Condena a Saddam revive disputa   por la pena de muerte en Europa

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POR CRAIG S. SMITH
PARIS —
La Unión Europea se disgustó cuando un tribunal iraquí sentenció a muerte a Saddam Hussein a principios de este mes. Ni siquiera el Primer Ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, quiere ver al depuesto dictador con una soga al cuello. Sin embargo, muchas personas en Europa Central y Oriental aplaudieron la sentencia de muerte. Algunos de ellos suspiran por el castigo capital al que tuvieron que renunciar para unirse al club europeo.

El primer ministro derechista de la República Checa, Mirek Topolanek, dio la bienvenida a la sentencia de Saddam, llamándola “un acto de justicia” y una advertencia a otros dictadores. El Presidente Lech Kaczynski de Polonia la llamó “el único resultado posible”. Un ex ministro de justicia de Eslovaquia, Daniel Lipsic, criticó a su país por complacer a la Unión Europea oponiéndose a la decisión iraquí. Una mayoría del público en los tres países apoyan la reintroducción de la pena de muerte.

La mayoría de los gobiernos de Europa Central y Oriental se hicieron eco de la posición europea oficial, particularmente aquelos que no han ingresado a la Unión Europea. El presidente de Croacia, Stjepan Mesic, cuyo país espera unirse pronto, dijo que se oponía a la pena capital. Incluso en Ucrania, que hace una década tenía la tasa de ejecución más alta en Europa, el gobierno dijo que la pena de muerte estaba equivocada, aunque añadió que respetaba la soberanía de Irak al sentenciar a Saddam.

Pero los pronunciamientos oficiales encubrieron un debate más profundo arraigado en las historias divergentes que Europa experimentó tras la Segunda Guerra Mundial. Los países que dieron pie al fascismo fueron los primeros en rechazar la pena de muerte: Italia la abolió para todos los delitos salvo los crímenes de guerra en 1948, y Alemania para todos los delitos en 1949.

Otros euroccidentales fueron más lentos en prohibirla, aunque todos eventualmente lo hicieron. Por ejemplo, la última ejecución de Francia, por guillotina, fue en 1977.

Pero los países que cayeron bajo el dominio soviético después de la guerra no abordaron ese debate, aun cuando sus sociedades alguna vez habían prohibido la pena de muerte. (Rumania, por ejemplo, la abolió primero en 1864 y no la reinstaló hasta 1936.) En los satélites soviéticos, una amplia gama de delitos eran castigados con la muerte, no sólo delitos económicos sino cualquiera que pudiera plantearse como amenazante para la estabilidad del estado. El clima ideológico luego subordinó los derechos individuales al “bien” colectivo. Aunque ese principio podría haber sido cínico, dejó una profunda marca que aún no ha desaparecido. Con el colapso del comunismo y el advenimiento del liberalismo occidental en ocasiones caótico, el anhelo por el orden se tradujo en una especie de nostalgia por los días en que los criminales pagaban el precio final.

“La transición hacia las sociedades democráticas crearon un estado de incertidumbre y temor”, dijo Klaus Rogall, experto en la pena de muerte de la Universidad Libre en Berlín. Aun hoy, señaló, el apoyo para la pena capital sigue siendo alto en la ex Alemania Oriental, mientras que la idea es ampliamente aborrecida en la ex Alemania Occidental. “La demanda por la pena de muerte se basa en el deseo de protección”, dijo.

El apoyo público para la pena de muerte era de 60 por ciento en Europa Oriental en vísperas del milenio, según un sondeo Gallup, comparado con 60 por ciento en contra en Europa Occidental. Los sondeos en Polonia muestran un apoyo de 70 por ciento para el castigo capital hoy en día.

Aunque casi todos estos estados (Bielorrusia es la excepción) abolieron la pena de muerte para unirse al Consejo de Europa, un prerequisito para ingresar a la Unión Europea, los políticos han empezado a reconocer a la opinión pública.

El ex primer ministro de Hungría y líder de su oposición de centro-derecha, Viktor Orban, llamó a Europa a levantar su prohibición. Su anuncio ocurrió después de que ocho personas murieron en un asalto a un banco húngaro, y después de que su partido perdió en las elecciones nacionales.

A principios de este año, Kaczynski de Polonia ocupó los titulares al demandar un debate sobre el restablecimiento de la pena de muerte en su país y en toda Europa.

“Los países que renuncian a esta pena conceden un ventaja innimaginable al criminal sobre su vícima, la ventaja de la vida sobre la muerte”, dijo Kaczynski en julio. Su socio de coalición, la ultraderechista Liga de las Familias Polacas, quiere cambiar el código penal del país para que los pedófilos declarados culpables de asesinato enfrenten la ejecución.

Los guardianes de los ideales humanitarios cuidadosamente forjados de Europa se han encrespado ante esta discusión, pero la descartan como nada más que maniobra política.

“Estamos conscientes del debate en algunos estados miembros, pero no nos preocupa particularmente”, dijo Riccardo Mosca, portavoz de la oficina de la Comisión Europea a cargo de asuntos de justicia, libertad y seguridad. Señaló que cualquier país que reinstalara el castigo capital enfrentaría potenciales sanciones, si no es que la expulsión. “La Unión Europea es bastante sólida”, dijo.

Todos los políticos que pronuncian su deseo de un regreso de la pena capital lo admiten. “Estoy en favor de restablecer la pena de muerte, pero estoy consciente de que actualmetne, debido al Protocolo de la Convención de Derechos Humanos, esto sería imposible”, dijo Krzysztof Bosak, parlamentario de la Liga de Familias Polacas. El protocolo es un acuerdo que todos los estados deben ratificar antes de ingresar en la unión.

Pero pocos de estos países tuvieron un debate público sobre la pena de muerte antes de prohibirla para satisfacer a la Unión Europea, así que no se alcanzó un consenso popular.

“Lo que el Consejo de Europa hizo fue ejercer los poderes coercitivos que tenía sobre estas democracias jóvenes, frágiles y nacientes que querían unirse al gran club del Consejo de Europa con la idea de unirse al club económico de la UE en el futuro”, dijo Peter Hodgkinson, jefe del Centro para Estudios de la Pena Capital en la Universidad de Westminster en Londres. “Lo habrían firmado de cualquier manera”.

Ese debate en otras partes de Europa convenció a la mayoría de los intelectuales de que el castigo no era efectivo. Ahora, aunque hay incrementos periódicos en el apoyo a la pena de muerte — regularmente después de algún crimen particularmente horrendo — sólo los políticos marginales se atreven a pedir su regreso.

Pero en países carentes de ese debate, argumentó Hodgkinson, hay la oportunidad de que la gente que apoya condenar a muerte a los asesinos pudiera recurrir a asesinatos “extrajudiciales” en respuesta al crimen creciente, como sucedió en Albania en los años 90 cuando estaba en camino de prohibir la pena capital.

“Abolir la pena de muerte es difícilmente sostenible”, escribió Goethe en 1829. “Si eso sucede, estaremos pidiendo su regreso continuamente”.