Cielo Naranja
Carlos Castro, tan lejos y
an cerca al mismo tiempo

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Por Miguel Mena
Son crudas sus historias.  No salen de la fantasía: son trasunto de nuestra cotidianidad. Peor todavía: ya ocupan un par de salones del Museo de Absurdo Dominicano, ese proyecto que permanentemente está abriendo sus puertas y también dejándonosla caer, como si el ser dominicano ya trajese consigo fecha de vencimiento.

Sociólogo, dramaturgo, trabajador social, habitué en el Palacio de la Esquizofrenia los domingos antes de que lleguen los necios, Carlos M. Castro Medina –así escrito completo, como a él le gusta-, anda con un crayón inmenso.

La realidad que subraya está ahí: en las historias inconclusas y lacerantes del transporte público, en la idea que se saca de alguna noticia más que chispeante, en el absurdo que antes de corroernos nos está conformando todas las células y composiciones del ADN.

“Dramas cortos, cotidianos y perversos”  (Editora Búho, Santo Domingo, 2008) es la primera propuesta orgánica de un autor con mucha calle y tabla, y que de paso, ha cogido muchos tablazos.

Ganador de menciones en concursos de Casa de Teatro, director de un buen puñado de obras minimalistas, nuestro autor sabe lo que es el teatro  clásico y moderno, los gestos del Kabuki y ese halo siempre sepia del arte povera.

En esta obra Castro vacila con la neurosis de la nueva clase media. Los temas, bien universales, también son bien dominicanos: la cuestión sexual es un hilo invisible que va madejando tres de estas cinco historias.

Todo es melodramático y a veces hasta aleccionador, pudiéndose trazar un mapa con sus recorridos y actores:El Parque Independencia como espacio-imán de la prostitución, el o-n-g-ismo como panacea del Estado o la familia que no funciona como debería, el motel como recinto de los fracasados.

En las dos últimas historias,  “Asalto en un carro público” y “Me tumbaron el celular”, nos asomamos a las costas de una violencia cotidiana, machacadora porque no cesa. Su humor es francamente quevediano: tiene la capacidad de reírse de sí mismo y de sacarle sus chispas al dolor.

Dentro de las cinco historias que conforman estos “Dramas” el elemento común es la restricción creciente del espacio en la vida cotidiana y la violencia que se desarrolla en tal condensación.

Carlos Castro no brinda soluciones. No tiene por qué.

Su teatro es ácido. Tiene mucho de etnográfico. Podría pensarse que el mismo serviría para escenificarse en algún proyecto de autoayuda barrial, pero no, es mucho más que eso: es el Santo Domingo de aquí, el que no podrán eludir ni la salsa de los políticos ni las candidatas a Miss Café ni la gente allá al fondo, “buscándosela”, “resolviendo”, “ay Dios mío esto si es grande”.

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