Claveles rojos y blancos

RAFAEL MOLINA MORILLO
¿Qué puede decirse de una ocasión tan significativa como ésta, Día de las Madres, que no se haya dicho? Pero, a riesgo de repetir, no se puede dejar pasar por alto la ocasión. Recuerdo mis años escolares, cuando en este día a los alumnus se nos repartían flores, preferiblemente claveles, unos rojos y otros blancos. Rojos para aquellos que tenían sus madres vivas, y blancos para los que eran huérfanos. A mí me parecía cruel ese ritual. ¿Para qué acentuarles a esos niños tal pena, como si no fuera suficiente el dolor que de por sí llevaban dentro?

Hoy comprendo que no existe ninguna diferencia entre unos y otros. Este es un dia para celebrar, todos por igual. Los que tienen a sus madres a su lado y pueden besarla, abrazarla y felicitarla, y también los que ya la vimos partir a lo ignoto, pero conservamos su recuerdo, su sonrisa, su ternura y sus afanes. Si ellas, las que ya partieron, pudieran enviarnos un mensaje, de seguro sería para decirnos que celebremos con alegría los mejores recuerdos de ellas que podamos revivir.

Sin claveles de colores diferentes. Solo con mucho amor en uno u otro caso. Es lo único que hace falta.

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