Cielo naranja
¡Los últimos monos se ahogan!

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Después de atravesar el control de Migración caerás en el limbo. Habrá un trago para que no olvides tan pronto el país que dejas. Te sentirás extraño por las clasificaciones que tomarán cuerpo: que si tienes la tarjeta tal, que si vuelas con frecuencia, que si eres “ciudadano” –léase, de la Unión Europa-. En el avión encontrarás a nuestra pujante clase media, curiosa por saber tus ancestros, lo que esconden tus apellidos “Mena” y “Alcántara”, yo diciéndole que nada que buscar, que mis padres eran campesinos, que no, que ninguna familia de Puerto Plata ni nada que se escurra hasta el tiempo de los visigodos. Nuestra divina clase media, de funcionarios, de estudiantes, de felices e infelices, y tú no sabiendo dónde aterrizará tu aliento.

Regresarás al limbo del aquí o el allá. Es lo mismo: nunca dejarás la Isla, la marca que te ponen al nacer, las filigranas que te tatúan, que si naciste aquí o allá, que si tienes “raíces”. Si, siempre la obligación de acomodarte a una caja, incluirte en una correa transportadora para que tomen de ti la maleta más bella, que si eres de raza, de pura raza se entiende.

La discriminación es tan antigua como el mar. Es tu sino, tu pecado original, lo inevitable, la sombra de la que te quieres zafar, el demonio a conjurar, las miradas que te echarán como cadena a la hora de entrar a cierta oficina, a cualquier actividad, sí, porque debes ser el pez en la pecera, porque debes mostrar tu estrella de David aunque al parecer no hayan campos de concentración.

En nuestra media Isla tendrás que estar visible en cierto punto, reconocible en aquella esfera, a ley de un tiro o una llamada o un lazo de alguien allá arriba. Sí, debes estar enlazable. En caso contrario, ni los gatos te tomarán en cuenta, barajarán con tu nombre y tus datos en nómina y al final se cumplirán los antiguos presagios, caerán pelos y más pelos en el sancocho, contigo no irá nada bien porque no eres “hijo de”, porque no le andas atrás al funcionario tal, porque nunca has estado en la antesala y nunca querrás estar en la patana o la yipeta o el carro aquél o aquella, porque te resistirás a toda dominicanidad cuya condición obligatoria sea el andar sobre cuatro ruedas, celular en mano, sonrisa del “libro el guerrero” a flor de labios, abrazos de Og Mandino a granel.

En nuestra media Isla el riesgo es tu derecho al “yo”, la desgracia  es la falta de una cuna visible, tu no pertenencia al staff de seres heroicos de enero, febrero, abril o junio. Por eso es que nos vamos, nos fuimos, somos el ejército de los vencidos, los lectores de León Felipe y Blas de Otero, los traficantes de casetes del Terror Días, los que cogemos el teléfono de un lado y el corazón del otro, los que nos largamos y tal vez nos ahogamos, como los últimos monos.