¿Cómo cerrar una brecha que se ensancha?

 JOSÉ BÁEZ GUERRERO
Al revisar la prensa tras una “cura” de cinco días sin noticias ni Internet, he visto varios artículos comparando los salarios de funcionarios dominicanos con los de estadounidenses, a guisa de crítica o de denuncia sobre supuestos excesos incompatibles con nuestra pobreza. La comparación es falaz, como explicaré a seguidas, y además elude el problema principal de la injusticia en la distribución del ingreso, que es cómo aumenta, en vez de disminuir, la brecha entre ricos y pobres.

Es verdad que en la burocracia estatal dominicana existe un puñado de puestos cuyos salarios lucen enormes si se miran con los ojos chiquitos de cualquier asalariado de clase media o baja. Incluso podría argumentarse que compensaciones tan altas sólo deberían ser pagadas a profesionales que puedan demostrar que en sus empleos anteriores -si los tuvieron- recibieron de patronos privados sueldos parecidos, que es como decir que su valía está avalada por el mercado laboral. Pero argüir que debe reducirse la paga a los funcionarios es un disparate, pues el servicio público entre nosotros es un concepto casi inexistente.

En los Estados Unidos, puede que a los miembros del gabinete les paguen alrededor de US$200,000 anuales, pero cuando vienen del sector privado ese ingreso significa una reducción drástica de sus ingresos, que es luego compensada por diversas vías, entre ellas la certeza de que tras su paso por el gobierno multiplicarán sus entradas con negocios tales como vender sus memorias a un buen editor, aceptar puestos en juntas de directores de empresas privadas, asesorar a corporaciones en su área de competencia, o hasta sencillamente dedicarse a ofrecer charlas o discursos, con luengas remuneraciones.

El problema de las finanzas públicas no radica en cuánto se les pague a los altos funcionarios públicos, sino en cómo las políticas que éstos diseñan o aplican impactan la economía. La más dolorosa paradoja dominicana es que pese al crecimiento y la estabilidad de los últimos dos años, y pese al enorme progreso de las últimas décadas, la brecha entre pobres y ricos no se ha estrechado, y por el contrario va en aumento. Tan culpables son los malos políticos como muchos miopes líderes del sector privado, cuya riqueza crecería más si el mercado interno fuera algo mejor que una masa de pobres e indigentes.

El salario mínimo de un mes no alcanza para que un obrero padre de familia siente a su mujer e hijos en la mesa de cualquier restaurante de Santo Domingo a ofrecerles un almuerzo cena. Una sola botella de cualquier vino bueno, pero no excepcional, cuesta tanto o más que su salario. En cualquier mesa se gasta en un par de horas más dinero que lo que se le paga a un empleado doméstico. Si un pobre tiene la desdicha de ser adicto al tabaco, fumar una cajetilla diaria le cuesta más de RD$3,000 mensuales, que es más de lo que algunos patronos estiman alcanza para alimentar y vestir a una familia pobre, asumiendo que nunca enfermen y vayan y vengan colgados de la cola de una chichigua, para ahorrarse el costo de salud y transporte.

En las discusiones sobre cuál debe ser el sueldo mínimo, los sindicalistas llamados a defender el interés de los obreros reclaman, con justicia, mejoras para sus representados, pero creen equivocadamente que los sueldos, por sí solos, obrarán el milagro de sacar de la pobreza a los desafortunados. Y no es así. No importa cuánto se pague a un obrero, a este le será imposible salir de la pobreza si persisten las ineficiencias perversas que le niegan acceso a transporte público barato, a educación pública gratis de calidad, a seguridad social que funcione, a registros de tierras que le permitan ser legalmente dueño de su casa o conuco. La tragedia no es que equis o zeta alto funcionario reciba un sueldo alto, sino que se les paguen sueldos altos a personas cuyos resultados los hagan indignos de ese privilegio, diseñado para atraer y compensar justamente a los más brillantes y capaces.

Mientras tanto, la estabilidad y el crecimiento tienen como resultado más notorio que los ricos son más ricos y los pobres siguen pobres, una fórmula social imposible de defender. Si los dominicanos pensantes no nos sensibilizamos ante esta desgracia, pobre de nosotros. Ayudar a detener el ensanchamiento de esa brecha, generando más riqueza y distribuyéndola mejor, debería ser un imperativo moral de cada uno que vea y entienda el problema.