Cielo naranja
Fidelio Despradel: el imprescindible

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Será difícil encontrar otro país con más héroes por kilómetros cuadrados que el nuestro. Hay héroes vivientes, vivos y vividores. Héroes antitrujillistas, catorcistas, abrileños, doce-añeros. Difícil un mes sin depósito de flores en el Altar de la Patria, sin héroes recordando, olvidando y magnificando sus hazañas.Dentro de toda esta caterva de héroes tengo que sacar aparte a Fidelio Despradel.

Él no será el único, se entiende, pero es alguien bien especial: no se ha momificado con un solo acto en su vida, ha sabido ser constante en lo que piensa, en lo que hace, le debemos la recuperación de una memoria histórica –expresada en sus libros-, lo tenemos ahí, en los campos y en las calles, sin agobiarnos con discursos, explicándonos sus cosas sencillamente y fuera de cámaras.

A Fidelio accedí por su inolvidable “Historia Gráfica de la Guerra de Abril” (1975), un libro que combinaba el rigor de la academia con lo didáctico de la expresión.

La memoria como referente de lo político, el subrayado de la dignidad del pueblo como supuesto o fundamento de la lucha popular, la recogida de los testimonios para plantear verdades necesarias, en momento en el que el Orden del balaguerato quería sumergirnos en un alzheimer colectivo: esos fueron algunos de los aportes de ese texto.

Por aquellos tiempos habría de surgir “Nuevo Rumbo”, siguiéndole una serie de debates esenciales sobre “la nueva izquierda”. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, desbocados ante “revoluciones inminentes” y apostando por lo general a soluciones maximalistas –según lo cual todo se resolvería con la revolución socialista-, la propuesta de Despradel se orientó por vías más pragmáticas.

Cuestionar el orden existente, mostrar alternativas en el trabajo popular, participar de un principio de solidaridad y responsabilidad frente al otro, esos fueron algunos de los referentes que lo diferenciarían. Nunca se poseerá la gran y única verdad, pero siempre se tendrá el derecho a expresarse y asumirse en una voz colectiva. Aquí la cuestión no es de crear altares sino de acceder al fuego que sale de las chispas producidas por las piedras. Ver las fotos de Fidelio desde 1962 hasta el presente es advertirlo siempre dentro de un colectivo: desde el mítico Catorce de Junio al lado de Manolo hasta la ya no tan recordada Izquierda Unida.

Dentro de esas fechas la izquierda dominicana se reafirmó y se desangró, entre los “pro” de todos los colores, reventó en no se sabe cuántas disputas internas, se subió a no se sabe cuántos carros de fuegos y manjares –la UASD, el PRD, el PR y el mismísimo PLD-, perdiendo en esencia su vocación de base. En esos momentos últimos Fidelio varió la ruta: se tiró al campo, a Bonao, por los predios de la vieja combatiente Aniana Vargas, y se empeñó en un trabajo comunitario, popular, concreto, directo.

Lo particular de Fidelio es su hablar tranquilo, el siempre estar ahí, constante, solidario, tierno, sensible y receptivo, en la primera fila del honor, en junio, en abril, en todo estos años que pronto serán cincuenta años de lucha continua.