Consultorio Ecológico

Eleuterio Martínez

P. Profesor, si la actual pandemia del coronavirus está induciendo cambios profundos en las relaciones humanas, en la sociedad y hasta en la forma en que vemos al mundo, ¿cómo será nuestro vínculo post COVID-19 con Madre Natura?

R. Todavía no lo sabemos a ciencia cierta, pero de que será diferente a la actual, no tenemos dudas. Todo veneno tiene su antídoto en la naturaleza. Hay quienes piensan, y yo me sumo, que el COVID-19 encontró su caldo de cultivo en la contaminación global que no ha respetado la atmósfera, ni los mares, ni la tierra.

¿Y por qué se ha ensañado contra la especie humana, si originalmente estuvo en animales como bien señala la Organización Mundial de la Salud? Muy sencillo, el mayor de los desequilibrios no está en el seno de la naturaleza, no es ambiental, sino, psicológico; es decir, para equilibrar el planeta, no es al medio ambiente que hay que curar o corregir, sino la mente humana.

Tiene que ser un enfermo mental el que se atreve a pegarle fuego a un bosque cordillerano, la alfombra verde que recoge las aguas del manantial que alimenta el acueducto de donde obtiene el agua que saciará su sed. O le parece un acto de cordura lo que está pasando en Boca de Yásica – Cabarete y la Bahía de Luperón, donde se elimina el manglar, un vivero de especies botánicas y animales únicas, que no solamente mantienen la biodiversidad de un humedal, de un río o un ecosistema costero, si no que la vida misma de los arrecifes de corales vecinos, depende de su existencia. Sin embargo, es preciso eliminarlo para colocar allí un hotel, un astillero o un restaurante flotante.

Otro cuestionamiento que la mente febril del ser humano se atreve a formularse, es aquello de si será cierto que el coronavirus que azota la humanidad, es racista, pues su furia se ha desatado contra los blancos chinos, italianos, españoles o gringos, mientras ha sido muy respetuoso con los negros africanos. Sin embargo, pensamos que no, que más bien, la naturaleza no tiene intencionalidad y todos los colores son suyos; pero sí puede discriminar, quién es el que más la contamina o le hace daño.

¿Pero qué nos mueve a pensar así? La realidad irrefutable que se desnuda ante nuestros ojos, desde Asia, pasando por Europa, hasta llegar al continente de la esperanza: América.