Conservación del agua

Afortunadamente, la deforestación que sufren nuestros bosques ha captado la atención del presidente Medina quien ha instruido tomar medidas para remediar los daños. Una disposición absolutamente necesaria y plausible. Para no desalentarnos en el camino, notemos que reponer la vegetación en esas áreas, es un proceso lento que requiere firmeza y continuidad. Un pino podría tomar cinco, diez años o más para alcanzar las dimensiones que lo harían aprovechable económica y ecológicamente pero se tumba en minutos, lo mismo se aplica a otros árboles, por tanto, se requiere vigilancia que no debe terminar nunca.
Asegurarnos que el país mantenga el volumen anual de agua que nos provee la naturaleza, necesita además, cuidar de nuestros ríos, aguadas y cursos de agua en general, labor que parece haber comenzado el Ministerio de Medio Ambiente.
Hablar de economizar agua en la abundancia de hoy, parecería una tontería. Sin embargo, no lo es, recordemos el modelo matemático, que he citado varias veces, predice que el cambio climático producirá grandes sequías y grandes lluvias. Después que pasamos la fuerte sequía de unos meses atrás, estamos sufriendo estas inundaciones, quién sabe si nos espera otro fuerte estiaje. Ahorrar agua es la forma más rápida de conservarla.
La producción de agua dulce desalinizando sigue siendo cara, aunque los costos se han reducido con los avances de las nuevas tecnologías, no obstante, nada es más barato que derivarla de un río saludable. Desalinizar para suplir una ciudad como Santo Domingo sería una locura, su aplicación, en nuestro caso, es necesariamente puntual. Por otro lado, el aumento de la producción de agua mediante cobertura de bosques frondosos y extensos es limitada, pues un país de pequeña superficie influye solo marginalmente en los parámetros que determinan las posiciones de los centros de alta y baja presiones cercanos, las direcciones predominantes de los vientos, sus corrientes a diferentes alturas en la atmósfera y las corrientes marinas u oceánicas, todas estas decisivas para la llegada de humedad al país.
No obstante, bosques sanos y una vegetación general saludable son determinantes en la retención del agua lluvia sobre nuestro solum. Sin bosques, ni adecuada vegetación, la lluvia desaloja las partículas del suelo agrícola arrastrándolas, así erosiona toda la superficie hasta dejarla sin capa vegetal, ocasionando problemas de sobrevivencia; tenemos cerca un ejemplo. Si llegamos a desarrollar una vegetación intensa, veremos los ríos fluir con agua todo el año. Pero, ojo, no es que hayamos duplicado el volumen de lluvias, sino que hemos logrado detener el desagüe de éste recurso, paso importantísimo, ya que lograríamos efectivamente un aumento de su disponibilidad. Si además conseguimos desperdiciar menos, se completa la ecuación de conservación.
Supongamos que tuviéramos una varita mágica y retuviéramos de repente el agua creando instantáneamente vegetación y bosques saludables puesto que seguiríamos usando las mismas prácticas de distribución, uso, consumo y la misma infraestructura, pronto, si no inmediatamente, experimentaríamos las deficiencias de hoy. Se requiere, por tanto, llevar a cabo medidas, prácticas y técnicas que hagan más eficiente el aprovechamiento de este recurso.
La complementación de: vegetación, distribución, uso y consumo, es la que nos pondría en el camino correcto. Sabemos que es difícil componer ese cuadro, toma tiempo y continuada dedicación, pero no hay otra manera.

En promedio anual, el país recibe suficiente cantidad de agua pero no todas las regiones se satisfacen de la misma forma, algunas son desérticas, otras son secas, finalmente las hay ricas en recursos hídricos. La pregunta que resalta es, si hemos llegado al tope de la disponibilidad para el número de habitantes o qué margen nos queda. Esta interrogante es difícil de responder inteligentemente pues adolecemos de un mal terrible, no medimos correctamente: la que llueve, la que derivamos, la que distribuimos, la que usamos, en consecuencia, cada cual tendrá su propia opinión o estimado, como sucede con las pérdidas del acueducto de Santo Domingo. Nuestra población crece, no es como la de Japón o Europa que se han mantenido estables, en consecuencia, no sería desorejado pensar que si no hemos llegado a usar y desperdiciar la que recibimos, en algún momento cercano llegaremos.