Cómo ver lo bello en medio de la destrucción

Hay momentos en que me preocupan los signos visibles del mal. Parece que todo está perdido. Parece que no hay nada que hacer. ¿No escucho a menudo que todo está perdido? Es la desesperanza del corazón que ha dejado de mirar a Jesús.
¿No me turbo yo al ver el mal tan cerca de mi casa, de mi familia, de mi corazón? Me asombro, me asusto, me lleno de pánico.
Jesús mismo anuncia en cierto momento tiempos difíciles:
“En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: – Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”.
Al final de este año litúrgico Jesús quiere que comprenda que vivo tiempos difíciles. Y yo sé que lo son. Falta la paz, y falta la esperanza. Hay violencia a mi alrededor. Falta esa comunión que yo deseo en Jesús. Y Jesús quiere que lo mire a Él y confíe:
“Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida. Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre”.
Pero no quiero temer. No tengo que defenderme. Estoy en manos de Dios. Me lo dice Jesús. Me pide que no tenga pánico. Que no me acobarde. Que no desconfíe de su poder. Él lo puede hacer todo bien en medio del mal.
Puede sembrar la paz en mi alma estando en guerra. Y puede acabar con los miedos que me turban y me impiden avanzar. Tengo claro que Él puede hacerme ver lo bello en medio de la destrucción, en la desazón del desierto.
Puede sembrar esperanza en medio de mi desconfianza. Dios lo puede todo. Le miro y quiero confiar. Decía Victor Hugo:
“La pupila se dilata en las tinieblas, y concluye por percibir claridad, del mismo modo que el alma se dilata en la desgracia, y termina por encontrar en ella a Dios“.
En la desgracia puedo encontrar a Dios sosteniendo mis pasos, velando mi camino. Quiero que mis pupilas se dilanten para buscar a Dios caminando a mi lado. (Tomado del portal Aleteia)