Con ayutorio de Dios II

Federico-Henríquez-Gratereaux

“Cono Ayutorio de nuestro dueño, dueño Christo, dueño salbatore…” Este escrito, con toda probabilidad del siglo X, fue publicado y estudiado por el erudito Ramón Menéndez Pidal. Las guerras contra los moros, desde la batalla de Guadalete en el año 711, hasta la toma de Granada en 1492, están grabadas en la lengua española. Para entonces existía una larguísima convivencia. Bebemos agua de los aljibes, comemos albóndigas y alcachofas, cerramos las puertas con aldabas, encendemos anafes para cocinar, contratamos albañiles para reparar muros y calzadas. Todo ello a causa de la conquista de España por los árabes y a su dominación durante 777 años. Es sorprendente que el autor de la primera gramática castellana fuese un andaluz: Antonio de Nebrija.

El humanista y teólogo Juan de Valdés se burla abiertamente de Nebrija en su “Dialogo de la lengua”. Nebrija, ciertamente, no era castellano; no obstante, presentó en Salamanca su gramática a la reina Isabel la Católica, en vísperas del descubrimiento del Nuevo Mundo. La lengua latina se extendió en toda Europa por obra de las conquistas romanas. Las extrañas raíces griegas y latinas de muchísimos vocablos, penetraron a la fuerza en las lenguas germánicas, como lo consigna resignado el filósofo Fichte en sus “Discursos a la nación alemana”.
La lengua española, tras el descubrimiento de América y la colonización del continente, cumplió una suerte de “segunda romanización derivada”. Esta vez a lo largo de un territorio mucho más extenso que Europa. Tomate y chocolate son palabras de la lengua nahuatl; huracán, macana, hamaca, son voces arahuacas injertadas para siempre en el cuerpo de la lengua española general. Con la ayuda de Dios, de las albóndigas, del tomate, de la hamaca, es posible que nuestro idioma español continúe su fecunda marcha histórica, “enos sieculos de los sieculos”, como rezan los renglones piadosos con que comenzó a vivir entre bocas, plumas, corazones y cabezas.
Está por verse que ocurrirá con la lengua española, sometida en nuestra época a la invasión de vocablos de todas partes. Las redes de Internet “construyen” una convivencia obligada de “moros, judíos y cristianos”, más compleja que la enfrentada por los españoles en el Medioevo. Seguramente, Mingo Revulgo saldrá fortalecido de esa contaminación cibernética.