Cielo naranja
El acuario-lounge de David Puig

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POR MIGUEL MENA
La humanidad se descorazona,  pendiente de las posibles, futuras e inevitables arrugas de Madonna y las no menos espectaculares trapisondas de la pobre Britney. Ante tan preocupantes hechos lanzo los dados y todo va por apostar a cierta alegría védica, oh hare hare krsna, krsna hare, a un cosmos explosivamente amarillo y verde, a los cómplices de noches oyendo musica Ghazal en la azotea del Carlitos o en alguna cueva con el Super Ale y su cara eterna de baby recién afeitado.

David Puig aparece en el escenario.

El David, qué personaje.

El David es todo un especialista  de las noches oeste-bengalíes y de rutas délficas, déhlicas, porque a veces todo cabe en las cajas de fósforos, cajas que David colecciona con la misma devoción con la que las reinas de belleza se cepillan los dientes.

La ruta davídica comenzó en el ciberespacio, como debía ser, en una época en que las preocupaciones del David estaban atrapadas por las mujeres de los piratas, el eco del vudu y de Budha y otras especies caribeñas y post-caribeñas.

En Berlín continuó la historia. Ya los piratas habían desaparecido de la proa pero quedaban sus mujeres. Esta vez, el mundo azteca, con sus sacrificios obligatorios y sus corazones arrancados, se presentaba en todo su esplendor.

Desde la capital germánica el mundo se trazaba a golpe de pedales, de una mesa fija en el Iberoamerikanisches Institut, de noches en Kreuzberg, como siguiendo la estela setentina de Lou Reed y David Bowie.

París fue la próxima estación.  El David estaba de tránsito. Chepe (ahora exChepe, artista visual, dj, fanático del Lápiz Consciente, consejero de los que quieren salir del closet), organizaba una fiesta diaspórica, con todos los ingredientes habituales: aborígenes criollos, un par de chicos francos loquísimos con la bachata, los españolitos inevitables buscando ligue, y para cerrar el círculo de la bendiciones, un plato de plátano con salami que fue como volver tras una pescozada a la dulce realidad insular.

En París no hubo bicicleta pero si hubo de todo: Tiempo de gitanos escenificado en la Opera de París, una boda realizada en un hospital donde  todo mundo estuvo vestido de blanco, donde estaban Rossy, la niña Ortega y otras niñas que no preciso a pesar de la ruta beduina por los bares de Montmartre y sus sangrías hecha en casa y por donde de repente se aparecía Eleonore y su reloj suizo siempre de pronto y donde nadie tuvo nunca tiempo de intercambiarse tarjetas de presentación porque nada de eso había.

Eel entierro de un tío, también en las afueras de la Ciudad Luz, oficiado por un sacerdote negro y traducido por una japonesa porque la viuda era japonesa y en la vida a veces hay que ser consecuente.