Cobarde por añadidura

JOSÉ BÁEZ GUERRERO
j.baez@codetel.net.do
Los principales inculpados por los fraudes bancarios del 2003 y los demás casos subsiguientes poseen un extraño club de admiradores. Se trata de gente que posee confusas o difusas ideas acerca del valor de la honestidad, quienes se maravillan de cómo algunos encausados han dado la cara, acudido a sus citas con la justicia y maniobrado holgadamente confiados en sus dotes de convencimiento.

Lejos de sentir náuseas ante la desfachatez, a mucha gente la corrupción les causa una fascinación indecorosa, parecida a la gula de ciertos maroteadores, a quienes la fruta se le antoja más dulce por ajena.

Pero uno del club de los inculpados quiere romper filas y salirle huyendo al juicio por vía de una falsa mala salud.

He referido que la corrupción es la acción y efecto de alterar y trastocar la forma de alguna cosa; echar a perder, depravar, dañar o podrir; sobornar a alguien con dádivas o de otra manera. Es un verbo interesante, corromper y su etimología es reveladora. De origen latino, usado primordialmente en la teología, corruptionem o corrupción, significaba la destrucción o el daño de cualquier cosa, especialmente por desintegración o descomposición. Tras las audiencias judiciales celebradas esta semana, recibí un mensaje de un lector: “No entiendo cómo hay tan poca repulsa social para alguien que luego de robar para lucro personal y darse buena vida, a riesgo de la estabilidad económica del país, ahora se hace el enfermo. Engañó a los accionistas que promovieron su gestión confiando en él; engañó a sus compañeros de trabajo, engañó a los ahorristas y depositantes del banco. ¿Cómo exculparlo? Y ahora pretende dilatar el juicio para posponer la acción de la Justicia. Es escandaloso que con los recursos cuyo origen está cuestionado pueda contratar diestros abogados que en vez de demostrar su alegada inocencia lo presentan como enfermo aun sin dolencia alguna…”