Círculo perverso de pobreza

COSETTE ALVAREZ
Hace unas semanas, furiosa por las manifestaciones de sectarismo extremo de una funcionaria peledeísta a quien creía muy por encima de esas pequeñeces, le envié un mensaje por correo electrónico sugiriéndole que aprovechara su posición para cerrar los centros educativos e inscribir a todos los estudiantes del país en un partido político, ya que parecería que, de acuerdo a su mejor criterio, quien no pertenece al partido de turno en el poder no es digno del derecho al trabajo, sino merecedor de la muerte civil, por bien preparado que esté.

No me arrepiento de una sola de mis letras puestas en ese mensaje y ojalá tener la oportunidad de decírselo personalmente. Eso y mucho más. Sin embargo, me siento culpable porque cometí una exclusión: dejé fuera a todos los menores que nunca han ido a la escuela o que han tenido que desertar para someterse a la explotación laboral, incluyendo la de su propio cuerpo mucho antes de completar su desarrollo físico y mental.

Si el sectarismo es malo, eso, que en el Matutino Alternativo escuché definir como círculo perverso de pobreza, no tiene calificativo. Volvemos a lo mismo. No hay riqueza sin pobreza. Por lo tanto, hay que asegurar la pobreza desde la primera infancia, sobre todo cuando tantos de nuestros gobernantes saben por experiencia propia de lo que son capaces algunos pobres cuando “se superan”.

Este grave problema, por el cual el Estado –gobierno y sociedad– está violando los más elementales principios, no hablemos de acuerdos, tratados, convenios y demás, no se resuelve con seminarios, congresos, comisiones de estudio, ni actividades pro-fondos. Estamos hartos de papeles, lomas de papeles, declaraciones y fotos en las páginas sociales. ¿Dónde está la acción?

Por enésima vez, recordemos que el tema se está tratando formalmente desde hace casi sesenta años. No queremos más estadísticas aterradoras. No queremos más intelectuales descubriendo la pólvora en cuadritos, ni más señoras artefactas sonriendo para la prensa. No queremos más niños ni más niñas en las calles, ni en las cocinas, ni en los patios de las casas, ni en los prostíbulos. ¡Qué vergüenza!

No solamente es abusador y explotador quien obliga a un/a menor a soportar actos sexuales enfermizos, ni quien, indiferente, ve de cerca de un/a menor realizando cualquier trabajo que lo expone a peligros y le impide ir a la escuela. El sistema entero es abusador y explotador, principalmente quienes reciben ingresos para resolver el problema y creen que la solución es burocrática, teórica.

Aquí tenemos un Conani, una oficina de protección al menor dependiente de Salud Pública, otra en la Procuraduría, otra en la Fiscalía. Por el lado de los organismos internacionales y las organizaciones no gubernamentales que funcionan con mucho dinero gubernamental, tenemos una lista bastante larga de instituciones destinadas a los asuntos de los niños y las niñas. Por otro lado, están las iglesias. Y resulta que las noticias son espantosas.

Parecería que un buen número de quienes se dedican a los/as menores desamparados/as del sistema adquieren los derechos a abusar “institucionalmente” de ellos, porque no hemos salido de un escándalo cuando por ahí viene el otro zumbando, y eso, que el sistema también se ocupa de que nos olvidemos de los mismos asuntos con los que nos escandalizan. Nunca vemos el final de las novelas, por decirlo de algún modo.

Es una lástima que la Secretaría de Educación, como todas las demás, haya mostrado, por los siglos de los siglos, tanta inoperancia. Si tuviéramos adultos educados en todo el sentido de la palabra, existiría un nivel de conciencia que nos permitiría educar a nuestros menores que, desde siempre, todo lo que reciben del Estado con todas las instituciones que lo componen, oficiales o no, es un gran desprecio. Pero nadie puede dar lo que no tiene. Si los adultos llegamos a esta edad sin educación, sensibilidad ni conciencia, ¿qué vamos a trasmitir a los niños y a las niñas?

Una vez, durante mi embarazo, me dijo un oculista que “hijo de miope sale miope”. Si hacemos este cálculo extensivo a otros aspectos de nuestras vidas, podemos inferir que si los adultos somos resentidos, produciremos menores resentidos. Y por ahí seguimos. No nos llamemos a engaños. La niñez refleja la clase de adultos que existe en la sociedad. Estamos muy mal parados. Efectivamente, somos perversos. Perversamente inmunes a los peligros que enfrentan nuestros hombres y mujeres del mañana, como para morir seguros de que no habrá mañana. “Después de mí, el diluvio”.

Pero, como “París bien vale una misa” y no siendo mi París nada personal, permítanme aprovechar la extrema simpatía con la que doña Margarita Cedeño de Fernández me ha saludado las dos veces que nos hemos encontrado últimamente, para recordarle que tenemos una cita pendiente desde principios de gobierno, precisamente para tratar el tema de los espacios urbanos para la niñez, en los que, por fuerza, habrá que incluir, o más bien dirigir toda la acción inicial, a todos esos menores que quizás no son huérfanos de padre ni de madre, pero con toda certeza y junto a sus padres son huérfanos de un sistema que los ampare, los eduque, los oriente, les permita crecer dentro de un mínimo de seguridad, que les fomente la dignidad y la auto estima, ¡que sepan que existen!

Si este gobierno quiere dejar algo hecho, perdurable, el metro es la obra equivocada (y la decoración de la Suprema también). La gran obra de un gobierno que pretenda pasar a la posteridad sería que todos los niños y todas las niñas del país tengan acta de nacimiento, se alimenten adecuadamente, dispongan de techo y ropa, vayan a la escuela, que ayuden en las tareas del hogar, pero que no tengan que producir dinero para mantener a sus propias familias y menos de la forma espeluznante en que se ven obligados a hacerlo. En resumen, que se les garanticen sus derechos para que cumplan con sus deberes, lo que tal vez no erradicaría completamente la pobreza, pero prevendría enormemente la delincuencia.