CIELO NARANJA
Y dale y dale con Trujillo

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Generalísimo que  nunca dirigió una batalla es la sombra indefectible de todo buen defensor de la Patria Irredenta que en las Encrespadas Montañas de Quisqueya Nos Procesa en Sus Manos como si fuéramos una Argamasa Volátil, ¡Oh Maestro Osvaldo Cepeda y Cepeda, que Verbo no nos falta!.

Trujillo es el Padre de la Patria Nueva a quien no le importaba violar jovencitas casi niñas, mujeres casadas y por casar, es el modelo de todo literato que con imaginación o sin ella, así confiesa su incapacidad de verse a sí mismo y seguir insistiendo en el cuento de nunca acabar. Rectitud, Lealtad, Trabajo, Moralidad, fueron sus lemas, él, que ni fue recto ni moral, aunque sí, indudablemente trabajador.

Trujillo es el gran negocio  dominicano. Trujillistas, antitrujillistas, pre y post-trujillistas, neotrujillistas, no hay industria nacional que se escape a sus influjos. Bebemos Cerveza Presidente, consumimos aceite de maní, oímos la música del Jefe en El Sartén o en el Palacio del Son, discutimos sobre si esto o aquello del Jefe en todas las Academias Nacionales, el hablarcito del Jefe que luego encarnó en el hablarcito del Dr. Balaguer es el hablarcito de medio mundo de la política roja y de todos los colores. En El Conde es posible comprar los discos compactos que tanto complacían al Jefe.¡Ni siquiera René Fortunato con sus documentales ha logrado exorcizar al Jefe!

No pasa un mes sin que en alguno de nuestros medios de comunicación El Jefe sea tema de portada. Todo mundo habla del Jefe, desde José Almoina con su “Yo fui secretario de Trujillo” hasta la nieta de Trujillo diciendo “Yo fui nieta de Trujillo”.

Secretarios, choferes, músicos, cantantes, bailarines, locutores, artistas de toda laya, periodistas, jóvenes, viejos, ancianos, opositores, diplomáticos, todos tienen tiempo para desgranar sus historias particulares, sus heroicidades blindadas, sus momentos tan dulces como el algodón de azúcar o el gofio, los desafíos y desenfados, el pasar la vergüenza o el degustar el pasado con la misma ingenuidad con la que cualquier deshoja la flor y se dice “me quiere, no me quiere”.

Gracias a Trujillo el  Gran Hermano de George Orwell llegó tarde. Hasta el genio de Chaplin, incluso, ya no podía imitar ese cansancio al caminar, esa perfección en el corte de peinado y de telas y de factura del cuerpo de El Jefe, el mismo que podía estar sobre caballo en el Monumento de Santiago como de darle su mismo nombre a Santo Domingo, gracias a la genial iniciativa de diputado Don Norecuerdo Cabral. Trujillo es el gran negocio de la dominicanidad moderna.

¡Pero si es que de algo tenemos que vivir!

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