Cielo naranja
Pablo Bonnelly, arquitecto y urbanista

El arquitecto Pablo Bonnelly  lió sus bártulos y volvió a San Pedro de Macorís, sin que muchos se dieran cuenta.

Al pensar en el devenir del Santo Domingo de finales del XX y principios del XX, hay que destacar la magnífica labor de este profesional de nuestra vida urbana: como funcionario, profesor e incluso, como fotógrafo.

Nunca antes como en aquellos cuatro años –durante la gestión de Johnny Ventura, 1998-2002-, habíamos tenido un Director de Planeamiento Urbano tan comprometido con la defensa del Santo Domingo histórico y tan abierto a las propuestas de modernidad, desarrollo y sustentabilidad.

Su defensa de que en el espacio de Gascue no se violentaran las especificaciones de altura y construcción, fueron más que valientes, ante un conjunto de empresarios y regidores sólo preocupados por las ganancias a costa de lo que fuera. Dentro de este conjunto de acciones, la defensa del edificio del Jaraguita, última obra del gran Guillermo González en el malecón dominicano, fue histórica. Ahora, tristemente constatamos que lo que antes fue un hermoso edificio de los años 40 se ha convertido en un anodino parqueo de hotel.

A estas acciones habría que agregarle la energía que puso para que el espacio urbano no se privatizara, como luego habría de ocurrir, por ejemplo, con la Calle Pellerano Alfau,  más tarde convertida en traspatio eclesiástico. Junto a ello habría que destacar el apoyo brindado a un grupo de ciudadanos que finalmente logró que se repusieran los bancos históricos del Parque Independencia, en vez de unos de madera totalmente discordantes con el entorno.

El arquitecto Pablo Bonnelly hizo del Palacio Consistorial, donde tenía su oficina, una casa abierta a la ciudad: a su discusión, a su valoración, a su mejor conocimiento.

Junto a ello, logró compactar un excelente grupo de profesionales de la arquitectura y del urbanismo, dispuesto a hacer de Santo Domingo una ciudad dinámica, abierta y acorde con los procesos de renovación sostenible.

Desde su puesto en el Ayuntamiento capitalino logró ensamblar un trabajo ejemplar de muchos arquitectos extranjeros que por primera vez fijaban su atención en nuestra ciudad, proponiendo algunos cambios significativos. Dentro de esos aportes, habría que destacar el del arquitecto dominicano afincado en España, Antonio Vélez Catrain.

Gracias a él, envuelto en el mismo espíritu, se editó un número especial de la Revista de Occidente –el 230-231 del 2000-, donde nuestra ciudad era situada en su justo lugar. Al pensar nuestros espacios urbanos, hechos y deshechos por la razón instrumental, no dejo de pensar en Pablo Bonnelly. Es una lástima que tanta capacidad, voluntad de trabajo e iniciativa, no hayan sido suficientemente aprovechadas por las gestiones posteriores. Aún así, al escribir una historia del Santo Domingo, el nombre de Pablo Bonnelly tendrá que figurar como uno de sus más lúcidos defensores y planificadores. Es una suerte –o mejor sería decir, una envidia- que San Pedro de Macorís lo recupere ahora entre sus profesionales. Ojalá y en la Sultana del Este, pueda seguir con la misma energía y lucidez que le son características.

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