Con la misma piedra siempre

Nuevamente el Gobierno cede sin rubor y sin valentía ante el fervor alcohólico de una parte de la población que prefiere estar a sus anchas para beber en Navidad. La supresión del límite de tiempo a las bebentinas publicas solo complace a unas minorías de la sociedad. El ciudadano promedio no necesita esa holgura para ingestas. Bien se sabe, desde luego, que proveer botellas espirituosas y locales sin cierres de medianoche alimenta afanes de lucro que solo corresponden a un par de sectores. Ese apetito por la clientela trasnochadora que por sus excesos se arriesga a daños físicos y neuronales le sigue mereciendo protección “excepcional” al Gobierno. Al parecer le faltan pantalones para colocarse del lado de la razón y prefiere una vez más hacerse el gracioso con consumidores y proveedores que a fin de cuentas constituyen la excepción.

Como si creyera que si niega aprobación a la sed de substancias que deben consumirse con moderación perdería popularidad en un sector poblacional y todo sea para parecer monedita de oro en vísperas de elecciones con opción a prolongarse en los ejercicios de poder. Las tragedias de amaneceres que con frecuencia experimentan alzas cuando el alcohol nubla mentes e incentiva la violencia con homicidios voluntarios e involuntarios, deberían caer de algún modo sobre las conciencias de autoridades que saben que actúan mal aunque no lo admitan públicamente.

Una vigilancia a nivel cero

Diez meses echando humo y gases nocivos hacia el entorno maravilloso de Jarabacoa, principal enclave del turismo de montaña, es grave muestra de ausencia de autoridad y capacidad para descubrir a tiempo graves agresiones al ambiente, el que debería ser cuidado sin omitir lugar ni fecha en el calendario. 24/7 es lo menos que debe hacerse para proteger esta media isla de efectos depredadores; como si no tuviera dueños ni ley.

Un vertedero humoso y tóxico ha puesto a la buena de Dios pulmones de toda una comunidad perjudicando a una industria que no necesita chimeneas y mucho menos emanaciones malignas. Atentado al ornato y buen nombre de un lugar digno de una eterna primavera y al Estado, exponiéndose por esta causa a que le atribuyan negligencias inaceptables.