Componentes físicos de la materia humana

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
Existen almas gaseosas, de un solo protón, como el hidrógeno; hay también almas líquidas, que circulan por un cauce, igual que los ríos –en este caso el cauce de las costumbres –; que se adaptan a un vaso lo mismo que una “solución antiséptica” para hacer gárgaras. El “formato psíquico” de las personas es una realidad no muy bien estudiada aún. Las almas gaseosas no tienen peso; se las lleva el soplo de cualquier vientecillo.  Son personas sin dirección determinada, que andan empujados por las modas, influidos por músicas pegadizas que difunde la radio, por lemas políticos “vociferados” sin reflexión.

Las almas gaseosas son parecidas a los tímpanos en que repercute el sonido, a las velas de barquichuelos limitados a navegar en una estrecha laguna. Las almas líquidas se acomodan a todas las situaciones –ideológicas, políticas, sociales –; asumen la forma del envase en boga. Son capaces de transformaciones inesperadas: pueden tomar el aspecto de una copa durante una recepción de diplomáticos, convertirse en pica en una manifestación política, hacer el papel del enciclopedista en un acto académico.

La psicología antigua nos llevó a creer que desde el nacimiento las personas traían en su carácter la marca de los elementos: los hombres podían ser de fuego, de tierra, de aire, de agua. Se dividió a los hombres en dos grandes grupos: biliosos-coléricos-sanguíneos y mansos-flemáticos-benévolos.  Las biotipologías contemporáneas han clasificado a los hombres según otra nomenclatura. Mientras los viejos astrólogos hacían los horóspocos de individuos con signos ígneos, terrestres o acuáticos, el alemán Ernesto Kretschmer nos dividió en asténicos, atléticos, pícnicos y leptosomáticos. Los pícnicos son rechonchos, barrigones, extrovertidos; los leptosomáticos son esmirriados e introvertidos. Los atléticos, musculosos, tenaces, competitivos; los asténicos viven decaídos, con el ánimo en el piso, siempre al borde del trastorno nervioso. 

Pero todas estas clasificaciones y divisiones son psicológicas, fisiológicas o biológicas. Debería estudiarse a la gente como si fuesen metales. El plomo, por ejemplo, funde a baja temperatura; el oro, en cambio, requiere enorme calor para ser trabajado por el joyero. Cada metal tiene un peso especifico, un numero atómico. El hidrógeno, un gas liviano, está constituido por un protón y un electrón. Un átomo de uranio agrupa en su núcleo mucho mayor cantidad de protones y de electrones. Habría que elaborar una nueva tabla periódica de los elementos para ser aplicada a hombres y mujeres. Como se sabe, hay mujeres “radiactivas” y hombres “inconsistentes”.  Personas “duras” y gente “blandita”. Hay “erizos psíquicos” y “personalidades nítricas”. Conozco mujeres tan “ácidas” que no logran concebir un hijo porque matan los espermatozoides del marido. Existen personas que “irradian” maldad; otras, difunden a su alrededor dulzura y amabilidad, buscan continuamente alguna manera de ayudar al prójimo.

Las investigaciones actuales alrededor del genoma humano son pertinentes; aunque no las comprenda del todo, las acepto, pues no me atrevo a contradecir algo de lo que no conozco sus fundamentos. No obstante, quizás sea factible algún día practicar la “densimetría humana”. La posibilidad de medir el “espesor” del alma del hombre nos permitirá saber de antemano la conducta de soldados y funcionarios. ¿Quién va a huir despavorido a la menor provocación? ¿Quién se rendirá al oír el primer tiro? Los hombres están construidos con diferentes materiales. No tienen la misma substancia. Fue Aristóteles el inventor de la palabra “ousia”, expresión griega con la que designaba el carácter especifico de cada objeto; lo que tienen las cosas de modo permanente y no accidental. La “substancia” subyace tras lo aparente, es inmutable o fija. Esta idea aristotélica fue popularizada por los escolásticos y empleada durante un montón de siglos. Por eso decimos de ciertos jamones –o de algunos potajes– que “tienen mucha substancia”.  Si pudiera saberse cuando un alma “es sólida”, utilizando un “densímetro psíquico”, los gerentes de recursos humanos de las empresas no tendrían problemas para reclutar el personal.  Lamentablemente, ese densímetro “no está disponible en el mercado”. Es una pena que no haya tal instrumento de medición.  Las almas sólidas son mucho más confiables y valiosas en épocas de grandes peligros, pues no funden a baja temperatura.  Por desgracia, solo podemos llegar a comprobar su solidez después de una larguísima relación.

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