Cielo naranja
Dominicana es el reino de la impunidad

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Evitarás los viejos lugares mas no sus sombras. Tu pasado es pequeña eternidad: vivirá y morirá contigo. Mi infancia transcurrió en los doce años del balaguerato (1966-1978). Por más lavada que esté la figura del Doctor, siempre habrá sangre e inclemencia en su alrededor. No es políticamente correcto subrayar el que hayamos tenido esos doce años en el siglo XX, pero su peso es inevitable: todavía sacude, y más aún cuando lo que fue un puro golpe en la cara ahora se presenta como un leve sopor que empaña el cristal, y bastará entonces que el limpia brisas pase una vez y ya, basta.

Ahora que Funglode pone a disposición del público la colección de la mítica revista ¡Ahora!, repasar las amarillentadas páginas refuerza el estupor de aquellos años.

Ahí están los militares incontrolables, las muertes violentas en la propia casa, la masacre en las calles, las movilizaciones reprimidas violentamente, las madres y esposas e hijas abarrotando los cuarteles y destacamentos en busca de los seres amados. Están los deportados, los que desaparecieron sin dejar rastro. En todas partes, el terror del Estado.

 En el centro, el Doctor Balaguer como un posible abuelo a quien nunca le negarías tus afectos pero que en esos momentos se ufanaba al decir que él era el puro, de que habían fuerzas del destino, de que él no podía hacer nada, cuando todos sabíamos que una llamada o un gesto suyo bastaría para salvar a cualquiera.

En los doce años del balaguerato se incubaron tantos crímenes y criminales como en los 31 de Trujillo. ¿Qué pasó con los torturadores y los criminales de escritorios de ambos regímenes? ¿Se juzgó y se condenó algún crimen desde 1961? ¿Logró la sociedad civil dominicana hacer conciencia sobre el peso de su pasado? ¿Hubo vocación democratizadora por parte de los nuevos partidos políticos? ¿Se crearon condiciones para el diálogo y la voluntad colectiva para asumir los cambios que requería la cultura de la violencia y la injusticia ínsitas en la sociedad dominicana?

La sociedad dominicana se lavó las manos erigiendo estatuas y nombrando con calles a los héroes del antitrujillismo. Los trujillistas se colaron, sin embargo, con algunas calles. Muchas de las víctimas del balaguerismo hicieron las pases por aquello de “borrón y cuenta nueva”, y porque la real politik exigía nuevas estrategias de sobrevivencia.

Tanto ha sido el alcance de esta lobotomía a la historia dominicana, que en los textos escolares todavía no se puede hablar sobre la violencia de Estado en aquellos doce años. Pero peor aún: todos aquellos crímenes quedaron impunes. No importaban cuáles gobiernos se establecían, había un consenso sobre la amnistía per secula secoulum.

Siempre tengo que volver al mismo tema en enero por su día doce, por la mamá de Amaury Germán Aristy y todos los que concurren a su casa en la Salomé Ureña para no olvidar, para mantener esa pequeña flama de la memoria, pensando en aquel día en que murieron cuatro valerosos jóvenes, dignos, únicos en su concepto de compromiso.