Cielo naranja
San Carlos y Los Mina ¿existen?

Si algo define la política   dominicana es la sensación de estar en proselitismo permanente o en las finales de algún campeonato de lo que sea. El problema parece ser convencer, triunfar.

En 1998 acababan los 16 años de gobierno de Helmut Kohl, “el canciller de la unidad alemana”. Para tal ocasión, el primer canal de televisión recopiló los 16 saludos de año nuevo en poco menos de dos minutos. En todos ellos, año tras año, Kohl repetía la misma frase: “en este año combatiremos el desempleo”.

Miro a la Isla, tengo a mano esos enjundiosos trabajos de Isis Duarte y su grupo sobre el desempleo que desde hace más de 25 años siempre nos plantean el rompecabezas que somos, observo que el asunto se va complejizando en nuestro país debido al envío de remesas, lo generado por el narcotráfico, la mano de obra haitiana, los usos y desusos del Estado y del sector privado, la marginalidad y la informalidad.

Comparo los temas nacionales –los temas de la prensa y los legisladores-, con el paisaje cotidiano de mi barrio –el San Carlos duro, en los perímetros de la 27 de febrero y la calle Barahona tan cantada-, preguntándome que cuántos países más tendremos que soportar en la misma Isla, porque eso parece ser la costumbre, que en el mismo país cada quien tenga el suyo y lo defienda como una Numancia cualquiera.

Los grandes temas de allí son los cielos violados del país, la importancia de invertir en máquinas-policías aéreos, las dietas que no servirán para rebajar sino para aumentar y aumentarse indefinidamente. Los temas de aquí son los semáforos de la 27 con Barahona con años sin funcionar, las aceras con más hoyos que la luna –las tapas de las alcantarillas del barrio al menos viajan, van a dar a Shanghai, ya recicladas-, para no hablar del más acuciante: el desempleo.

Tengo la sensación de que frente a este “país de barrio” hay una especie de conspiración. El barrio no existe. “Este barrio no tiene nada de hermoso”, proclamaba Andrés L. Mateo en su célebre y único poema, en los años 60, y al parecer esa será el mantra de la nueva clase media: huir del barrio y sus problemas. Preferible algún kilómetro ochenta de la carretera Duarte o Sánchez –de la Mella ni hablar-, que en San Carlos o cualquiera de las Villas. Del otro lado del río, trágame tierra. Dime si tienes que cruzar el puente y te diré quién eres. De Los Mina y el Ozama, nada: más de 200 mil habitantes y ni una librería. De Los Mina, sólo basket, las apuestas de Juancito, el Lápiz Consciente y el Sujeto y dar cajeta y sacar los jierros.

Vuelvo a San Carlos, a la esquina Jerónimo de Peña con Barahona, mi barrio, y me digo que este país barrial no tiene nada ver con el país de los legisladores. Aquí no se les ve aunque tenga que oírseles. Tal vez tenemos que esperar las elecciones.

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