Consumo mundial de carne se ha elevado en los últimos años

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Podría estarnos reservado un cambio radical en el consumo de un recurso que los estadounidenses dan por descontado; algo barato, abundante, muy gustado y que es parte de la vida diaria. Y no es el petróleo.

Es la carne.

Estas dos mercancías tienen muchas cosas en común: como el petróleo, la carne está subsidiada por el gobierno federal. Como el petróleo, la carne está sujeta a una demanda acelerada conforme las naciones se enriquecen y esto, a su vez, dispara los precios. Finalmente — al igual que el petróleo –, la carne es un producto que se recomienda consumir en menor cantidad conforme la cuota exigida por la producción industrial aumenta y se vuelve cada vez más visible.

La demanda global de la carne se ha multiplicado en años recientes, fomentada por la creciente prosperidad y nutrida por la proliferación de enormes negocios de cría de ganado estabulado. Estas fábricas de carne en línea de montaje consumen enormes cantidades de energía, contaminan las reservas de agua, generan abundantes gases con efecto de invernadero y requieren cantidades siempre crecientes de maíz, soya y otros granos, dependencia que ha provocado la destrucción de amplias franjas de las selvas pluviosas tropicales del mundo.

La semana pasada, Luis Inazio Lula da Silva, presidente de Brasil, anunció medidas de urgencia para detener la quema y tala de las selvas pluviales del país, destruidas para abrirle paso a tierras de cultivo y de pastoreo.

El gobierno informó que tan solo en los últimos cinco meses se perdieron 1,250 millas cuadradas.

   El suministro mundial de carne en 1961 fue de 71 millones de toneladas. Se calcula que en 2007 fue de 284 millones de toneladas.

 El consumo per cápita se multiplicó por más de dos en ese periodo. Y se espera que el consumo mundial de carne se duplique nuevamente para 2050, lo que para Henning Steinfeld, experto de Naciones Unidas, está provocando un “inexorable crecimiento en la producción ganadera”.

   Los estadounidenses comen la misma cantidad de carne desde hace tiempo, media libra, más o menos el doble del promedio global.

 Con cerca del 5% de la población mundial, los estadounidenses “procesan” (es decir, crían y matan) cerca de 10,000 millones de animales al año, más del 15% del total mundial.

   Para producir carne se necesitan tantos recursos que es todo un problema mencionarlos todos. Pero consideremos lo siguiente: más o menos 30% de la tierra sin hielo del planeta está directa o indirectamente relacionada con la producción ganadera, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación de Naciones Unidas, que también calcula que la producción ganadera genera cerca de la quinta parte de los gases con efecto de invernadero: más que el transporte.

   Para poner las necesidades de energía de la producción de carne en términos fáciles de entender, Gidon Eshel, geofísico del Centro Bard, y Pamela A. Martin, profesora asistente de geofísica en la Universidad de Chicago, calculan que si los estadounidenses redujeran su consumo de carne en sólo 20%, sería como cambiar un coche sedán estándar, por ejemplo el Camry, por uno ultraeficiente como el Prius.

   De igual modo, un estudio realizado el año pasdo por el Instituto Nacional de Ciencias Ganaderas y Pastizales de Japón calculó que un kilo de carne de res es responsable del equivalente de la emisión de bióxido de carbono de un coche europeo promedio cada 250 kilómetros, y consume la energía energía necesaria para mentener encendido un foco de 100 watts durante casi 20 días.

   Los granos, la carne e incluso la energía están entretejidos de tal manera que podrían tener resultados atroces. Más carne significa un aumento correspondiente en la demanda de alimento, especialmente maíz y soya, cosa que algunos expertos dicen que contribuye a elevar los precios.

   Esto sería inconveniente para los habitantes de los países ricos, pero tendría consecuencias trágicas para los de los pobres, especialmente si el alza de precios de los alimentos de ganado desvía la producción de cultivos alimenticios. La demanda de etanol ya está impulsando los precios y explica en parte el 40% de aumento del año pasado en el índice de precios de alimentos, calculado por la Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU.

   Aunque unas 800 millones de personas sufren de hambre o desnutrición en el planeta, la mayor parte del maíz y de la soya que se cultiva alimenta al ganado vacuno, a los cerdos y a los pollos. Esto a pesar de la ineficiencia inherente: se requiere de dos a cinco veces más grano para producir la misma cantidad de calorías a través del ganado que a través del consumo directo, de acuerdo con Rosamond Taylor, profesora asociada de economía en la Universidad de Stanford. Y es hasta diez veces más en el caso de la carne de res alimentada con granos en EEUU.

   El impacto ambiental de cultivar tanto grano para consumo animal es profundo. La agricultura de Estados Unidos — gran parte de la cual ahora cubre la demanda para carne — contribuye a casi las tres cuartas partes de todos los problemas de calidad del agua en ríos y corrientes del país, de acuerdo con la Agencia de Protección Ambiental.

   Debido a que el estómago del ganado está diseñado para digerir hierba, no granos, el ganado criado en forma industrial se desarrolla sólo en el sentido de que engorda rápidamente. Esta dieta permitió sacar al ganado de su ambiente natural y fomenta la eficiencia de la estabulación y la matanza. Pero causa tantos problemas de salud que ya es normal la administración de antibióticos, a tal grado que podría provocar la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos que amenazaran la eficacia de los medicamentos con que se trata la gente.

   Estos animales criados con granos, a su vez, están contribuyendo a problemas de salud entre las poblaciones más próspera del planeta: enfermedades cardiacas, algunos tipos de cáncer y diabetes. El argumento de que la carne proporciona proteínas tiene sentido si las cantidades son pequeñas. Pero la pretensión de que “hay que comer carne” se derrumba en los niveles de consumo estadounidenses. Aun si la cantidad de carne que comen no fuera dañina, es mucho más que suficiente.

   Los estadounidenses están llegando a cerca de 200 libras anuales per cápita de carne, aves y pescado (lácteos y huevos están separados y difícilmente son insignificantes), un incremento de 50 libras por persona respecto de hace 50 años. Cada uno consume unos 110 gramos de proteína al día, casi el doble de la ración recomendada por el gobierno federal. De eso, cerca de 75 gramos son de proteína animal. (De hecho, muchos expertos dietistas consideran que la cantidad recomendada es más alta de lo necesario.) Es probable que la mayoría de los estadounidenses estuvieran bien con unos 30 gramos de proteína al día, en su mayoría de origen vegetal.

   ¿Qué puede hacerse? No hay ninguna respuesta sencilla. Para empezar, un mejor manejo de los desperdicios. También serviría eliminar los subsidios; Naciones Unidas calcula que éstos representan el 31% del ingreso agrícola global. También ayudaría mejorar las prácticas agrícolas.

Mark W. Rosegrant, director de ambiente y tecnología de la producción en el Instituto Internacional de Investigaciones de Políticas Alimenticias, un organismo no lucrativo, señala: “Debe haber inversión en la cría y manejo de ganado para reducir la superficie necesaria para producir cualquier cantidad determinada de carne.”

   Además está la tecnología. Israel y Corea del Sur son de los países que están experimentando con los desechos animales para generar electricidad. Algunos de los negocios porcinos más grandes de Estados Unidos están trabajando, con cierto éxito, para convertir el estiércol en combustible.

   A largo plazo, ya no parece una locura creer en la posibilidad de “carne sin patas”, es decir, carne producida in vitro, cultivando células animales en un ambiente nutritivo súper enriquecido, que después se procesarían en forma de hamburguesas y filetes.

   Otra propuesta es regresar al ganado de pastoreo, una alternativa muy real en tanto se pueda aceptar la noción de comer menos carne, cosa psicológicamente difícil y políticamente impopular. Eso es porque el pastoreo nunca produce tanto ganado como las granjas de engorda. Empero, advierte Michael Pollan, autor del reciente libro “En defensa de la comida”, “en los lugares donde no se pueda cultivar granos, engordar reses con hierbas siempre tendrá más sentido”.

   Pero los cerdos y los pollos, que convierten los granos en carne con mucha mayor eficiencia que las reses, cada vez más son la carne preferida por los productores y representan el 70% de la producción total de carne, de la cual, los sistemas industriales producen la mitad del puerco y las tres cuartas partes del pollo. 

Tyler Cowen

“No creo que podamos contar con los precios del mercado para reducir el consumo de carne”, precisó. “Puede haber un alza temporal en los precios de los alimentos, pero casi con toda certeza se revertirá después. Pero si se coloca toda la carga en los consumidores, no será un estado de cosas muy trágico”.

Una fuerte campaña de relaciones públicas para reducir el consumo de carne — una como la que afectó a los cigarrillos”.