Clarinadas Esta

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Esta semana se presentará en el país la buenona Jennifer López, en breve tendremos la dulzura de la voz de Paloma San Basilio y un desfile de rutilantes estrellas del canto y del baile que ganan, como debe ser, una loma de dinero que no la salta un motociclista experto en ciclismo extremo de montañas (mountain bike).
Ese no es el único problema, no voy a escribir un rosario de dificultades, falta de acción, visión distorsionada, políticas erradas en el área económica, social, cultural, educativa, de prestación de servicios de salud, no, me voy a referir a uno de esos acontecimientos que pasan desapercibidos hasta que la sangre tiñe los ríos.
Gobierno, oposición y pueblo, actuamos como si escuchamos llover en la noche y con volteamos para el otro lado resolvemos los problemas.
La política del dejar pasar, dejar hacer, es como la fábula del joven pastor quien frecuentemente gritaba de voz en cuello: ¡que viene el lobo, que viene el lobo! Y era incierto, el lobo no venía. La gente se acostumbró a escuchar los gritos del joven.
Aquel día gritaba despavorido ¡que viene el lobo, que viene el lobo! nadie le prestó atención. Llegó el lobo y diezmó la población de ovejas.
Así andamos acá. Hay signos, síntomas y situaciones a los que prestamos ninguna atención, unos, borrachos de poder, otros, que nadan en la abundancia fruto de la corrupción, algunos cuantos beneficiados del crecimiento económico que se queda en pocas manos, mientras crecen la pobreza y la miseria extrema.
Al parecer olvidan la actitud del hombre a quien llevaban en andas, hacia el cementerio, porque se moría de hambre, pero era tan haragán que cuando le ofrecieron un guineo preguntó: ¿está pelado? y cuando le contestaron negativamente dijo, olímpicamente: pues que siga el entierro.
Andamos, como en muchos períodos de la historia, viviendo de que Dios es grande y el aire es gratis. Andamos de espaldas a la realidad, como si fuésemos ciegos, sordos, mudos y no nos preocuparan nuestras limitaciones físicas, nuestras carencias, como si todo estuviera bien. Y no es así.
Cualquier panorama desdibujado de la realidad nacional permite ver, a quien tenga ojos para ver y, a quien tenga oídos para escuchar, que andamos descalzos sobre el filo de una navaja colocada encima de un fuego que nos acorrala, que nos quema como la candela que fabrica el carbón vegetal.
Millares de haitianos cruzan la frontera cada vez más porosa. El crimen aumenta de manera incesante, indetenible.
El orden público y la defensa nacional aparentan ser débiles y cientos de policías y militares son separados o salen de los cuerpos armados.
Para quien tenga ojos para ver y oídos para oír, el clarín ha sonado.