Conjurar la violencia, la entrada de las mujeres a la polis

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La entrada a de la mujer a la ciudad moderna del Caribe es un acontecimiento del cual no puede rastrearse su origen. Solo podemos notar cierto empuje de ese cambio. Ella, desde el momento en que su marido la instaló como igual en el hogar. Y luego de coronarse en el matrimonio, la convirtió a su religión, que significaba en el politeísmo adorar al dios de la casa y procuraba, entre otras cosas, el bienestar familiar y el eterno descanso de los finados (Fustel de Coulange, “La ciudad antigua”), pasaron muchos años para que ella saliera del espacio doméstico (Aristóteles, “Política”).
Cuando Hostos llegó por primera vez a República Dominicana (8 de mayo de 1875) se estableció en Puerto Plata en donde funda una institución educativa y los periódicos “Las tres Antillas” y “El Antillano”. En el contrapunto del azúcar que trajo al país a inversores cubanos y puertorriqueños como los Brugal, los Serrallés y los Loinaz, Puerto Plata fue una ínsula interior, una ciudad-puerto que mantuvo por la ruta marítima contacto con el Atlántico caribeño, con La Habana, con El Cabo y con San Juan, además de Santiago de Cuba y Mayagüez.

Si estos contactos fueron importantes, como veremos más adelante, no menos cierto era que Puerto Plata constituía un paso entre Cuba, Mayagüez y Saint Thomas. Puerto libre que había sido centro del Caribe desde el siglo XVIII. Espacio de judíos conversos que, desde Holanda habían mantenido la influencia europea atlántica en el Caribe. La importancia de Puerto Plata también se debe a la política con la presencia del líder liberal Gregorio Luperón. Los puertorriqueños allí afincados y los cubanos que apoyaban la independencia fueron puntales para el desarrollo de las ciencias y las artes.

En el campo del periodismo es significativo el periódico “El Porvenir”, diario liberal que fue foco de las ideas de este sector. Para aquilatarlo hay que leer la correspondencia de Hostos y la de Pedro Francisco Bonó. La sociedad epistémica de Puerto Plata tuvo a Hostos, pero también a Betances. A los hermanos José Carlos y Virginia Elena Ortea (autora del drama “Las feministas” y del primer libro de cuentos publicado en Santo Domingo, “Risas y lágrimas”, 1901). También es importante la presencia de Mercedes Mota, maestra y feminista como la Ortea, quien vivió en Mayagüez después de la caída del presidente Ignacio María González, al que los liberales Ortea estaban relacionados.

La fundación de la Escuela Normal, al regreso de Eugenio María de Hostos de Nueva York, donde estuvo realizando proselitismo por la independencia de Cuba y Puerto Rico, fue un acto concertado por el liberalismo (Céspedes: “Hostos y Salomé”, 2002). La vieja ciudad de Santo Domingo se había llenado de sociedades literarias, nacían nuevos periódicos y revistas (Demorizi, Mateo). Al desarrollo de la inversión extranjera, concurren la fundación de centros escolares y la proliferación de impresos. A la educación laica fundada por Hostos seguían los colegios católicos como el San Luis Gonzaga y la ruptura de Salomé Ureña Díaz en la fundación del Instituto de Señoritas. José Gabriel García, quien había comprado la Imprenta Nacional, realizaba publicaciones sobre historia patria y publicó la primera historia de Santo Domingo de Antonio del Monte y Tejada y la segunda parte de “Enriquillo”.

También en ese último cuarto del siglo XIX, el padre Billini funda la lotería para mantener el hospital que había instalado en las ruinas del Hospital San Nicolás de Bari en la calle de Los Estudios, hoy Eugenio María de Hostos. Lo que lo lleva a adquirir una imprenta en la que se publica “Enriquillo” como la primera parte de unas leyendas dominicanas de estilo romántico. También aparece la novela de gran aliento con la publicación de “Baní o Engracia y Antoñita”, de Francisco Gregorio Billini, a la que había precedido “La lira de Quisqueya” (1873), publicada por la Sociedad Amigos del País e impulsada por el discípulo de Hostos, José Castellanos.

La primera graduación del Instituto de Señoritas muestra a un grupo de mujeres profesionales con profundo arraigo en la tierra. Son un grupo epistémico dirigido por Salomé Ureña Díaz, que busca una educación práctica, ética y política. Su norte es la modernidad en la enseñanza con el racionalismo positivista a la vez que critican el personalismo y autoritarismo en la política conservadora. Ureña Díaz se destaca por ser una poeta civil, que busca a través de la educación el mejoramiento nacional. Dentro de sus alumnas sobresalen Leonor Feltz, de Puerto Plata, y Anacaona Moscoso, quien lleva la educación normalista a San Pedro de Macorís, entre otras.

En Puerto Rico, la lucha por la independencia había sido ahora por la represión desde el gobernador Juan de la Pezuela, quien impone la libreta de jornaleros a mediados de siglo y prohíbe el baile del “merengue” (1849), parte muy sugestiva de la danza puertorriqueña. Le siguen otros gobernadores (como Romualdo Palacios) que controlan toda manifestación escrita y cultural, hasta el extremo que es en la década de 1880 cuando aparece un grupo de puertorriqueños con sentido fundacional definitivo, continuadores de los jóvenes del Aguinaldo y el “Álbum de Puerto Rico” en el arte y la literatura.

Estaba desarrollada la generación fundacional (véase “Historia Cultural de Puerto Rico”, Fernández Méndez, 1975 y Álvarez Curbelo, “Un país del porvenir: el afán de modernidad en Puerto Rico (Siglo XIX”, 2001) de Hostos, Gautier Benítez, Lola Rodríguez de Tió, Betances, Acosta, quien publica la historia del padre Abbad y Lasierra de fines del siglo XVIII y la “Elegía quinta” de Juan de Castellano que despiertan la censura, entre otros. Se desarrolla la pintura de Francisco Oller, quien expone en el Salón en París y en Madrid y participa en la fundación del impresionismo francés junto a Camille Pissarro, Sisley y Cézanne. Se publica la segunda parte de “El Gíbaro”.

Por otra parte, Salvador Baru publica “Las clases jornaleras de Puerto Rico; su estado actual, causas que lo sostienen y medios de propender al adelanto moral y material de dichas clases” (1882) y “La danza puertorriqueña” (1887). La situación del hombre de a pie era dura aunque no como lo fue entonces para los negros. Desde el siglo XVIII, el café pasó a ser uno de los principales productos de cultivo y de exportación. Lo que logró una cierta democratización de la tenencia de la tierra y la participación de pequeños propietarios en la producción (Francisco Scarano, Puerto Rico “Cinco Siglos de Historia”, 2000). Los campesinos deambulan por toda la isla buscando trabajo o un patrón que los agregara a sus fincas, de lo contrario eran tomados como vagos (Fernando Picó, Libertad y servidumbre en el Puerto Rico de siglo XIX, 1983). Los elementos modernizantes eran muy pocos. La élite creía en una apertura política que motorizara la modernidad. Los empresarios que no se habían trasladado a Santo Domingo, hacían esfuerzos para mantenerse en la competencia al introducir la locomotora, como es el caso del Central Mercedita de Ponce, propiedad de los Serrallés (para una historia de la lucha por la modernidad véase Ramos Mattei, Andrés. “La sociedad del azúcar en Puerto Rico, 1870-1910”. Río Piedras, P. R.: Universidad de Puerto Rico, 1988). Continuará.