¿Cómo completar la democracia?

 PAULO HERRERA MALUF
En cualquier instancia, las decisiones son tomadas sólo por quienes están presentes y se involucran. Para obtener cualquier resultado, no basta con desear que las cosas sucedan. Hay que participar agresivamente. Hay que ensuciarse las manos y hacerse sentir.

En especial frente al desafío de construir el bien común, quienes no presionan, no existen.

Pareciera, no obstante, que la interpretación dominicana de la democracia representativa desconoce esta realidad. Más bien es como si existiera un acuerdo implícito entre todos los actores del sistema que establece que es suficiente con votar para elegir representantes. Ahí comienza y ahí termina nuestra democracia.

En verdad, los ciudadanos y las ciudadanas de la República Dominicana nos limitamos a expresar nuestras voluntades cuando tocan elecciones. Nos convertimos en protagonistas por un día, cumplimos la tarea de delegar todo nuestro poder en quienes lo usarán por el siguiente período y regresamos a la comodidad de nuestros asientos de espectadores y espectadoras.

Y no sólo eso. Los dueños y las dueñas del país -que somos, hay que aclarar, los ciudadanos y las ciudadanas- permitimos que nuestros delegados -o, podríamos decir, nuestros empleados- hagan y deshagan sin ninguna supervisión y sin la más mínima rendición de cuentas.

Más que eso. A pesar de que en nuestros ámbitos privados sabemos lo que sucede cuando los empleados se saben libres de vigilancia, nos sentamos a esperar ansiosamente que estos delegados plenipotenciarios se dignen a colocar nuestros intereses, los intereses de todos, por encima de los suyos.

Y todavía hay más. Ya sea por ignorancia o ingenuidad, nos sorprendemos a medias cuando los portadores del poder prestado abusan de él y nos dan la espalda una y otra vez. No entendemos que, sin consecuencias, no hay manera de que el contrato social se sostenga.

¿Cómo se cambia este estado de cosas? ¿Es posible hacerlo? La única forma es completando la democracia. La única forma es construyendo ciudadanía.

Para empezar, debemos abrirnos a otra realidad. Tenemos que desafiar la idea, convenientemente impuesta por los políticos tradicionales y defendida a rajatabla por las bocinas que los promueven, de que la actividad partidista es la única forma de hacer política.

Bajo esa premisa, cualquier intento de cualquier grupo de interés por ejercer alguna influencia o de articular alguna agenda, es etiquetado como una usurpación del espacio político. En el mejor de los casos, los grupos son limitados a actividades más inofensivas -como la academia o la pura creación de opinión- o bien se les exige tanta neutralidad que terminan alienados de la acción política.

Lo peor es que se dejan. La ciudadanía política, llamada a ser un poderoso agente de cambio para la democracia, termina reducida a un papel secundario en el debate.

Mucho ojo. No digo que la búsqueda del poder público a través de una plataforma partidaria formal no sea válida. Lo es. Incluso, puede ser una tarea muy noble. Pero, en un ambiente democrático, las presiones de los grupos de interés son esenciales para el avance social. No pueden faltar.

Superar la visión excluyente del ejercicio político es el primer paso para completar la democracia. El siguiente consiste en resolver una brecha de conocimiento. Literalmente, los dominicanos y dominicanas tenemos que aprender cómo se ejerce la ciudadanía política.

De eso no sabemos. Sabemos cómo organizarnos en causas de beneficencia y en organizaciones mutualistas, sabemos cómo articularnos en ligas deportivas y en instituciones religiosas. Y lo hacemos activamente. Sabemos, incluso, cómo militar en partidos políticos, si bien dentro de estándares primitivos y mayormente clientelistas.

Siempre que la probabilidad de conflicto se perciba como ausente o muy reducida -o si existe una sombrilla oficial que nos ampare- los dominicanos tenemos la disposición de participar de buena gana y con energía.

Pero de construir una agenda política basada en un interés común, y de manejar con profesionalidad el conflicto que deviene con ello; de eso no sabemos. Por lo tanto, para poder completar nuestro sistema democrático, no hay otro camino que el aprendizaje consciente de los conceptos, herramientas y técnicas del activismo ciudadano.

Hay, desde luego, otros pasos que deben darse para completar la democracia. Sobre eso hay que seguir trabajando. Por el momento, me conformo con esos dos. Abrirle espacio en el sistema al ejercicio plural de la ciudadanía política y aprender cómo hacerlo profesionalmente. Ese sería un buen comienzo.