Con la muerte de Milton Peláez

ALBERTO CORTEZ
La noticia me llegó de repente dura y dolorosa. Me la envió mi amigo Pedro Delgado. A Milton Peláez lo mataron de un balazo en el pecho. Mas allá de las posibles razones que haya podido tener el asesino, seguramente le ha faltado saber que mataba a un hombre bueno, un gran artista y un entrañable amigo de quien esto escribe.

El andar por el mundo cantando me ha permitido conocer a muchas personas que de una manera u otra se acercan a mi, atraídos por esa magia que Dios regaló a los humanos que es la música.

Desde el primer día que nos encontramos nos mancomunamos en esa sutil manera de entendernos en todo, en la forma de comportarnos en público, en la manera total de amar la música y la poesía, en el humor. En todas estas cosas nos entregamos el uno al otro transitando la vereda indeleble de la auténtica amistad.

Era el tipo más divertido que he conocido en esas latitudes caribeñas. Sus narraciones sobre una accidental y muy esporádica borrachera, digo esporádicas porque no era un bebedor habitual -Milton no pasaba de una copa de vino en el almuerzo o cena- sus narraciones, digo eran antológicas.

Solía decir que cuando empezaba a marearse alrededor de sus oídos empezaba a escuchar un coro de monjas cantando gregoriano y luego un desenfrenado merengue constante que lo acompañaba incluso en sus sueños. Le tenía terror a la bebida, decía que beber para él era apocalíptico precisamente por eso no bebía más que refrescos y como mucho como antes digo un vaso de vino en la comida.

Era además una enciclopedia viviente de los trovadores dominicanos y se jactaba de haberlos conocido a casi todos desde su infancia, seguramente influido por su muy temprana vocación por la música. Su cultura musical no terminaba en aquellos conocimientos folklóricos. Amaba la música clásica y muy especialmente a los más sutiles compositores como Cesar Franck o Claude Debussi, y por supuesto todos los impresionistas: Ravel, Saty, Falla, etcétera.

Recuerdo que en uno de mis viajes a Santo Domingo con mi esposa al presentarle a Milton se cayeron mutuamente muy bien, tanto que mantenían sabrosas charlas sobre música y pintura. Mi esposa es belga y pintora y ella llegó a sentir como yo el calor de su amistad. Ambos coincidían en Cesar Franck, especialmente en las sonatas para violín del gran compositor belga. Renata llora conmigo la tremenda desaparición del amigo vilmente asesinado por la razón que sea.

Siempre he creído que cuando se mata a un ser humano, se mata a la humanidad entera y en este caso el sentir de todo un pueblo que lo amaba y el de una familia que como sus amigos nunca más encontraremos consuelo. No sé como será mi próxima visita a Santo Domingo, cuando llegue al hotel y no encuentre a Milton esperándome. Padre de una familia numerosa, cuando nació su último cachorro le puso mi nombre y me invitó a bautizarlo, por lo que nos convertimos en compadres para reafirmar aún más nuestra amistad. Uno de sus hijos nació con el síndrome de Down y era su locura. Al “Bu” como él le llamaba le dedicaba toda su ternura enorme como su amor y su bonhomía.

Querido Milton: seguro que tu espíritu andará vagando por el espacio buscando denodadamente el de tus padres y el de tus muchos amigos que se fueron antes que tú. Nosotros nos quedamos solos con tu recuerdo buscando la anécdota donde encontrarte con la certeza de saberte un ser único, es por ello que cabe aquí mi canción “Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”.