Conducidos por la inercia

PEDRO GIL ITURBIDES
Durante siglos se practicó una agricultura de subsistencia en nuestro país. Los hatos ganaderos, con crianza libre, ocupaban la mayor parte del territorio. La ciudad de Santo Domingo era abastecida por los esclavos cimarrones, huidos de sus amos franceses de Haití, y acogidos como hombres libres en la parte este. Los asentamientos de Los Minas y Mandinga, entre otros, sirvieron a estos cimarrones para practicar una agricultura con la que proveían a los capitaleños. Acudían en canoa hasta la puerta de San Diego, y abrían feria en un solar frente a la Casa del Cordón.

Su producción estaba concentrada en tubérculos como la yuca, ñame, los diversos tipos de yautía y el cazabe que resultaba de la harina de la yuca. También llegaban en recuas de mulos y burros agricultores de San Cristóbal que entraban por la puerta de la Misericordia desde que ésta era abierta en la madrugada. Una vez a la semana se establecían en la plaza, un amplio solar sito junto a estas murallas y hasta el fuerte de San Gil.

Las verduras eran surtidas por agricultores citadinos, en las tierras al sur del Convento de los Dominicos. Las viviendas que conocemos en esta última zona citadina no son coloniales. Comenzaron a erigirse hacia los días de la ocupación haitiana, y, con mayor profusión, en los tiempos que siguieron a la proclamación de la República.

Los primeros esbozos de políticas agrícolas llegaron con Ulises Francisco Espaillat. Pero su efímero paso como Presidente de la República, electo en unos comicios de 1876, impidió que surgiera una “política agrícola”. Un poco después, bajo el impulso del Presidente Ignacio María González, y debido al sistema de organización agrícola de cubanos que huían de la guerra chiquita, se inició el fomento de la caña de azúcar.

En cierta medida la República asistía sin saberlo al ocaso de su hatería y al nacimiento de la producción agrícola. Porque hasta entonces, salvo en situaciones como la de Santo Domingo, la gente sembraba para su familia. Y tal vez para compartir, o negociar en operaciones de trueque, con vecinos y compadres.

Le corresponde a Rafael L. Trujillo, con su famosa ley de las diez tareas, transformar radicalmente la faz que las circunstancias comenzaron a modificar en los tiempos de González. Pero entonces nos abrazamos a unos pocos cultivos, como leguminosas -habichuelas blancas y rojas, guandules  cereales como arroz y maíz, y los tradicionales víveres. Y debido a que ningún gobierno ha trazado una política de producción de bienes primarios de consumo, basada en una estrategia de desarrollo y de seguridad alimentaria y exportaciones, la rutina es la que empuja la producción.

De vez en cuando llega un chino o un vietnamita, como aquellos cubanos de fines del decenio setenta del siglo XIX, e introduce una nueva verdura. Si lo vemos prosperar, hacemos conuco y compramos de esas semillas o, con mañas criollas, nos apropiamos de esquejes. Pero no se procura un progreso auténtico. La inercia mantiene la producción, sin que rescatemos y explotemos ejemplares silvícolas en extinción, o descubramos el potencial de múltiples elementos de la flora. Porque nos hemos casado -gobiernos y productores-  con cultivos que ya podemos señalar como tradicionales.

Porque no hay una política de inversión y producción de bienes primarios de consumo.