Correr de sangre entre barrotes

La muerte del recluso Rolando Florián Féliz, tras recibir heridas de balas en el lugar en que purgaba su pena, y estando obviamente  su integridad física a cargo de autoridades, es un suceso sumamente comprometedor para el Sistema Penitenciario Dominicano, tantas veces cuestionado y hasta condenado a pesar de las exageraciones que pretenden  atribuirle “avance” y “modernización”. El hecho ocurrió en un escenario en el que por definición el interno debe estar en absoluta indefensión, por su propia seguridad y por la de todas las personas que allí están privadas de libertad o a cargo de la seguridad. Bajo una vigilancia ejercida por un personal con el monopolio de la fuerza y de las armas de fuego para el  efectivo control  de cualquier eventualidad.

Mucho se teme que las normas básicas con que debe operar un centro de reclusión de la categoría de Najayo, con reos de historiales excepcionales, estuvieron siendo quebrantadas. La violencia y la muerte siempre han estado presentes en las penitenciarías dominicanas, sobre todo por rebeliones y conflictos entre los propios prisioneros. Pero los relieves de esta nueva tragedia obligan a demandar que se establezcan responsabilidades directas e individuales, al tiempo  de cuestionar y hasta incriminar  en el grado que corresponda, la forma en que han estado siendo regidas las cárceles  dominicanas.

Con tiempo para cada objetivo

República Dominicana no debe demorarse en tomar decisiones importantes y del plano legislativo por el hecho de haber emprendido una reforma constitucional que  sectores  representativos siempre consideraron, con buenos argumentos, inoportuna por la gravedad de los problemas económicos coyunturales. Antes de la convocatoria existía una agenda congresional apremiante para organizar mejor algunos aspectos de la vida nacional en beneficio de sectores productivos. Y hacer provecho también  de financiamientos externos  blandos y  de algún otro tipo de cooperación de organismos internacionales.

Se aprecia que el proceso de reforma  va lento y aunque no debe precipitarse, parece conveniente librar los debates de discusiones bizantinas; hacer más extensa la agenda semanal,  de tarde y de noche, sacando tiempo en la mañana para las prioridades  nacionales que deben ser atendidas con la labor congresional ordinaria.