¿Cómo superar el mal de la impuntualidad?

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Es un hábito? ¿Una enfermedad? ¿Todo lo anterior? Si eres de los que han cometido la imprudencia de poner llegadas tardes en tu hoja de vida, quizás hayas notado que es más fácil que el camello entre por el ojo de la aguja que romper la costumbre, bastante extendida en este país, de la impuntualidad.

La doctora Patricia Reyna, médico, terapeuta familiar y de parejas, del Centro Vida y Familia, asegura que existen múltiples factores que pueden incidir en este tipo de conducta, que puede ir desde histriónico a egocéntrico, según el caso.

“Uno de los rasgos característicos del histriónico es ser el centro de atención para sentirse importante o reafirmar esa necesidad de experimentar sentirse importante”, explica.

Así mismo asegura que en nuestra sociedad se ha vuelto una práctica común la impuntualidad hasta el punto de llegar a legitimar la tardanza calificándose como “hora dominicana” cuando se llega mucho después de la hora convocada.

Memorias de una “llegatardista”. A causa de su costumbre de llegar siempre tarde, la consultora Diana DeLonzor sufrió graves problemas en el trabajo, conyugales y entre sus amistades; a pesar de todo, no consiguió cambiarlo.

Esto fue hasta que escribió su libro, titulado Never be late again (Nunca llegues tarde de nuevo), y comenzó a dar talleres y seminarios sobre el asunto (monetizando con habilidad su mal). “Decirle a alguien que llega crónicamente tarde que sea puntual es como plantearle a una persona a dieta que no coma tanto”, señala DeLonzor en el libro. “La gente puntual no lo entiende. Creen que es algo que tiene que ver con el control, pero es un problema mucho más complejo”, sostiene.

En el estudio que la autora realizó en la Universidad de San Francisco, EE.UU., encontró que el 17% de los participantes llegaba crónicamente tarde, y entre ellos se repetían algunos patrones: tendían a posponer más las cosas pendientes y sufrían más dificultades con el autocontrol y la atención. A partir de esta modesta investigación (participaron 225 personas), De Lonzor agrupó a los “llegatardistas” en siete categorías:

Los productivos. Se caracterizan porque desean hacer lo máximo en el menor tiempo posible. Estos tipos tienden a utilizar el “pensamiento mágico” que consiste en infravalorar la cantidad de tiempo que lleva, en la realidad, completar las tareas pendientes.

Los que apuran hasta el último momento. Estas personas aseguran que son más productivas si se encuentran bajo presión. A veces es difícil motivarlos si no hay algún tipo de crisis de por medio.

Los distraídos. Fácilmente identificables por la cantidad de vuelos y trenes que pierden, no tienen noción del tiempo y se les olvidan desde los cumpleaños de sus madres a las entrevistas de trabajo.

Y demás impuntuales. Al lado de estos tres grupos se encuentran otros cuatro: los que nunca admiten su falta y saltan de excusa en excusa; los que carecen de autocontrol; los que buscan hacerse los interesantes llegando tarde y, por último, los rebeldes, que utilizan la falta de puntualidad como una forma de demostrar su poder. Lo más habitual, sin embargo, es pertenecer a dos o más categorías al mismo tiempo.