Conversando con Roncagliolo sobre el otro Abril, el impredecible rojo

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POR MARIVELL CONTRERAS
Le debo a la vieja amistad con el senador por Monte Plata la oportunidad que tuve de leer Abril Rojo, pues me lo trajo de Buenos Aires a pocos días de haber sido su autor, Santiago Roncagliolo, anunciado como ganador del Premio Alfaguara de Novela 2006.

Encontré su lectura divertida e interesante.  Digo divertida exponiéndome a que los que piensan que la literatura debe ser seria, los que odian los thriller y las superventas -para no caer en el grave error de llamarle Best Seller- empiecen a pensar mal de la novela y del autor y seamos él y sus lectores, condenados a la indiferencia.  Y de eso no es lo que se trata este reportaje.

Lo que se me ocurrió, desde que la leí, fue recomendarla al grupo de amigos que compartimos el vino, el pan y los libros, para que vivan la experiencia de esta novela de abril, que aunque suene poético no es ninguna poesía.

En el caso de Santiago Roncagliolo, Abril, es otra cosa. En ese mes en que la primavera seduce en todo su esplendor, a veces pasa que se “celebra”, si es que puede celebrarse la muerte del Hijo de Dios, la Semana Santa.

Y en ese abril del año 2000 que recrea en la novela, los ritos y recreaciones de la vida, muerte y pasión de Jesús, aquí en América como en Sevilla, en Santo Domingo o el Perú, hubo un encuentro de extraños sucesos, muertes inexplicablemente crueles con un paisaje de fondo en el que luchaban por la primacía, una campaña electoral, un extraño romance y un cambio militar que volvía antojadizo el poder y que transformaba la suerte de unos hombres que ya no tenían nada que ganar y todo que perder.

Pero el caso es que la narración en un tono de sátira, terriblemente cruel y a la vez de una ingenuidad reveladora, engancha desde que comienza la novela hasta que termina.  Difícil es mantener cautivo a un lector de una novela de más de 400 páginas sin que en un momento cierre el libro sin estar convencido de si lo reabrirá alguna vez para terminarlo de leer.

Así, que ante una experiencia tan favorable como esta, presté el libro una vez y tengo una lista de espera como si de un vuelo se tratare, no quise dejar pasar la oportunidad de conversar con Santiago Roncogliolo.

Primero para que me aclare como lectora las interrogantes que me produjo leer Abril Rojo y segundo para que los lectores y escritores dominicanos sepan un poco más de este joven ya no solo promisorio sino prominente y lo apoyen en las actividades que Ruth Herrera y Alfaguara han preparado en su visita de la próxima semana por el país.

MC:   Hoy los escritores no solo ganan premios importantes que le deparan prestigio y alguna tranquilidad material para seguir escribiendo y publicando, y aunque muchos consagrados ya no mandan sus obras a concursos, para un autor joven cualquier premio es un espaldarazo. ¿Qué ha significado para ti convertirte en el Premio Alfaguara más joven de este galardón?

Roncagliolo: Los primeros días después del premio, estreché la mano de Mario Vargas Llosa y José Saramago. Recuerdo haber pensado entonces: “¿Les pido un autógrafo? No, Santiago, ten dignidad, tú ya no eres un fan, eres un colega”. Durante el resto del año, el libro ha aparecido con éxito en toda Hispanoamérica y he podido visitarla casi toda. Tiene once traducciones y hay interés por llevarlo al cine. Simplemente, es más de lo que nunca imaginé tener. Mi vida ha cambiado mucho en sólo un año. Trato de pensar en ello sin marearme.

MC:   Abril rojo es la condensación de una sostenida, aunque corta carrera literaria -en años, no así, -en intensidad-, en la que compartes una visión de la gente, de la sociedad y de la vida que parece ya muy conocida, muy vieja en quien la cuenta. ¿Cómo se fragua en ti esta historia?

Roncagliolo: Me han dicho muchas veces que escribo como si fuese mayor. Quizá se deba a que he vivido en varios países y cambiado de trabajo y de entorno muchas veces. Eso te obliga a desarrollar una gran capacidad de adaptación. Y envejecer es precisamente eso: adaptarte. Soy un anciano de 31 años.

MC:   Te propusiste hacer una novela negra, satírica, fantástica, realista social, ¿o con todas estas características a la vez?

Roncagliolo: Me gustan las novelas que se pueden leer de varias maneras, que distintos lectores pueden disfrutar. Traté de escribir una que le sirviese al que busque una reflexión sobre la muerte y la guerra, que contribuyese con la memoria histórica de mi país, pero que también divirtiese a quien sólo buscase cadáveres ensangrentados y descuartizados. Hay un abismo entre la literatura académica y la popular. A mí me gustaría moverme entre ambas.

MC:   La narración paralela, con los informes del militar y el propio desarrollo de esta historia, ¿fue programado desde el principio o surgía mientras escribías la novela?

Roncagliolo: El género marcaba ciertas necesidades básicas, sobre todo porque la ambientación en la Semana Santa me ponía un calendario de cadáveres bastante rígido. Las cartas del asesino me gustaban porque le daban suspenso. Es como si el asesino te susurrase al oído, pero no pudieses ver su rostro.

MC:   Mientras leía la novela, sentía que estaba sucediendo en mi país o en cualquier otro de Latinoamérica. ¿Fue premeditado o es parte del realismo mágico común?

Roncagliolo: Durante la gira del premio he visto que en cada país de América Latina encuentran algo que les resulta familiar: en Colombia, la violencia guerrillera, en Argentina la violencia de Estado, en México me decían: “claro, investigadores que no investigan, nosotros aquí tenemos de eso”. Cada país latinoamericano es un espejo deformante de todos los demás.

MC:   ¿Quiénes son tus referentes literarios, los que han ejercido alguna influencia en tus trabajos y a quienes quizás rindes homenaje en Abril rojo?

Roncagliolo: Cambio de referentes para cada novela. En Abril Rojo fueron: Roberto Bolaño, Ian McEwan, Coetzee, Tabucchi y el historietista Allan Moore.

MC:   Me impactó particularmente el tratamiento y la exposición del síndrome de Edipo en el fiscal Chacaltana, sobre todo porque tuve que leer muchas páginas para comprender que el exceso de adoración era tardío y que la madre ya estaba ¡muerta!

Roncagliolo: Chacaltana se lleva mejor con los muertos que con los vivos. Los muertos son como uno quiere que sean, no cambian, ni siquiera responden. Los vivos traicionan, mienten y abandonan. Su madre nunca le hará eso, porque sólo existe en su recuerdo.

MC:   Evidentemente, no tienes muy buena opinión de los procesos electorales de nuestros pueblos, según la novela, ¿es así-?

Roncagliolo: No tengo buena opinión del proceso del 2000 en el Perú. Y creo que es muy complicado vigilar todos los elementos involucrados en unas elecciones. Un fraude no es sólo mentir en el conteo de votos. Se puede realizar de muchas maneras, y es difícil saber quién puede ser el juez cuando el organismo electoral pierde la confianza.

MC:   Elegiste la Semana Santa y sus rituales para develar esta coincidencia de emociones, provenientes de la celebración católica, de las farras que se inventan los no creyentes, de la euforia común que hace el ambiente propicio para la violencia, ¿o hubo alguna otra razón?

Roncagliolo: Es una celebración de la muerte. Y tiene un correlato mítico andino: los campesinos creen en el mito del Inca Rey, cuyo cuerpo fue torturado hasta la muerte por sus enemigos -los españoles- y que un día volverá para liderar a su pueblo al Imperio Inca. Cambia a los españoles por los romanos, al Imperio Inca por la Vida Eterna, al Inca por Jesucristo: es la semana santa.

MC:   El amor en Abril rojo se presenta de una forma muy extraña, con un cierto aire de pesimismo que convierte este sentimiento en un instrumento de traición, manipulación y decepción, sin contar la forma en que se entablan y terminan las relaciones de sus personajes…

Roncagliolo: Creo que Chacaltana le tiene más miedo al amor que a la muerte. El amor te obliga a abrirte y pensar en otra persona, y él no sabe hacer eso. Cuando al fin admite que está enamorado, sólo es capaz de destruir lo que ama, y amar lo que destruye.

MC:   La forma desnuda como se retratan el poder político, el poder militar y el poder de los terroristas, como Sendero Luminoso, muestra tu interés en que los lectores perciban una realidad distinta (la violencia y la sangre siempre benefician a alguien) a la que recibimos a través de las declaraciones y comunicados en los medios de comunicación, ¿cuál fue tu intención al hacerlo así?

Roncagliolo: Cuando hay un conflicto, solemos tomar partido por uno de los lados. Entonces creemos que los crímenes de ese lado son actos heroicos que realizan hombres buenos. Y que los del otro lado, esos sí son crímenes salvajes. Pero cuando te acercas a los protagonistas de ambos lados, descubres que se parecen, y que se alimentan mutuamente. A Chacaltana le ocurre eso. Deja de entender quiénes son los buenos y quiénes son los malos. No sabe si es un perseguidor del asesino o su cómplice.

MC:   Los informes tan respetuosos del militar me parecieron muy risibles, ¿te sumergiste en archivos de organismos castrenses y su dinámica peculiar de comunicación?

Roncagliolo: Fui empleado público unos años. Y parte de mi trabajo era corregir el estilo de ese tipo de textos. En cuanto se me ocurrió el comienzo de la novela, con ese informe policial, supe que tenía un libro entre manos.

MC:   Ya sabemos que tu novela Pudor se está filmando -tal vez ya es una película- y cuando leí- Abril rojo noté que desde ya parece un guión cinematográfico, por la manera gráfica de pasar de una escena a otra, y como guía para el trabajo de un director. ¿Eres un hijo natural de la imagen cuando las pintas en tus narraciones?

Roncagliolo: Supongo que hay una cuestión generacional. Yo nací prácticamente con el videoclip. También hay una cuestión literaria. En buena medida, la literatura del siglo XX ya no contaba historias -piensa en Joyce, cierto Faulkner, franceses como Robbe Grillet, posmodernos-. Mi referente narrativo, por eso, siempre fue el cine más que la novela. Finalmente, hay una cuestión de oficio. Yo mismo soy guionista.

MC:   ¿Qué tal te ha sentado el encuentro constante con otras críticas, opiniones, lectores en tu gira promocional con motivo del Premio Alfaguara?

Roncagliolo: Genial. Ha sido muy interesante comprobar cómo lee la gente de cada país, que cosas le interesan y la conmueven. Este año ha sido un gran aprendizaje.

MC:   Finalmente, ¿por qué debe un lector dominicano leer Abril rojo y qué podemos esperar de ti -y qué esperas de nosotros- en tu paso por el país?

Roncagliolo: La República Dominicana conoce perfectamente el absurdo estatal, el autoritarismo y la corrupción, y además es un país de gente con sentido del humor. Yo, por mi parte, he estado ya en Santo Domingo, y sólo espero volver a ver a algunos amigos y pasear con ellos por las calles del casco viejo, uno de los más hermosos de América Latina.

¿QUIEN ES?

Santiago Roncagliolo

(Lima, 1975) ha vivido en México, Perú y España. Su libro Abril Rojo lo convirtió en el ganador más joven del Premio Alfaguara de Novela, y está en vías de traducción a más de diez idiomas. Su novela Pudor ha sido llevada al cine. Además, ha publicado El príncipe de los caimanes y los cuentos de Crecer es un oficio triste. También ha escrito guiones de cine y televisión, traducciones literarias y libros para niños. En la actualidad, reside en Barcelona y colabora con el diario El País de España y varios medios latinoamericanos.

*blog.el boomerang.com


AGENDA EN SANTO DOMINGO

Jueves 23 de noviembre 2006
Presentación de la novela a cargo de Nan Chevalier

7:00 p.m.

Auditorio Manuel del Cabral, Biblioteca
Pedro Mir de la UASD

Viernes 24 de noviembre 2006

Coloquio con público asistente y anfitrión será Carlos Cabrera

7:00 p.m.

Foro Pedro Mir, Librería Cuesta