Coctelera

Coctelera

Buenos días,  mi viejo amigo Magino. Confío en que ya usted habrá  votado y se encuentre en su hogar,  a la espera de los boletines que expedirá la Junta Central Electoral (JCE). Si cree que la espera es larga, le ofrezco los canales 107 y 108 de Telecable Nacional para que se dé gusto con los estrenos de El Gran Chaparral, Bonanza, GM Smart, Tomo al Ladrón, A-B El Team, Fuerte Apache y otras joyas cinematográficas.

Le escribo próximo al mediodía y creo propicia la ocasión para recordar unas cuántas cosuanitas “añejas”, siempre vinculadas a cuestiones electorales. Aquí  se han hecho más vagabunderías que el carajo a la hora de contar los votos  y cotejar las actas. Por eso,  un ciudadano en cuya cédula como profesión tenía inscrito  “presidente de la República”, solía decir que las elecciones se ganaban o se perdían en la JCE…

Pero dígame una cosa,   ¿Se acuerda usted la forma en que se celebraban los comicios en el período comprendido entre 1930 y 1960, cuando el combo era dirigido por don Fello el de San Cristóbal? Creo que las elecciones de 1934 se inscribieron en el Guinnes Récords, cuando el mismo número de inscritos en el Partido Dominicano coincidió con el de votos depositados en las urnas. Es decir, ese día, nadie enfermó, nadie murió, nadie se encontraba prisionero. Hubo un cuadre, como dicen los viejos contables, a planazo….

Las mesas  electorales    eran encanto. Usted llegaba al colegio electoral y entregaba su cédula al presidente de la mesa, quien le ofrecía la hoja de votación, ya debidamente marcada a favor del Partido Dominicano, para que usted la doblara y la echara en la urna. Ahí mismo le devolvía la cédula, con un sellito  que decía “votó” y el año de dicho voto. ¿Qué usted prefiere, vagabunderiítas tras votaciones libres o un servicio a la carta como el que le ofrecía don Fello?…  A  Amable Aristy Castro, el candidato  del PRSC,  le critican que trate de ganar adeptos con donaciones de animales, alimentos o dinero. Pero Trujillo, con todo su poder omnímodo, viajaba con un maletín repleto de dinero que repartía entre sus seguidores y amigos. En una ocasión, en Santiago, al comenzar la noche, se le agotó el dinero y envió al coronel Jacinto Martínez Arana a su oficina de la capital para que le entregaran otro maletín y se lo facilitara en la mañana. Pero en la madrugada Trujillo acudió a la fortaleza San Luis y allí encontró al coronel Martínez Arana, durmiendo boca abajo en un simple camastro y con el maletín fuertemente abrazado. Cuando el dictador lo despertó, mientras sonreía, le dijo más o menos “Coronel, usted tiene que tener muchos ladrones en esta fortaleza que tiene ese maletín abrazado así; vamos a repartir algo aquí y ojalá alcance para los que en la ciudad están esperando lo suyo. ¡Ni Trujillo se salvaba del clientelismo!

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