Cielo naranja
Presentación en Berlín de
homenaje a Henríquez U.

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MIGUEL D. MENA.
Esta noche tenemos  el gusto de presentar al dominicano más universal, Pedro Henríquez Ureña, y junto a él, ofrecer una panorámica de un tiempo histórico donde América Latina establecía sus principios de su modernidad.

Me gustaría –tal vez en razón del virus nacionalista que a muchos a veces nos afecta-, hablar de “intelectual dominicano”, pero sería injusto. Pedro Henríquez Ureña hizo de cada lugar por donde pasó su “pequeña patria”. Aún y sin haber estado en muchos de nuestros países, se interesó por incluir cada uno de ellos en el concepto de la “magna patria” latinoamericana. Dentro del agitado pensamiento de su tiempo, nadie como él para integrar, comunicar y desarrollar reflexiones ante nuestras realidades, buscando destacar aquello que nos singulariza.

Es difícil resumir en  un párrafo el conjunto de sus aportes. Podríamos referirnos a la manera en que él resituó conceptos filosóficos, como el de la utopía-; filológicos, como el rebatir la idea de que el castellano latinoamericano era una simple declinación del andaluz-; políticos,  como el cuestionar aquellas visiones colonialistas y eurocéntricas con que nuestras elites y oligarquías habían legitimado su dominación.

Pedro Henríquez Ureña supo destacar la tradición del pensamiento liberal latinoamericano y dialogar con aquellos principios de la modernidad de su tiempo. Leyó con igual atención a Ibsen y Nietzsche, para sólo poner dos ejemplos europeos,  y destacó los aportes de Sarmiento, Martí y Hostos. Lo suyo no era el saber como demostración de fuerza o poder sino una visión del conocimiento en función del establecimiento de la justicia como un principio de convivencia social.

Así como denunciaba  la política imperial de los Estados Unidos y su política de “gran garrote”, también se preocupaba por recuperar a sus creadores y pensadores más originales y democráticos.

A Pedro Henríquez Ureña se le ha llamado “crítico errante”, “el maestro”, “el humanista”. Sus amigos y discípulos destacaron su serenidad, su humildad, su capacidad de oír y de dialogar. El contexto que le tocó vivir, sin embargo, contrasta radicalmente con su carácter: su tiempo estuvo marcado por las guerras de independencia en el Caribe (Cuba y Puerto Rico), por guerras civiles en su propio país que luego acabarían en una larga ocupación militar.

Por todos los lugares  por donde pasó dejó profundas huellas: en los Estados Unidos –en Minnesota y en Harvard-, trazó las líneas fundamentales de la latinoamericanística; en México fue componente esencial del “Ateneo de México” y de la reforma del sistema universitario; en Argentina participó en los planes de enseñanza del castellano y en  estudios filológicos.