“Charles Tan”

VLADIMIR VELAZQUEZ MATOS
Alemania es un pujante centro cultural a nivel mundial de las mejores manifestaciones artísticas (también de las peores) y del saber en general. Mientras viví allá, no perdí oportunidad de visitar cuanta exposición o concierto estuviese a mi alcance (siempre y cuando el bolsillo y el clima me lo permitiese), teniendo el privilegio de ver y conocer de cerca de algunos de los maestros más importantes del panorama internacional, tal y como señalé en un artículo anterior.

Al salir de mis obligaciones diplomáticas, me ponía mi mochila, abrigo, tenis, y acompañado de mi esposa Verouschka y mi hija Maya (ella viajaba entonces en su cochecito), nos íbamos en tren al pueblo o ciudad en donde hubiese una exposición o feria o cualquier manifestación artística al aire libre para que nadie nos contara.

Recuerdo que en una de las ediciones de la Feria de Arte de Colonia (Art-Köln), nos llamó poderosamente la atención a Verouschka a mí, una cosa que parecía ser una escultura de un hombre desnudo en cuclillas la cual era exhibida en una galería española de las que componían ese magno evento.

La obra en cuestión a cierta distancia nos impactó sobremanera por el extraordinario realismo y verosimilitud que el artista le había sabido imprimir, tanto, que al irnos acercando poco a poco, asombrados ante tanta perfección formal y anatómica, nos pareció como si viviera, como si transpirara de verdad por cada uno de los que parecían ser sus…poros?.

“¡Caracha, pero si es un hombre de verdad!”, comentó sonrojada Verouschka. Y sí, efectivamente, era un hombre de verdad completamente “…en pelotas”.

Me dirigí al recibidor del stand de esa galería con actitud entre lo desconcertado y sarcástico (aunque más bien debería decir que me sentía incómodo ante tamaña tomadura de pelo), y le pregunté a la encargada (la galerista), que cómo se vende “eso”, o si es que nos habíamos equivocado y estábamos metidos en un centro de striptease.

En el escritorio la galerista junto al “creador” de la “obra”, mirándonos como los felinos resabiosos, aguardaban junto a una botella de vino de nombre impronunciable sin descorchar, tres copas y un silencioso teléfono a la espera de “la llamada” que aún no se producía, mientras nos auscultaban a mi compañera y a mí con una mirada tan fulminante que podía partirnos en mil pedazos como un rayo. Entonces ella, la galerista, respondió mi inoportuna pregunta con una voz feamente engolada: “…esas son expresiones sólo para los entendido” (diciéndome esta última palabra con despectiva petulancia).

Retrocedí, no fuera a ser que las miradas maten, y me topé con otro intruso curioso husmeando la obra al igual que mi compañera y yo, un señor de origen panameño quien con trato afectuoso (porque es escaso el calor humano en esas latitudes) y mucho humor que caracterizan a la gente de estos lares, me comentó: “¿Conoce usted la historia de un artista llamado Charlatán? ¿No? Pues mire, aquí en Colonia había un galerista muy famoso que decidió jugarle, antes de retirarse, una broma pesada a su clientela y a los ciudadanos en general y publicitó por todos los medios a su alcance una gran exposición de un dizque reconocidísimo artista conceptual chino-americano llamado Charles Tan, que como verá, suena igualito a charlatán (y esta es una acepción universal)”.

“Después de la apoteósica vernisage en su galería en donde se vendieron todas sus obras a precios siderales, el galerista puso a la semana siguiente un anuncio en la prensa y llamó a todos los incautos que compraron las obras para decirles que la exposición era una broma y fueran a recuperar su dinero, tirando a la basura esos fierros viejos y demás desperdicios embadurnados de pintura y estiércol que él había fabricado la noche anterior de la misma…”

Mientras este señor me contaba esa anécdota (la que, por cierto, me han referido otras personas totalmente ajenas unas de las otras), me llegó a la memoria la historia aquella de Alan Sockal y su broma a una revista científica norteamericana, en donde publicó, adrede, un disparatado artículo en forma de enjundioso y abstruso trabajo hermenéutico de física cuántica que la comunidad científica saludó como uno de los grandes aportes a la investigación de la física teórica, y que su autor, muchas semanas después de recibir incontables loas y críticas entusiásticas de los expertos por aquella maravillosa hazaña intelectual, desmintiera con otro artículo, aduciendo que aquello era una tontería aderezada de incontables términos inventados para probar lo falible que pueden llegar a ser hasta los más encumbrados académicos.

También recordé otra broma de una académico español en filosofía que hizo algo parecido en su país, publicando un estudio “concienzudo”, el cual fue alabado por numerosos intelectuales con incontables citas en “alemán” (tomadas todas de los discursos de Hitler y la Wermacht), o las tomaduras de pelo de un par de juerguistas ingleses con las marcas de ovnis en los campos de cerales (esto llevó a los ufólogos a crear otra pseudociencia llamada cerealogía, aún después de haber admitido sus autores la chanza).

Por fin el teléfono sonó y la petulante dama habló unas cuantas cosas en alemán a través de la línea y luego se dirigió en español al artista con un ademán de jubilosa aprobación, descorchando la botella de vino y sirviéndola en las tres copas, mientras el “Pigmalión” con talante de delicada afectación llamó a su “creación”, y éste, para sorpresa del simpático señor que hablaba conmigo, de mi esposa y de este servidor (mi niña, por suerte, estaba dormida en su cochecito), bajó de su pedestal como Dios lo trajo al mundo, cruzó a todo lo largo del el salón, alcanzó la otra copa de vino y exclamó con voz aflautada: “primero voy al sanitario, no vaya a ser que…”