Corrupción legalizada

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LEO BEATO
Mi amigo Marcelino es un santanderino, rico, puto y fino en el mejor sentido de la palabra. Además, es parisino porque creció en París y ésto hace que esos tres epítetos mencionados se conviertan en cuatro y se multipliquen al cuadrado. Por lo menos así opinan en Madrid respecto a todo parisino-santanderino.

De ahí la pregunta que me hizo hace algunos días Marcelino: “¿Conoces al jefe de la Fuerza Aérea de algún país latinoamericano donde aún se usen aviones Mirage?” “La fábrica original vendió todo el inventario y los dueños actuales están dispuestos a vender los repuestos a precio de rebaja al mejor postor. Hay que contar con un contacto que desee hacer la transacción a cambio de una comisión”. ¿Y por qué no se le ofrece la venta directamente al país? “Porque entonces, me dijo el santanderino, se tendría que vender al precio original. Es cuestión de oportunidad”. Me lo dijo como si fuera la cosa más natural del mundo y añadió: “De eso es que yo vivo, de las comisiones de oportunidad”. Es cuestión de relaciones y de ahorrarle divisas al país comprador. La palabra corrupción ni siquiera le pasa por la mente a Marcelino, porque piensa que los controles deben de existir en las estructuras de transparencia con que cada institución debe de funcionar en su respectivo país. Es decir, que si las comisiones descontroladas son el pan nuestro de cada día se puede exigir, como se acostumbra hacer en algunos países, que éstas permanezcan en las instituciones que reciben el beneficio de las compras. De lo contrario podrían convertirse en una fuente de corrupción si se abusa inescrupulosamente de ellas. Para él las comisiones no representan ni consisten en prebendas deshonestas. Todo depende de la práctica entronizada en cada país. Por lo menos así opina Marcelino, mi amigo santanderino-parisino, rico, puto y fino.

Por ejemplo, en Dominicana siempre ha existido la costumbre de ofrecer comisiones a diestra y a siniestra y cuando se trata de préstamos para la construcción de cualquier obra de infraestructura éstos se inflan para abastecer las apetencias.

“¿Dónde deseas que te deposite lo tuyo… en Suiza o en los EEUU?”. Conocemos el caso de un funcionario al que le depositaron la friolera de US$35 millones en un banco de Miami. Hasta el agente de aduanas al pasajero arribar al puerto hacía la consabida pregunta: “¿Qué me trajiste, hermano?”. Todo en familia como en una interminable cosa nostra. No se atrevían a llamarle “mordida” como en  México pero de qué mordían. ¿Seguirán mordiendo todavía?. Pero eso no le quita el sueño a Marcelino. Porque de acuerdo con Transparencia Internacional (TI) Dominicana es uno de los países latinoamericanos (junto a Paraguay, México, Ecuador y Perú y en ese mismo orden) donde la“mordida” continúa siendo muy natural y normal en algunas instituciones tanto privadas como gubernamentales. De acuerdo con esa misma, institución esa costumbre ha existido siempre por debajo y por encima de la mesa hasta el punto de que, en algunos casos y en algunas instancias, ésta parece estar legalizada y no pertenecer al género ni a la especie conocida como “corrupción legalizada”. Porque, como cantaban Tintán y Marcelo, aquellos célebres cómicos mexicanos durante los aniversarios de La Voz Dominicana, “ni somos todos los que estamos ni estamos todos los que somos pero de que estamos todos mezclados… lo estamos”. Y no importa el país ni mucho menos importa el partido al cual pertenezcamos.