Coctelera

El joven abogado  Eduardo Jorge Prats ha tocado un tema vital para el presente y el futuro dominicano: la frontera que nos separa de Haití. Ha dicho, con mucha propiedad, que el país tiene que proteger esa frontera, erradicar el contrabando a través de la misma y sancionar a las empresas locales que emplean indocumentados haitianos.

Jorge Prats considera que el tema fronterizo “hay que quitárselo al nacionalismo de derecha y ver que hay también un nacionalismo de izquierda, un nacionalismo liberal que se toma en serio los derechos fundamentales e integridad del territorio dominicano”. Y señala, con buen juicio, que el Estado no puede pensar que los problemas de la frontera serán resueltos por las grandes potencias…

Tratar  de resolver los problemas fronterizos reclama un férrea voluntad política que busque erradicar –o minimizar- la corrupción imperante en la línea, y que se ocupe de llevar la civilización a poblados dominicanos que languidecen en la miseria. Jorge Prats manifestó que el único que ha tomado en serio la frontera fue Trujillo; después, la frontera siempre ha sido signo de abandono”. Es claro que la política del dictador Rafael L. Trujillo en cuanto a la frontera se refiere, estuvo matizada por luces y sombras y estoy seguro que el primero que condena el genocidio de 1937 es el licenciado Jorge Prats.

Es innegable, sin embargo, que se frenó el tráfico de indocumentados y las condiciones de vida de los residentes en los poblados fronterizos mejoraron en forma considerable. Trujillo tenía una especie de fijación mental con el asunto fronterizo. En las postrimerías de su régimen de fuerza, el dictador solía almorzar en domingo con diez o doce oficiales jóvenes, todos tenientes y  el  secretario de las Fuerzas Armadas, mayor general José René Román Fernández (Pupo). Trujillo quería oír, de viva voz de la oficalidad joven, cómo se les trataba en los cuarteles, la atención que recibían de sus superiores y otros asuntos castrenses. En uno de los últimos almuerzos, el entonces hombre-fuerte preguntó a diez tenientes cómo habían sido sus experiencias al prestar servicios en la frontera.

Ninguno había estado en esa zona. El dictador montó en cólera y culpó al general Román Fernández por lo que consideró una falla imperdonable. Entonces, todavía rojo de ira, le dijo a los oficiales que él –Trujillo- desaparecería del escenario, pero que ellos, a vuelta de unos 30 años, oirían a sus hijos hablar en creole y que por “irresponsables”, cuando quisiéramos contener el flujo a través de la línea fronteriza sería ya muy tarde.