Cocco y el Estado fallido

MARÍA ELENA MUÑOZ
Cuando en el seno de la Asamblea General de las Naciones Unidas se debatía la problemática internacional creada por la segunda intervención norteamericana a nuestra patria, en el marco de la guerra de abril de 1965, Fidel Castro el gran líder cubano, jefe de la delegación de su país al citado organismo mundial, definía el extraordinario valor de los combatientes de la zona constitucionalista que defendían la soberanía nacional, con una metáfora exaltante, “Si yo tuviera 10 hombres como esos, tomaría New York”.

Me apoyo en esta anécdota que alude a uno de los hechos más extraordinarios de nuestra historia contemporánea, porque ella ilustra certeramente mi intención al escribir estas líneas, que no guardan relación alguna con el acostumbrado oficio prebendista dominicano, porque no lo necesito al contar con esa solidaridad siempre reiterada y sobreentendida, que genera una vieja amistad nacida en las tremendas jornadas libertarias que vivimos Miguel Cocco y yo, junto a los compañeros de lucha, desde los memorables años 60. Combate coherente con los mejores intereses del pueblo, que aún sostenemos, yo desde mi quehacer intelectual como este artículo; él desde la Dirección de Aduanas, al tratar de detener ese sunami de corrupción y otros crímenes contra la sociedad, que desde administraciones pasadas, va minando la mayoría de las instituciones y poderes del Estado.

De este hecho se alimenta mi fantasía del “Efecto Coquito”. O sea la de soñar que se contagien aunque fuesen 10 miembros más del gabinete –emulando la frase del comandante citado– de este virus de profilaxis social. Cadena que tendría resultados positivos en el ámbito moral y político, neutralizando esta amarga frustración y falta de credibilidad que corre el “stablisment”, por la grave crisis económica que sacude el país, como por las amenazas soterradas que contra éste se tejen en la comunidad internacional.

Situación, que como se sabe, se da aquí en gran parte de las repúblicas que conforman nuestro continente, lo que conduce a confirmar, que no es el Estado en sí, que esta en crisis, sino el sistema mismo, del cual aquel, es uno de los elementos esenciales. Indicadores sobran, para confirmar estos criterios, partiendo del ejemplo más cercano que como dijimos, es nuestro propio país. Ya hemos visto, la crisis por la que atraviesan los partidos políticos soportes del mencionado sistema, así como otros flagelos, tal el de la corrupción mencionada, el narcotráfico, la prevaricación la sodomía, la pedofilia y otros demonios, que se han escapado sin pudor de la Caja de Pandora que se ha destapado en los últimos tiempos. Estos han tocado, desbordando nuestra capacidad de asombro, los poderes fundamentales del Estado; el ejecutivo, el legislativo, el judicial y los demás que le sirven de soporte, tales, el militar, el eclesiástico, el empresariado, etc.

En este contexto vemos a diario en los medios visuales, el número cada vez más creciente de soldados y oficiales de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas, sentados en el banquillo de los acusados, condenados o extraditados por su participación en estos crímenes, erosionando una imagen que había comenzado a reciclarse en términos gratificantes en el marco del festinado proceso de la democratización de los cuarteles. Lo mismo sucede con altos representantes de sectores empresariales o del mundo financiero y bancario. En el caso de los primeros; los operativos aduanales incautan con inusitada regularidad, cargamentos multimillonarios de mercancías contrabandeadas, ritual de evasión, génesis de males tan apocalípticos, algunos bastante factibles, como aquel en que podría sucumbir el fisco. O tan lejano y cercano al mismo tiempo como el que en el siglo XVII, fracturara políticamente la isla, fenómeno que ahora podría presentarse al revés.

Con este precedente de castración insular en función del contrabando, llegamos aquí al fondo de esa cuestión, lo que justifica la mención del accionar anticorrupción de Miguel Cocco, aunque a el no se le puede dejar solo en este apostolado patriótico. Porque si ese negocio ilícito fue capaz de generar por si sólo aquella tragedia histórica, que no sucederá cuando el mismo viene acompañado de otros azotes tan destructivos como él, algunos más antiguos citados arriba, más otros de conformación contemporánea.

Por ejemplo, muchos hablan de la migración haitiana como el factor determinante en la pérdida de la dominicanidad. Con ello marginan otros factores que concomitantemente con ella, la debilitan progresivamente, tal la corrupción galopante citada, la inseguridad ciudadana por aquello de la delincuencia rampante, así como su andamiaje material y moral. Porque si bien los contrabandistas, como las demás vertientes de la evasión de impuestos, al igual que los que roban y saquean el patrimonio público junto a los que realizan fraudes y otros crímenes bancarios, van debilitando la economía, base material del Estado; algo similar sucede con el caso de los celebrantes de la decadencia espiritual, como son por ejemplo, los oficiantes de la iglesia tradicional, que están destruyendo el patrimonio moral nativo, con la violación sistemática de los preceptos éticos, religiosos y las buenas costumbres, todos estos, por demás, elementos constitutivos de la Nación.

Es decir que la amenaza de disolución del sistema, de la nación y del Estado, que recrean estos hechos, por secuencia e incluso por la simultaneidad en otros casos, es lo que ha contribuido a que representantes de una publicación internacional, hayan colocado nuestro país, en la lista de los Estados fallidos; tema que abordaremos en una próxima entrega.