Ciudad de temor; donde el daño colateral está en la mente

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NUEVA YORK.- Estábamos en el asiento trasero de un sedán que avanzaba lentamente a través del denso tráfico en nuestro camino a una entrevista en el este de Bagdad. Yo iba hundido lo más posible, tratando de mantener mi cabeza estadounidense fuera de la vista. Umm Hassan, una mujer iraquí de 44 años que trabaja como reportera y traductora para The New York Times, estaba envuelta en una hijab blanca y enormes lentes de sol que ocultaban la mayor parte de su rostro.

Hemos tenido algunas de nuestras mejores conversaciones así, tratando de ocultarnos en el asiento trasero de un auto. La tensión compartida de estos recorridos, y nuestra soledad, crea una sensación de intimidad y hablamos francamente. Estábamos hablando, como siempre, sobre la violencia y cuánto había cambiado la vida ordinaria ante ella.

Cientos de personas habían muerto en los días anteriores, la mayoría en Bagdad, en un aumento de la violencia sectaria. Sin embargo nada de ese derramamiento de sangre era evidente en esta parte del centro de la ciudad donde estábamos atascados en un embotellamiento de tráfico. Más bien, las aceras estaban llenas de vendedores y transéuntes, las tiendas estaban abiertas, y la vida, en su forma cargada de tensión, parecía continuar.

Comenté a Umm Hassan cómo mucha de la violencia de la cual informamos ocurre más allá de la vista de la mayoría de los iraquíes.

“No necesito ver un cadáver o un coche bomba para sentirlo”, respondió, con agudeza en la voz. “El temor siempre está con uno”. (Umm Hassan no es su nombre; es un apelativo estándar que significa “la madre de Hassan”, por su hijo.)

La violencia aquí es inconstante y episódica. Un político es asesinado en un tiroteo desde un vehículo en marcha. Varios hombres son sacados de un autobús y posteriormente se les encuentra flotando en el río Tigris con balas en la cabeza. Milicianos chocan con fuerzas gubernamentales en una batala en movimiento a través de una zona residencial. Un atacante suicida entra en una mezquita y hace volar a la congregación.

Puede golpear dentro de la Zona Verde fortificada o fuera, contra los ricos y los pobres, en la oscuridad o a la luz del día. Su motivación quizá sea sectaria, o quizá sea simple codicia o enojo. Es este aspecto de azar y ubicuidad lo que la hace tan insidiosa.

La amenaza constante ha forzado al rediseño del paisaje urbano. Los barrios han sido atravesados por barreras de concreto y retenes, forzando a los residentes a aprender de nuevo cómo recorrer la ciudad. Los soldados y policías están en todas partes.

Pero la violencia ha reconfigurado la geografía emocional también, y esto es lo que Umm Hassan estaba diciendo. Los iraquíes viven con el debilitante y paralizante temor de que cualquier cosa puede suceder en cualquier momento, y cuando sucede, son impotentes para impedirlo.

Así que luchan por controlar su ambiente limitando sus movimientos, suspendiendo todo contacto, salvo el más esencial, con otras personas y permaneciendo en sus casas. El espacio en el cual la gente cree que puede actuar con seguridad se reduce con cada ataque, no importa dónde ocurra.

Umm Hassan, como muchos otros iraquíes que he conocido, han limitado en gran medida su vida a su casa y la oficina y la ruta entre ellas, la cual ella recorre con gran ansiedad y mirando continuamente al espejo retrovisor.

Chiita laica y liberal, alguna vez fue muy sociable. Pero ahora restringe su socialización a las casas de familiares cercanos. Presiona a su hija de 17 años y su hijo de 20 para que permanezcan en casa y les da seguimiento por teléfono celular cuando están fuera de su vista.

Sólo unas cuantas personas saben que trabaja para una compañía extranjera; esa información es una sentencia de muerte en las manos equivocadas. Como resultado, nunca puede hablar sobre su trabajo con nadie. No es que las personas hablen mucho en estos días aparte del conflicto y cómo van a sobrevivir a él.

Ella odiaba a Saddam Hussein — “hasta lo más profundo”, dijo — pero suena casi nostálgica de una cierta simplicidad que su régimen representaba.

“En los tiempos de Saddam, sabía que si mantenía la boca cerrada, si no criticaba al presidente, entonces yo estaría bien”, dijo. “Pero ahora no sé qué debería hacer. Me siento amenazada. Siempre estoy en una situación de amenaza: por ser chiita, por tener un hijo sunita, por trabajar en los medios, por tener un buen salario, por cooperar con los estadounidenses, por conducir un auto, por no usar una hijab”. Su voz se apagó.

“Anteriormente había un solo Saddam, ahora hay muchos”, continuó. “Todos tienen sus razones para secuestrar o matar”. Se estiró y tomó mi cuaderno y mi pluma, luego trazó un círculo. “Ese es Saddam”, dijo, golpeando el círculo con la pluma. “Sabía que si permanecía fuera del círculo, lejos de él, yo estaría bien”.

Luego trazó un grupo caótico de círculos, todos traslapándose, el más complejo diagrama de Venn sobre la Tierra. Puso la punta de la pluma en medio de la locura. Ahí es donde ahora se sitúa el iraquí común. El enemigo, dijo, “está en todas partes, muchos lados, todos los lados”.

 “Hay un nuevo refrán”, continuó. “‘Todos estamos sentenciados a muerte pero no sabemos cuándo”’. En realidad, una de las mayores víctimas de la guerra es la certeza. Hay incertidumbre sobre quién gobierna y en quién se puede confiar. Hay incertidumbre sobre la seguridad de trasladarse del punto A al punto B, la fuente del siguiente alimento, el significado de una mirada.

 “El peligro está demasiado cerca; no puedo manejarlo”, dijo Umm Hassan. “Antes podía manejarlo”.

Ella ha visto más violencia que la mayoría de los iraquíes. Como otros periodistas aquí, se ha apresurado a los escenarios de atentados explosivos después de un ataque para reportear sobre la matanza y la aflicción.

Pero inevitablemente, la violencia se acerca lo suficiente a todos los iraquíes para hacer al temor muy real. Hay pocas personas que no hayan tenido un familiar amenazado, secuestrado, herido o asesinado.

La esperanza está ridículamente escasa. Es algo difícil de conseguir: pocas personas están dispuestas a invertir más de lo que ya han invertido por temor a perderla toda. En los últimos dos años, decenas de miles de iraquíes ya han agotado toda esperanza y han huido del país.

Umm Hassan ha agonizado durante meses tratando de decidir si irse también. Sabe que si se uniera a su hermano en Londres, donde él trabaja como médico, ella y sus hijos llevarían una vida más segura.

Sin embargo, duda de si ella pudiera encontrar un trabajo digno, si pudiera llevar una existencia productiva. Aquí, al menos, tiene una sensación de pertenencia. Irak es su hogar, un hogar en ruinas, sí, pero no obstante su hogar. “No sé si pueda encontrarme a mí misma fuera de Irak”, dijo. Para ella, se ha convertido en una lucha existencial con implicaciones mortales.

Y así es como se siente la guerra de Irak. Todas las decisiones se vuelven, en cierto nivel, una cuestión de vida y muerte, y las cosas que alguna vez parecían importantes ahora son totalmente triviales. “Todo se convierte en un accesorio”, es como lo expresa Umm Hassan.

Lo que importa a los iraquíes ahora es si van a terminar el día vivos y cómo planean intentarlo.