Conversando con Miguel Ángel Fornerín

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POR LEÓN DAVID
¿POR QUÉ, ENTRE OTRAS COSAS, TE HAS CONSAGRADO A LA CRÍTICA CULTURAL Y LITERARIA? ¿CUÁL ES, A TU JUICIO, SU IMPORTANCIA?
Apreciado amigo: debo pensar un poco tu pregunta. Creo que me he dedicado a la crítica porque desde muy pequeño he admirado a los pensadores. Y la única manera que encuentro de dialogar con ellos es reflexionando desde la cultura y la literatura.

Pienso que la crítica literaria es parte importantísima de la crítica cultural. Así que como Pedro Henríquez Ureña, un modelo muy nuestro, creo que la crítica debe ser cultural en la mediada en que es una cavilación sobre los pasos del hombre. La literatura es una de las distintas representaciones de esa característica indiscutible de lo humano: su condición simbólica. Me encanta pensar y saber como nos pensamos. La literatura me ayuda a conocer, pero también a elaborar un conocimiento, que no lo formulo yo como crítico, sino que viene de otros. Yo, como admirador de Sócrates, no sería más que su interprete. Un simple mediador entre los símbolos y su sentido. Desde hace más de una década vengo pergeñando cuartillas sobre los escritores dominicanos. Unos cuatro tomos podrá tener el lector en sus manos, cuando salga mi libro sobre Pedro Mir, en ellos doy cuenta de los esfuerzos de los escritores dominicanos por simbolizar su mundo. Así como de mi interés en leer sus obras dentro de la cultura dominicana, caribeña, hispanoamericana y universal. En fin, en el intento de pensar y pensarnos se encuentra la importancia de lo que he venido haciendo.

¿CÓMO ENTIENDES LA RELACIÓN ENTRE EL INTELECTUAL Y EL PODER?

Es una relación muy difícil. Sobre todo en un país donde el pensar y el conocimiento no tienen mucha importancia. Y donde parece que el mundo letrado debe servir para legitimar los discursos de los poderes y de los poderosos. La República Dominicana es un colectivo en formación. Tiene más de ciento cincuenta años en ese afán. Los intelectuales son los que han venido subiendo la montaña, como Sísifo con la piedra a cuesta. Muchos de ellos han sucumbido frente a lo que han llamado las fuerzas telúricas. Yo llamaría a éstas, las fuerzas centrípetas que convierte todo esfuerzo en un fracaso. La historia intelectual está íntimamente ligada a nuestra historia liberal. La intelectualidad dominicana la funda Duarte, quien pensó que ese país podía organizarse como una nación independiente y democrática. El resumen de nuestra historia está en esa lucha. La lucha intelectual ha estado a favor de ese proyecto. Bonó, García Godoy, Lugo, Jimenes-Grullón y Bosch son los continuadores de ese ideal letrado. Frente a ellos están Pedro Santana, Báez y el autoritarismo. A los que debemos unir intelectuales como Balaguer y Peña Batlle. Los letrados luchan por vivir y se pasan de un bando a otro bando. Y muchos no tiene bien claro a que lado pertenecen. Sólo quieren vivir y medar en el partido de enfrente. El debate sobre el intelectual dominicano, que toma cada vez más fuerza, se debe, a mi parecer, al menoscabo de la ética que ha formado al intelectual dominicano comprometido con la aspiración duartista. Empero, el problema más serio, amigo León, se encuentra en la relación del intelectual con su propia existencia material. ¿Quién dice, en mi hambre mando yo?

¿HAS ESCRITO POESÍA: ¿QUÉ ES UN POETA?

En verdad, no sé qué es un poeta. Tal vez pueda decir que es un bicho raro. Camina con un libro bajo el brazo. Se le ve leyendo en una cafetería de la Calle del Conde; habla de grandes poetas, generalmente extranjeros. Se inventa definiciones estrambóticas sobre la poesía. Ese poeta formula y reformula su propio canon y su la poética. Y hasta podría llegar a llamarse “metapoeta” y decir que la poesía es metalenguaje. Lo que viene a ser así como que el mango es mango. Prefiero pensar en poetas que sepan que Quevedo fue un genio y poco de él se lee hoy día. Que sepan que tal vez quede un manojo de poemas y que encontrar ese florilegio es toda su lucha. También pienso en Darío. ¡Qué gran poeta era! Tal vez era mejor que Garcilaso. Cuando se habla de poetas como Garcilaso, Darío, Machado, Vallejo, ¿qué nos queda a los demás? Un poeta es Darío. Nosotros intentamos escribir poesía. Creo que la grandeza de la poesía como epifanía, como acción prometeica nos hace participes, pero somos tan pequeños con relación a los maestros, que yo sólo quisiera leer y leer poesía…Los poetas de hoy poco importan. La sociedad no tiene mucho interés por la poesía. Es que la creatividad no está de moda y la moda se repite. Lo repetitivo le ha ganado a la modernidad, como sentido de lo nuevo. ¿Cuál es la importancia de novedad que nos trae el poeta, si vivimos en un mundo de la repetición instaurada? Yo creo en la epifanía de la poesía; en su fiesta, en su juego; en fin, en su capacidad de vaticinar… Bueno, como decía Pedro Mir, ¿por qué no hablamos mejor de geografía, eh?

¿QUÉ OPINAS DE LOS AUTORES CLÁSICOS, ¿TIENEN ALGO IMPORTANTE QUE DECIR AL HOMBRE DE HOY?

En verdad no opino mucho…sólo que los quiero leer. Borges decía que los clásicos son los que ya hemos leído. Todo el mundo se ha leído El Quijote. Pocas gentes dice: “El Quijote, mira, ese libro no lo he leído. Me pareció muy voluminoso cuando yo era pequeño, ahora lo voy a leer.” Ni tampoco dicen lo voy a releer. Pues todo el mundo ya conoce los clásicos. Siempre he pensado que el problema con los clásicos es un asunto de lectura. En un tiempo pensé escribir una columna de reseña sobre los clásicos, como si hubiesen salido ahora. Creo que sería un buen proyecto, si existieran periódicos interesados, por supuesto. Te imagina, leer la Odisea como si fuera la novela Naufragio de William Mejía. Verla así, toda novedosa. Y a su autor como un tipo que escribe teatro y novelas desde Azua. Y buscar lo que dicen esas obras para uno y olvidarse del canon y de los académicos clasicistas. En fin, leer a los clásicos como literatura actual, término que no le gustaba a mi finado colega Rafael Castro Pereda quien creía que toda literatura es actual. Y los clásicos lo son. Quitémosle la etiqueta del tiempo y vamos a leerlos o a releerlos. Cuando decimos que los clásicos son universales porque presentan las ideas fundadoras de lo humano, no estamos equivocados. Los clásicos nos permiten pensarnos como parte de una cultura milenaria, y cuando el pensamiento sea más importante para el hombre, los clásicos serán releídos o leídos con mayor fruición.

¿QUÉ INFLUENCIA EJERCE EL MEDIO ACADÉMICO, UNIVERSITARIO, EN UN ESCRITOR CON VOCACIÓN Y TALENTO?

Creo que entre un escritor con vocación y talento y la universidad en la que enseña se establece una tensión. Esa fuerza que, por un lado, lo proyecta, pero que por otro puede robarle el tiempo para realizar su obra. La universidad y el escritor, tienen muchos conflictos. En primer lugar, las universidades no quieren escritores. Quieren pedagogos. Técnicos de la educación, repetidores de modelos psicopedagógicos. De ahí que las universidades dediquen muy pocos recursos a las publicaciones, a la investigación y a la organización de congresos, simposios, coloquios o presentación y discusión de obras literarias. En Estados Unidos algunas universidades invitan a escritores a conferenciar. Pero eso tiene mucho que ver con el mercado del libro y los escritores del momento literario. Ese cuadro nos hace pensar en el abandono del pensar, de lo que hablábamos anteriormente. Cada vez más el escritor es un individuo marginal. Y los que estamos en el mundo académico esperamos las vacaciones para recomenzar los proyectos que queríamos terminar y no pudimos, por la acumulación de trabajo académico. Labor que en mi caso es docente y administrativa. Aún así la fortuna no se olvida de uno del todo. Y entre la tensión que nos somete el escribir y el pensar y la universidad, siempre algo se hace y… esperemos, a ver que queda.

¿QUÉ CONSECUENCIAS TIENE PARA UN INTELECTUAL DOMINICANO, VIVIR Y LABORAR FUERA DE SU PAÍS?

Creo que la primera y tal vez la más importante, es olvidar a su país. Comenzar a perderlo. Por mi parte ese es mi temor. Tengo miedo de perder a mi país. Y ese temor me ayuda a reconstruirlo sentimentalmente. Aquí se puede ver la razón de mi interés en pensar lo dominicano; pues, vivir lo dominicano desde su cotidianidad es una empresa angustiosa. Me levanto todos los días y, entre el baño y el chocolate, ahí están los periódicos dominicanos. Quiere uno saber lo que pasó y no pasar sin que lo que acaece sea de nuestro conocimiento. Lo contrario sería como si tú fueras armador de relojes y de momento te faltara una minúscula pieza. Yo lucho por no perder a mi país. Y si algún día tuviera una convicción sobre esto lo recuperaría en su historia y en su literatura. He vuelto a pensar lo dominicano en el lenguaje de José Alcántara Almánzar, en la poesía de Pedro Mir, en la prosa de Andrés L. Mateo, en la ensayística de García Godoy, Moscoso Puello y Américo Lugo. Vivo en la dominicanidad de mi biblioteca. Lo demás, bueno, existen los que me nacionalizan y los que me desnacionalizan. Vivo en Puerto Rico que no es un país distinto a República Dominicana, en sus rasgos más definitorios. Y ese vivir es una lucha por conocer a Puerto Rico y por explicarme a Santo Domingo. Lo demás tienen que ver con las acciones. Creo que un intelectual es el que pone sus ideas claras frente a los demás, sin que le importen mucho las consecuencias. Yo estoy fuera y soy un franco tirador. Tengo la ventaja de la atalaya. Disfruto la delantera de una dominicanidad a distancia, viajera, complicada, si tú quieres, pero que me permite ver el valle desde la montaña. Me dirán que no estoy (aunque muchos piensan que no me he ido), y algunos lo harán con el propósito de sacarme de combate. Pero a mí poco me importa. Ser un intelectual o alguien como yo que quiere pensar ciertas cosas desde afuera es también una ventaja. Trabajo entre dos culturas. Valoro y difundo las cosas mías. Y pretendo ser un crítico cultural con posiciones conocidas. Y continuador del proyecto republicano, democrático de mi país.¿Un Estado fallido? No, no, y mil veces no. El Estado dominicano siempre ha tenido sus gendarmes. La burocracia siempre ha sabido hacerse con los dineros de todos y dejar que entren los poderosos de afuera. Que condenen a los que se roban una gallina y que dejen en su casa al señor de la oligarquía rancia que se robó un banco y la mitad el PIB, es cosa común y hasta permitida. El estado de la impunidad no es Estado fallido. El Estado del “complejo de Guacanagarix” (y que me perdone el indio) no es un Estado fracasado. Malogrado está lo nacional, las ideas de Duarte, que no arrancan. Y los pobres que no pueden acercar sus bocas al mercado.

¿QUIÉN ES MIGUEL ÁNGEL FORNERÍN?

Decía Don Miguel de Unamuno que un hombre es lo que es, lo que quiere ser y lo que los otros piensan que es. Y el gran Alonso Quijano decía, luego de vivir loco para morir cuerdo, yo sé quién soy. El tema del ser no me preocupa en lo más mínimo. Me interesa el tema del hacer. Yo soy un homo faber. Yo soy el que hace, y, como decían los latinos, creo que vivire militare est. La vida es un combate. Los jóvenes que leímos El tema de nuestro tiempo de Ortega podemos llevar esa máxima como divisa. Mi vida es una batalla constante y a mi edad, parodio a Walt Whitman, prometo que no pararé hasta mi muerte. ¿Por qué lucho? Tal vez por una quimera. Si tuviera que elegir de nuevo el rumbo de mi vida escogería hacer lo mismo que hago… o tal vez, fuera, vaya Ud. a saber, payaso, domador de tigres en un circo, camionero de peso pesado o saltimbanqui.