuar en escena.