Cielo Naranja
Los libros que se fueron
(mis mujeres se los llevaron)

A principio de los 90,  cuando el frío se me metía hasta los cartílagos y la falta de azules golpeaba como la avanzada de Chinguis Khan, el remedio era meterse en los anticuarios y ver qué pasaba. Era extraño, pasaba lo mismo con los discos: al revisarlos oía, veía, sentía pasos y sombras. Allí estaban las mujeres, las mías y las que luego no lo fueron, al fondo, delante, por todas partes.

La vida, qué es eso.   Biblioteca, discoteca. Pasar la página, quitarle el óxido a las ruedas del patio, dejar caer cucharada y media de azúcar mientras confirmarás lo de siempre, que las flores de plástico seguirán en el Palacio de la Esquizofrenia como verdaderos testigos de tantas desolaciones.

Al principio fue  el “Almanaque de Bristol”, los muñequitos más tontos pero con su encanto, las predicciones a las que nunca te atenías, mientras las miradas furtivas se desplazaban por la vecinita o la banileja que siempre había en todos los barrios decentes. No muy lejos, el liceo, la escuela, esos miradas turbadas porque no te hacían el caso suficiente y tu comenzabas a insistir en la importancia de “El principito”.

Qué manera de asfixiarse, de insistir en la respiración salvífica, en que compartíamos “Juan Salvador Gaviota” y que siempre habrá limites y a ver hasta dónde me permite deslizar esta mano que tiembla.

En algún momento el idealismo tenía que acceder a las cruentas gramitas universitarias, a la lucha de clases y a la clase de física 012 donde indistintamente me quemaba durante cuatro semestres y los “Poemas de oficina” y “En el jardín Botánico” de Benedetti y cosas más edulcoradas de Ernesto Cardenal –”al perderte yo a ti…”- y esa obligatoria cara de niño bueno y de yo no fui y un chin, mami, por favor, sólo un chin de lo que sea.

Después llegaría “Rayuela” y ahí se pararían las aguas porque luego todas mis mujeres querían ser la Maga y despistarse, quién sabe si dejarme buscando la cocaleca mientras ellas buscaban algo más interesante en la azotea o en la cartera.

Hasta entonces eran cuidados los subrayados, las carticas con caligrafía Palmer, la pinta jim-deaneca o jim-morriseana a la hora de mirar y pararse a ocho pasos de distancia, las peleas obligatorias porque alguien no superaba a Edipo o a Electra o cualquier otro muñeco de Freud y los poemas de Roque Dalton que venían solo como para ajarnos los filos de los jeans.

Entonces se colocó  Kafka y la niña que sólo leía a Kafka y el balcón del Conde donde los necios perdían de vista al agrimensor y yo a veces chequeando a Samsa allá abajo, que por favor, no viniera, que nosotros no queríamos bregar con escobas, que lo nuestro sólo era los solcitos bajando y subiendo y que no te detengas, que las páginas y las notas irán y vendrán, irán y vendrán, irán.