Como remedios sin remedio

LJim White desapareció. Nunca nadie supo cómo pudo, pero pudo. El nombre correspondía a la falsa identidad de un funcionario del gobierno presidido por Salvador Jorge Blanco, que eludía una condena por desfalco. Con la fuga y la falsificación de documentos, agregaba infracciones pero lograba impunidad. Diversión de compatriotas descubrirlo cruzando la Gran Vía, pagando un traje en alguna tienda de Serrano, disfrutando las tapas en una terraza de aquel Madrid que fue guarida. Un grupo de magistrados dominicanos, mientras esperaba en el vestíbulo del local de una empresa de transporte aéreo, escuchó la voz del prófugo. Los representantes del poder judicial y del ministerio público, esperaban la confirmación de sus pasajes de regreso, luego de concluir estudios en la Universidad Complutense. In situ, ratificaron su inutilidad y poca prestancia, cuando aquel huido entró triunfante y fue atendido de inmediato.

La democracia convive con fugas sucesivas, creativas, descaradas. Después del 30 de mayo del 1961, la población supo de múltiples escapes con respaldo estatal. Autores y cómplices del horror, huyeron. De día y de noche. De junio a noviembre, el miedo, las culpas y el deseo de preservar patrimonio, ocupó aviones, barcos, camiones para atravesar la frontera. Los condenados por la muerte de las hermanas Mirabal y Rufino de la Cruz, luego del único proceso penal contra asesinos servidores de la tiranía, fueron liberados en el fragor de abril. Y huyeron. Porque aeropuertos y puertos nacionales siempre han servido para el escape afrentoso. La facilidad para eludir controles, volar, navegar, atravesar la frontera, es proverbial. Criollos y extranjeros, entran y salen. Bailan y provocan. John White salió en el año 1987, también Isidoro de los Santos, un Rolando modificó nombre y apellido. Curas, militares, políticos, empresarios, periodistas, se prestan para la colaboración y el apañe. Entre la vergüenza y la excusa de la persecución política, pagaban sobornos baratos. Y así huyó un coronel y aquel dichoso Mazourka que transformó la Lotería Nacional en su garita.

La humillante salida de Shlomo Ben-Tov o Sam Goodson, imputado en el proceso RENOVE, no comprometió a nadie. El hombre salió tranquilo de la sala de audiencias, venció la supuesta vigilancia del Palacio de Justicia y desde Puerto Príncipe, voló a EUA. Figueroa Agosto, Junior Cápsula o los otros nombres que sirven a la hipocresía y a la complicidad para alegar que ignoraban el talante del espléndido amigo, se esfumó de una calle de la capital. Los más cándidos creyeron el milagro que una lancha hizo posible. Sobeida Félix, condenada y favorecida con un perdón sin condiciones, también fue agraciada con uno de esos milagros que tienen responsables.

En el territorio nacional, sin necesidad del aire o del mar, también ocurren desapariciones que divierten. Valga como muestra aquel Evertz Fournier que decidió reaparecer y contar, sin gorgoritos, cada uno de sus crímenes y la historieta de Ángel Martínez Candelario, el mítico Angito, autor de la muerte de JR Beauchamp Javier, que remedaba a Enrique Blanco, con sus escondites entre malezas y torrentes, montañas y quebradas. Cada día escapan ciudadanos que la opinión pública no acecha. Y cada día también, las salidas de los delincuentes más honorables exponen el poder y la credibilidad de las autoridades. El reclamo para que Luis Palmas y Teresa Meccia, embajadora de Argentina en el país, imputados en el caso Redondo – Llenas Aybar, fueran juzgados aquí, provocó un revolú. En las calles pedían justicia. Ella y él, descarados y apoyados por amigos dominicanos, agradecidos del vino y el bife, que compartieron, se burlaban del reclamo. Los indeseables escaparon. Luego se supo que nunca hubo trámite para la extradición. Por eso Wesolowski, pederasta, abusador irredimible, pasea su peligrosidad por las calles romanas, aunque ahora sin solideo. Como Remedios “la bella” y “su asombrosa habilidad para burlarse de todos”, desaparecen asesinos, prevaricadores, pedófilos, estafadores, narcotraficantes, estupradores. Y, como en “Cien Años de Soledad”, se pierden para siempre. Sin remedio.