Comunicación cultural

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Las revistas culturales sirven de puentes de acceso a los horizontes del presente y a las utopías. Su función reside en ser mecanismos de coexistencia cultural, circuitos de información y vehículos de intercambio real de producciones intelectuales y estéticas. En Iberoamérica, el papel alcanzado por las revistas culturales ha sido de crucial trascendencia en la construcción social de un espacio dialógico de expresiones culturales, en la necesaria creación de una comunicación intercultural y en la preservación de su unidad  lingüística.

El rol y la trascendencia logrados por la Revista Hispánica Moderna, Revista de Occidente, Sur, Revista Iberoamericana, La Torre, Orígenes, Nexos, Casa de las Américas, Proceso, Cuadernos Hispanoamericanos, Cuadernos Americanos, Plural, Vuelta o Letras Libres, han permitido crear una cultura y una tradición iberoamericanas de inestimable proyección de nuestro acervo cultural y literario, y la exaltación de nuestros hombres de letras y pensamiento. La visión de intelectuales como Federico de Onís, Alfredo Rioggiano, Ortega y Gasset, Silvina y Victoria Ocampo, Leopoldo Zea, Blas Matamoros, Lezama Lima y Rodríguez Feo, Octavio Paz y Enrique Krauze ha permitido que las revistas culturales hayan jugado el papel de vehículo editorial capaz de formar corrientes de opinión y generaciones de lectores. Y han servido, qué dudas cabe, de forjadoras de círculos académicos e intelectuales plurales y críticos, los cuales han contribuido a la formación de un pensamiento humanístico en América latina. Ese ha sido el gran legado cultural dejado por la tradición de las grandes revistas en el siglo XX en el Nuevo Continente y el mundo pensinsular.

Toda revista es un órgano intelectual que media entre el diario y el libro. De ahí que sirva como plataforma de equilibrio entre la información periodística, caracterizada por la liviandad informativa, y el texto de análisis y reflexión, caracterizado por la profundidad y la enjundia. Por la posibilidad de ilustrar sus páginas con textos visuales, la revista airea su contenido y ameniza su lectura, con lo que conquista diferentes lectores y espacios de recepción, que no posee el libro o el periódico. Y esa cualidad hace de ella un instrumento de expresión de las ciencias y las artes, el pensamiento y la creación, de incuestionable valor estético, promoción de las ideas y circulación de las imágenes.

La experiencia de dirigir una revista cultural enriquece el espíritu y cultiva la pasión, al tiempo que crea la conciencia y la responsabilidad de transformar la cultura de una época y las costumbres de la vida cotidiana de una generación de lectores.  Las revistas, pues, funcionan como plataforma para la difusión de los autores y los artistas, y son, a su vez, vehículos al servicio de la gestión cultural. Participan además como referentes culturales que permiten percibir el desarrollo y evolución de las ciencias, las artes, la cultura y la sociedad. Por otro lado, son testimonios de una época histórica y documento: reflejan la respiración de una etapa de la vida social y cultural de una nación o una patria lingüística.

Las revistas culturales son un “diálogo con el tiempo”, y son, además, el espejo de una época. Mientras los libros son individuales y la expresión narcisista de un autor o editor, que funda o confirma su vanidad, las revistas son colectivas; son el resultado de varias voluntades y la manifestación de una pasión altruista y un acto de generosidad, solidaridad y transformación. Es más que una antología de textos diversos y abiertos -aunque en ocasiones, haya números monográficos. Una revista puede marcar el destino de una generación literaria y, a menudo, forma y cohesiona su equipo de dirección -o desaparece por las contradicciones que generan los criterios de ese equipo al intentar, cosa difícil, homogeneizar sus ideas y su línea estética.

Ha dicho Fernández Retamar, que”…resulta imposible escribir la historia cultural de un periodo sin tomar en cuenta los testimonios ofrecidos por las revistas culturales que en él vivieron, no importa lo contradictorios que puedan ser entre sí tales testimonios”. El desafío de las revistas hoy en día reside en adecuarse a las nuevas tecnologías y soportes digitales para conquistar nuevos lectores virtuales. De ahí la necesidad de impulsar la valoración de las revistas culturales impresas como instrumentos de promoción cultural para crear espacios de reflexión e inclusión social que posibiliten el acercamiento de los lectores a las librerías y a las bibliotecas -y hacer que estos mecanismos depositarios del conocimiento y mediadores de lectura, no riñan con el libro, sino que funcionen como su vía de acceso. El futuro de las revistas culturales habrá de definirse en su capacidad y posibilidad de digitalización para complementar su publicación en papel y prolongar así su existencia, y alcanzar nuevos y modernos medios de difusión y recepción, con lo que no se desnaturalizaría su esencia primigenia y editorial, sino que sería una adecuación a los nuevos tiempos del imperio de la tecnología.

Entre los diarios y las revistas hay, desde luego, similitudes, pero también, sus especificidades. Ambas son publicaciones periódicas y viven atentas al accionar del presente, captan la respiración del cuerpo social, pero ambas jerarquizan su contenido y sus técnicas tipográficas y espaciales. Con el tiempo, las revistas se vuelven reliquias de colección, aunque su ideal consiste en ser consumidas en la lectura del momento de su aparición y a ser luego citadas en tesis, monografías e investigaciones, con lo cual ejercen una función documental de inestimable valor histórico, analítico y crítico.

El auge de las revistas en América Latina se remonta a los albores del siglo XX y coincide con la eclosión de las vanguardias, la permanencia o resistencia de la modernidad y el afán de cosmopolitismo de las elites pensantes. Las mismas se convirtieron en instrumentos que catalizaron las primeras revoluciones estéticas y filosóficas del debate intelectual y la historia cultural del continente mestizo. Fundaron así la semilla de un pensamiento dinámico y de liberación de las sociedades americanas.

Para rastrear las ideas de una época es indispensable acudir a las revistas culturales que circularon en la misma, las cuales, en su momento histórico, constituyeron la tribuna o atalaya de los intelectuales, cuyo rol contribuyó a enriquecer el debate intelectual, a fundar una sociedad de lectores y a crear los futuros escritores e intelectuales en las metrópolis y en las provincias de América latina, donde no llegaban (o llegan) grandes novedades editoriales. En República Dominicana, en el momento actual, la presencia de las revistas culturales se ha reducido a la permanencia de Caudal, Mythos (en Santiago), País Cultural, Vetas, Arte, Cariforum, Espacios culturales, cuyos editores y directores sobreviven como héroes intrépidos que persisten en su publicación.    

Las revistas son, desde luego, la síntesis del libro y el análisis del suplemento cultural del periódico; son expresiones discursivas dimanadas del periodismo, lo cual las hace mediadoras entre la literatura y el periódico. Son puntos de convergencia, de trayectorias colectivas, proyectos individuales y preocupaciones estéticas y culturales. De ahí que participen de la historia de las ideas y de la cultura. Fundan una impronta  histórica al crear, en cierta medida, la profesionalización del escritor -por decirlo de algún modo- e inventan el oficio intelectual y la práctica de la lectura. Lo que se llama un “periodismo de ideas” tiene una gran deuda intelectual con las revistas culturales en las letras americanas y la vida cultural y cotidiana misma. En los umbrales del siglo XX las revistas estimularon una nueva visión de la cultura, con su papel protagónico, y posibilitaron la consolidación de la identidad cultural y la independencia cultural y política, con la confluencia  de ideas heterogéneas como expresión de puntos de vista diversos, y aún contradictorios. De ahí que, a la postre, juegan un papel determinante en la creación de un clima de tolerancia a las diferencias ideológicas y constituyen un poder autónomo en el marco de la producción y difusión de las ideas, las artes y las ciencias.